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sábado, 4 de diciembre de 2010

LA LOTERÍA


Juan estaba a punto de saltar al vacío desde una ventana del edificio “U.S. Bank Tower”, de 73 pisos, en el Centro de Los Ángeles, California. A él le hubiera gustado llegar al punto más alto de la torre, pero los miembros del servicio de seguridad se lo habría impedido porque carecía del respectivo pase, aunque él en no estaba dispuesto a forzar ninguna situación que pudiera poner en riesgo el objetivo que se había propuesto esa mañana: Quitarse la vida.  
¿Pero, porqué un hombre sano, empresario establecido por casi una vida y con una hermosa familia de esposa y dos hijos ya profesionales, había llegado a esa situación?
La familia Díaz de la Romagna era un modelo de matrimonio para quienes tuvieron la oportunidad de conocerlos. Él era un hombre honesto, sincero y muy severo, que había sabido llevar adelante con éxito a su familia y empresa hasta conseguir el sueño americano. Quizás un tanto autoritario, pero lo suficiente como para ser un líder en todos los aspectos de la vida. Ella, María, era el ejemplo de la esposa fiel, fina, amable, devota del sagrado corazón y, principalmente, sumisa colaboradora de las decisiones de su marido. Además de los dos, hijo e hija, que ya se habían casado y dejado la casa.
Los Diaz de la Romagna se habían fotografiado no hacía mucho, en la privacidad de su sala, por el aniversario de sus 25 años de matrimonio. Realmente la fotografía era una obra de arte que ahorraba más de mil palabras en definir y describir a la familia, porque ella reflejaba la estable posición social y económica de la familia.
¿Entonces, por qué? ¿Dinero? No les urgía. ¿Salud? Ninguno de ellos estaba en una situación fuera de lo corriente. ¿La Fidelidad? Jamás había sido un problema.
¿Entonces?
“Amor, nunca hemos comprado la lotería. Cómprame una, ¿sí?” dijo María a su marido, con la peculiar coquetería que la había acompañado toda la vida, al salir del supermercado.
“¡Eh, son puras tontería, si quieres dinero te lo doy!” le respondió él con el mismo estilo de toda una vida, cuando consideraba que algo no valía la pena. Y fue a traer el Van del parqueadero para cargar las cosas que habían comprado. Momento que aprovecho María para hacer algo por primera vez en su vida contradictorio a la voluntad de su marido, retroceder unos metros y comprar un ticket de la lotería, la que guardó discretamente. Cuando llegó el Van los empleados cargaron los paquetes y luego la pareja se marchó rumbo a casa. 
Pasaron los días y la lotería se jugó. Esta vez eran un pozo acumulado de 100 horrorosos millones de dólares los que la lotería sorteó como primer premio… y María los había ganado. Claro que no le darían todo. El Estado de California y el Gobierno Federal y otros gastos administrativos se llevarían casi la mitad y a María solo le tocaría unos pobres 60 millones. “Shit… Son 60 millones de dólares,” murmuró María regocijándose en el alma.
“¡¡¡Cariño!!! ¡¡¡Nos sacamos la lotería!!!” le gritó María a su marido apenas lo vio el lunes, cuando regresó del trabajo.
Juan no explotó de alegría, solo sonrió y dijo, “Déjame llamar por teléfono a mi amigo, el administrador de banco, para hacer los arreglos del cobro. Esto no lo podemos hacer públicamente”.  Claro, él, Juan, era el líder y estaba mucho más adelante que todos.
Tener tamaña cantidad de dinero, de pronto, de la noche a la mañana, en un abrir y cerrar de ojos, sin pasar por el proceso de ir acumulando tamaña cantidad… trastorna la vida familiar y personal de cualquiera. Los Díaz de la Romagna no serían la excepción.
“¿Ok, Juan, en cuál de tus cuentas quieres hacer el depósito?” le preguntó su amigo, el director del Banco.
“El cobro será anónimo, ¿No es cierto?” reiteró Juan su pedido.
“Sí. Nosotros cobramos a nombre del banco y luego hacemos el depósito en una de tus cuenta, en la más completa reserva.”
“Entonces divide el depósito en mis cuentas de ahorro, personal y familiar, en la cuenta corriente, y el de depósito a plazo fijo, así…” estaba ordenando Juan, pero no pudo terminar.
“¡NO!” dijo María escuetamente, y ambos hombres la miraron estupefactos por su negativa intervención.
“En realidad ya lo hice… En otro banco… Lamento mucho haber esperado este momento para decirlo.” Terminó María de hablar, se puso de pie y se retiró del banco.
La mente de Juan se nubló como resultado del caos que había provocado la decisión de su sumisa esposa, y que ahora le generaba un millón de ideas contradictorias entre sí. Caos mental que duró mucho tiempo y se exteriorizó en un mutismo total.
Juan manejó de regreso a casa en silencio, que María no tuvo reparos en romper encendiendo la radio del Van. Una vez en casa Juan se sentó frente al televisor, lo encendió y allí se quedó las siguientes 24 horas. María, en cambio, se dio un baño de agua tibia para quitarse el estrés por el que había estado desde el momento en que había hecho el depósito a espaldas de su esposo, por decisión propia. Luego salió, no estaba dispuesta a mirar a su marido, hecho un zombi, delante de la tele.  
La discusión llegó al día siguiente. La pareja se dijo lo que en 25 años de matrimonio no se había dicho. Cosas feas, muy feas. Increíblemente no se habló del dinero. En cambio fue María la que le reclamó a Juan “el haber vivido aplastada por 25 años por tu totalitarismo” le reclamó desde los orgasmos fingidos hasta el último capricho negado que le había pedido, el de gastar un cochino dólar en un ticket de la lotería.
“Toda la vida se ha hecho lo que tu querías… Ni siquiera me dejaste ponerles el nombre a mis hijos… Aquí, en esta casa, solo existes tú, tú y tú. Pero esto se acabó, y el NO que escuchaste en el banco debí haberlo dicho antes de casarme contigo!”
Juan quizás hubiera soportado todos los reclamos que su mujer le decía, como empresario sabía que todo era negociable y como optimista emprendedor, lo principal sería cómo salir del problema para vivir sus años dorados venideros como pareja… Pero las últimas palabras de su adorada María… lo destruyeron… Sin remedio.
María no soportó ver a su marido pasar días sentado en el sofá mirando un televisor que realmente no miraba, sin asearse, comer a cualquier hora, abandonar la empresa y peor aún, ensuciarse en el baño peor que… un animal. Llamó a sus hijos, los convenció con algunos millones que se encargaran de él y se marchó.
Sus hijos hicieron lo indecible para que su padre reaccionara pero fue en vano. Hasta que un día, cuando los vecinos se quejaron del estado deplorable situación que tenía Juan y la casa, es que Juan aceptó ir en busca de ayuda.
Esa mañana se aseó, se afeitó una barba crecida de meses y se puso su mejor traje. Pero no fue al doctor sino al edificio de “U.S. Bank Tower”.
Pobre Juan, fue una víctima más del machismo de una época. De no haber sido por la chispa de rebeldía que provocó los millones en María, ella hubiera seguido siendo el ejemplo de la esposa fiel, fina, amable, devota del sagrado corazón y, principalmente, sumisa colaboradora de las decisiones de su marido… condenada a seguir siendo una víctima, desde su nacimiento, hasta el fin de sus días.

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