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domingo, 17 de octubre de 2010

“ME FUI A LAS VEGAS, SOLO, A PUTEAR Y EMBORRACHARME... 1/3”


                                     BY MICHAELANGELO BARNEZ
Un homenaje a William Faulkner.
ME FUI A LAS VEGAS, SOLO… PARTE 1 de3.
Iba manejando por la carretera interestatal Las Vegas-Los Ángeles de regreso a casa, luego de un fracasado intento de huir de los demonios que llevaba conmigo. Pensé que en la ciudad del pecado me distraería lo suficiente como para alejar la presión que sentía en escribir mi primera novela.
Realmente sentía en lo mas profundo de mi espíritu una gran compulsión por escribir, y para estar a la altura de esta tarea, a la que debía enfrentarme completamente solo, me había inscrito, y culminado también, un curso intensivo de Literatura de seis horas diarias, de lunes a viernes, durante seis meses en la UCLA de Los Ángeles, en la cual tuve como profesores a los mas connotados escritores de la Unión Americana.
El curso había sido de una gran ayuda en el campo estrictamente técnico, pero además me proporcionó cierta confianza en mí mismo para poder expresar en palabras escritas las ficciones que pugnaban por salir de mi mente. Aun así, pesaba mucho mi pasado de 25 años como ingeniero ante una carrera como escritor “cero kilómetros”.
El curso al que me enrolé llevaba el sugestivo nombre de “Como Escribir una Maldita Novela... Sin Morir en el Intento”, y hoy, después de la investigación realizada y haber revisado todas mis notas teóricas de cómo hacerlo no podía empezar... Parecía que el titulo del curso se había hecho realidad, y la maldita novela amenazaba con liquidarme.
Por eso me fui a Las Vegas, solo, a putear y emborracharme, para así librarme del fantasma que me gritaba: “No puedes”. ¿Pero, de donde surgió semejante idea?  ¿Acaso algún escritor ahuyentó sus demonios a través de la cura del sexo y el alcohol? En realidad, sí. Muchos.
Mis profesores me habían contado de manera anecdótica, cuando hablaron acerca de la personalidad de los escritores, especialmente los novelistas, que muchos de ellos organizaron bacanales; y recalcaron que “hay que estar medio loco para sentarse durante horas, días, semanas y meses, si no años, delante de una maquina de escribir, o el procesador de palabras de una computadora, y escribir historias increíbles con personajes que nunca existieron, y peor aun, hablarles hasta el limite de contradecirse y pelear con ellos... Si, definitivamente los novelistas estamos locos... y sólo a través de nuestros personajes y sus problemas encontramos la cordura”.
Así, de regreso a Beverly Hills, después de que dos prostitutas me hicieran ‘pan con pescado’ y haber bebido hasta la inconciencia, regresaba a casa con un inmenso hueco en el alma. “Sexo y alcohol no es mi cura...” me dije a mí mismo mientras manejaba en la oscuridad de la noche por la carretera. Definitivamente, estaba sufriendo la consabida depresión originada por el choque del abuso del placer con las normas morales incrustadas en mi subconsciente.
Corría a 100 Km por hora, como huyendo de la ciudad del pecado ante la inminencia de ser destruida por la ira de dios, como en Sodoma y Gomorra.
Era casi la medianoche. Podía haberme quedado a dormir cómodamente en el hotel hasta la mañana siguiente y regresar durante el día. Pero estaba inquieto, algo me angustiaba a regresar inmediatamente... Como si alguien me estuviera esperando en la soledad de mi departamento.
Miré el reloj digital de mi Ford Expedition, “Mierda... faltan aun cuatro horas para llegar a casa” pensé, a la vez que veía a lo lejos las luces de una estación de servicio de gas al lado de la carretera.
Fueron sólo escasos minutos los que transcurrieron para estar frente a los luminosos establecimientos. Ya había decidido parar, llevaba dos horas manejando y quería estirar las piernas, además de sentir casados los ojos.
Primero llené el tanque de gasolina, a la vez que chequeaba visualmente los alrededores del lugar. En un lado estaban un restaurante de Hamburguesas, Steaks y Pork Chops; y un motel. Al otro extremo, como para que nadie se equivoque del lugar, un bar que ofrecía espectáculos de desnudos.
Una vez llenado el tanque de gasolina me estacioné al lado de restaurante. Un New York Steak sació mi apetito y cuando estaba por pagar la cuenta y salir una persona se acercó y me pidió “¿Podría invitarme una hamburguesa, por favor?”, miré al intruso y lo reconocí. Tenía una voz aguardentosa que asociada a su figura resultaba difícil de olvidar.
“En Las Vegas fue un cigarrillo y una cerveza lo que me pediste... ¿y aquí tengo que alimentarte?” le dije al gringo, mal trajeado, que ya había visto en un casino.
El gringo, de unos 40 años, barba descuidada, intensos ojos azules y grueso abrigo, para protegerse del frío, se limitó a sonreír humildemente. Apenas giré mis ojos en busca de la mesera el gringo se sentó frente a mí.
“Gracias hermano... Uds. son los únicos que invitan... me llamo William y tú?
“Michael...” dije, he hice silencio porque no tenía animo de entablar una conversación con el pordiosero. Aunque me llamó la atención el brillo de inteligencia que demostraban sus ojos.
“¿Lo está molestando?” Preguntó la mesera al acercarse.
“No...-respondí, y sonriendo ordené-... ¿Por favor puede servirle una hamburguesa y una soda?”
“Disculpe...-me corrigió William, y ordenó-... quiero un plato igualito a lo que comió mi amigo más un Pork Chop, ¿ya...?” y con una amplia sonrisa mostró su dentadura impecable.
Mi prejuiciosa idea acerca del hombre que tenía adelante empezó a cambiar “No puede ser un vagabundo” me dije.
“¿A que te dedicas... -le iba a decir “gringo” pero sabiendo su nombre y por un espontáneo respeto dije su nombre-... William?”.
Su curtido rostro se iluminó y con la confianza de amigos me contó su vida, mientras usaba los cubiertos con la destreza de las personas educadas, aunque al final limpió el jugo del Pork Chop del plato con un trozo de pan y se lamió los dedos.
La historia de su vida era increíble, o mejor dicho asombrosa. Me dijo muchas cosas como que, provenía de una arruinada familia aristocrática del sur de la Unión americana, que había trabajado en el Banco de su abuelo, que fue piloto de la Real fuerza Británica, que había estudiado en la Universidad de Mississippi, y que luego la abandonó para dedicarse a escribir... Fue allí en donde lo interrumpí.
“¿Escribir?” le pregunté incrédulo, a la vez que me asaltaban mil ideas acerca de un millón de cosas... Todas ellas relacionadas con la profesión de escritor, el fortuito encuentro con este “vagabundo ilustrado” y mi angustia por encontrar la manera de cómo empezar a escribir.
“¿Como dijiste que te llamas?” Le pregunté mirándole directamente a los ojos.
“William... William Faulkner” me dijo pausadamente mientras se recostaba en el espaldar de su asiento. Y sonrió al ver en mi rostro la expresión de asombro.
“No puede ser, o es un homónimo o me esta tomando el pelo,” me dije a la vez que me ponía en guardia porque asumía que estaba cerca de una estrategia de estafa o hurto. Instintivamente hice un balance de lo que podían robarme. Tenía apenas $23 dólares en efectivo, mi tarjeta de crédito “El cielo es el limite”, un Rolex barato de solo $15,000 en mi muñeca y mi Ford Explorer de 60,000 dólares. Todo esto absolutamente asegurado y recuperable de mil maneras… pero no mi vida.
“¿William Faulkner?... Igual que el escritor de ‘Una Fábula’...” dije con el rostro serio como para demostrarle que no estaba para bromas ni tramas fraudulentas, mencionando la única novela que había leído en el semestre de clases en la UCLA, y por el premio Pulitzer otorgado.
“No Michael... mi nombre sólo es un homónimo,” me dijo con aparente sinceridad, sonriendo y añadió-... Pero he escrito varias novelas...”.
Su franqueza me relajó y así pudimos continuar la conversación.
“Michael para escribir tuve que dedicarme a trabajos manuales que no me comprometían en una rutina obligada. Fui pintor de brocha gorda, carpintero y ‘arregla todo’, y con lo que ganaba podía dedicarme a escribir a tiempo completo por varias semanas…”
Ya nos habíamos tomado tres tasas de café y la conversación daba para mucho más. Este ‘vagabundo ilustrado’ era una fuente inagotable de anécdotas acerca de la escritura y escritores. Decía las cosas como si las hubiera vivido personalmente. Mencionó al escritor de cuentos estadounidense Sherwood Anderson, a Alan Poe y a otros que debido a mi ignorancia no reconocía.
“¿Michael me invitas una cerveza?”
“Claro… Pero aquí no la venden”.
“Vamos al bar de a lado”, sugirió poniéndose de pié.
Pagué la cuenta y salimos. Realmente el vagabundo ilustrado se había ganado, con su charla, la cena y las cervezas que le iba a invitar porque tenía toda mi atención, y más aun, había despertado una curiosidad por las respuestas sabias y fuera de cualquier marco escolástico de la literatura.
Al entrar al bar no pudimos evitar ver el hermoso trasero de una gringa en movimientos voluptuosos a lo largo de una barra vertical. El local estaba en penumbras y la única iluminación provenía de los destellos de las luces de colores de escenario alumbrando la desnudes de la danzante. La mesera nos guió a una ubicada contra la pared. Así tuvimos la comodidad de proseguir con nuestra conversación mientras desaparecíamos jarras de cerveza como si fueran de aire.
A los pocos minutos de haber llegado el mundo circundante de mujeres desnudas rodeando nuestra mesa ofreciéndonos sus exóticos bailes en privado habían desaparecido de mi atención. Sólo estábamos William, yo y nuestra jarra de cerveza... Yo, con una inmensa curiosidad por los conocimientos de este homónimo del gran escritor americano. A estas alturas ya éramos amigos haciendo criticas sarcásticas de autores y libros leídos. Yo me burlaba de Cervantes y El Quijote calificándola de la novela mas aburrida. Y él agregaba que los autores y sus obras pertenecen a su época.
“¿Conoces a José Carlos Mariátegui?” arremetí, debido a sus últimas palabras.
“No... Pero si leí a García Marques... Es una porquería… Mira Michael, la libertad literaria tiene sus patrones y limites… No puedes romper el buen uso del punto, la coma ni la razón de ser de los párrafos… Es un desastre…”
“Si te refieres a ‘Cien años de Soledad’ estas equivocado... Aunque se requiere tener alma latinoamericana para poder apreciarla a plenitud.”
Estábamos ya en la segunda jarra de cerveza y nuestra confianza era total, cuando de repente se presentó una rubia con pinta de súper modelo que nos ofreció: “Quieren que baile en sus rodillas, guapos...? Vale tocar suavemente...”
Ambos la miramos por un instante, luego, para decepción de ella, continuamos con nuestra conversación.
“¿Existe alguna fórmula que sea posible seguir para ser un buen novelista?
Le pregunté como buen novato de escritor.  
“Sí, se requiere 99% de talento... 99% de disciplina... 99% de trabajo. El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo. Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra”.
“¿Quieres decir que el artista debe ser completamente despiadado?”
“El artista es responsable sólo ante su obra. Será completamente despiadado si es un buen artista. Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo...”
“Entonces la falta de seguridad, de felicidad, honor, etcétera, ¿sería un factor importante en la capacidad creadora del artista?
“No. Esas cosas sólo son importantes para su paz y su contento, y el arte no tiene nada que ver con la paz y el contento”.
“Entonces, ¿cuál sería el mejor ambiente para un escritor?”
“El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada qué hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo da cierta posición social; no tiene nada qué hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor". Y él podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky”.
Por supuesto que la conversación entre Michael y William Faulkner continuó... pero seguirá siendo contada en una próxima entrega... Hasta pronto amigos.
PARTE II

2 comentarios:

INMA dijo...

Me ha gustado mucho amigo Michael, se lee con ganas e intriga, ya tengo ganas de leer la 2ª parte...mis felicitaciones
besote grandote

Michaelangelo Barnez dijo...

Gracias querida INMA. Te espero en la Segunda parte.
Saludos