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viernes, 7 de enero de 2011

Ted Williams y el don de su voz.


Creo que a lo largo de nuestra vida hemos tenido muchas oportunidades que hemos sabido aprovechar, sin embargo siempre buscamos muchas otras más. Pero eso no es el motivo de esta nota. En cambio quiero hablar de lo relacionado con aquellos que no la han tenido o, teniéndola, la han desperdiciaron.
Muchas veces hemos escuchado, y comprobado hasta la saciedad, que: "América es el País de las Oportunidades"… y esta historia es sino una más, la más reciente.
Se trata de Ted Williams, ciudadano americano, un "homeless" o mejor dicho: un desamparado mendigo, que llegó a esa situación luego de envolverse en el consumo y abuso de las drogas, el tabaco y alcohol, en su juventud, luego de haber estudiado radiotelefonía. No está demás, ni pecaría de moralista, afirmar que es muy difícil aprovechar las oportunidades que nos brinda la vida cuando estamos atrapados en una adicción.
Pero lo que quiero destacar aquí es que siempre existirán adversidades de diversas índoles, propias de cada individuo, más allá del presente anecdótico personaje, que debemos de superar.
A Ted le tocó levantarse del lodo de la drogadicción y limpiar su conciencia para poder pensar… y así, optar por vivir. Así, rehabilitado y batallando día a día por no recaer, salió a mendigar el pan de cada día o por la oportunidad, tan escasa por su condición-apariencia, de encontrar un empleo. Durante dos años de mantenerse limpio y sobrio de cualquier droga buscó como alimentarse y sobrevivir buscando el dólar de cada día en una esquina, a la salida o entradas de las autopistas. No creo que alguien en su condición pueda pensar en lograr el “Sueño Americano”. Pero él sabía en el fondo de su alma que tenía un Don: Su VOZ... Cultivada en su juventud por los estudios de radiotelefonía que hizo con dedicación.
A nadie le gustaría llegar a la desgracia de ser un "homeless", dormir en Refugios Comunitarios, bajo los puentes o en cualquier rincón de algún tugurio, perdiendo la mínima privacidad y casi todo orgullo humano.
Ted estuvo así muchos años hasta que reaccionó. Ya rehabilitado de la drogadicción quizás hubiera pasado el resto de su vida, protegido por la magra seguridad social y mendigando en las esquinas de las carreteras aledañas a las ciudades, esperando recibir un dólar o una oportunidad de trabajo... Y la oportunidad llegó. No quiero equivocarme al afirmar que solo en América sea posible que sucedan estas cosas, pero la oportunidad llegó. Reporteros de una importante Cadena de Radio y Televisión fueron advertidos de la existencia de un homeless con VOZ extraordinaria mendigando en una esquina... y fueron a verlo… Su apariencia no importó… sino su Don.
La historia no termina allí, sino que se sigue desarrollando día a día, pero desde esa entrevista ya no será el mismo. La tan esperada oportunidad había llegado. Ahora Uds. pueden verlo y ESCUCHARLO, y tener su propia opinión.

domingo, 2 de enero de 2011

"Pit" Joe


A la memoria del Maestro, Don Marcial Lafuente Estefanía.
“Pit” Joe iba cruzando el desierto del “Death Valley” a caballo, obligado por las circunstancias. Hacía unas horas había matado a cinco mineros en el bar del un mísero pueblo del lejano Oeste, al borde de California, y ahora el sol en aquel árido lugar amenazaba con extraer la última gota de vida y hacer justicia en contra de él.
La calor del desierto era infernal, haciendo merito al nombre que le habían dado, “Valle de la Muerte”. El lugar no era arenoso ni habían dunas, sino extensamente plano y seco, como si hubiera sido nivelada por la mano del hombre y resecado por el diablo. El suelo era duro y salino, lo que hacía reflejar los rayos del sol, además de infinitamente agrietado, como mostrando la coincidencia de su milenaria vejez y el aniversario de la última lluvia.
Llevaban ya seis horas de travesía y la deshidratación de ambos era evidente. Su caballo transpiraba copiosamente, avanzando a paso lento pero a ritmo constante, felizmente el noble animal había saciado su sed unos segundos antes de que su amo saliera del bar, caminando lentamente como si no tuviera ningún apuro, después de la infernal balacera que se había desatado en el interior. Joe, vestido de cuero negro, presagiaba el luto de su propia muerte porque sentía que la vida se le iba en una hemorragia de sudor. Joe sujetó su sombrero y se inclinó para acariciar el cuello del animal; este, agradecido por el mimo en un momento tan difícil, sacudió la cabeza, las orejas y resopló sin aminorar la marcha. Nadie los perseguía ahora, porque una vez que entraron al desierto los que lo hacían lo daban por muerto. Joe sabía que solo sobreviviría si su caballo lograba cruzar el desierto, por eso cuidada el agua que llevaba consigo de su propia sed.
La noche anterior había estado jugando hasta la madrugada unas partidas de póker en el bar, hasta que llegaron los mineros y pidieron, es un decir, unirse al juego. En realidad estos eran unos cuatreros que habían denunciado unas zonas auríferas y se dedicaban ahora a extorsionar a los que dejaban trabajar en ellas.
Allí, en la mesa de póker cubierta por un manto de franela verde, todos tenían sus respectivas cartas en las manos pero ninguno prestaba atención al valor que representaban ellas en el juego. Los mineros estaban allí con el propósito de matar a Joe, pero buscaban el simple pretexto para hacerlo… y sabían que en el juego lo encontrarían.
 Joe era un viejo pistolero de solo 28 años, iniciado en el arte de las armas hacía muchos años atrás, de cuando la caravana de emigrantes irlandeses en la que iba con sus padres y hermanos, cruzando América con dirección al oeste, a la tierra dorada de California, fueron atacados por una pandilla de comancheros. Solo él sobrevivió al asalto de la caravana, aturdido por una bala que pegó en su pecho, la que afortunadamente impactó en una medalla que pendía de su cuello. Así fue cómo, inconsciente y confundido entre los cuerpos sangrientos de su familia lo dieron por muerto y dejaron, como al resto, para alimento de los buitres; su edad, 12 años.
Hoy Joe vestía, para su desgracia, ropa de cuero negro; regalo de María, una de las mujeres de los falsos mineros, agradecida de haber llegado al cielo en el encuentro que tuvo con aquel subyugante pistolero y, que sin egoísmo, compartió con sus amigas.
Él había llegado ese mismo día, luego de una larga travesía por las montañas, huyendo, es un decir también, de un niño pistolero que lo perseguía buscando la fama con su muerte. Joe en la entrada al pueblo había visto un cartel con su fotografía y una astronómica recompensa de $10,000.00 dólares si lo entregaban, vivo o muerto, al sheriff del condado. Joe sonrió con tristeza, moviendo la cabeza negativamente al ver el panfleto, pensando en los muertos que ocasionaría tal aviso.
Al llegar al pueblo Joe solo quería limpiarse el polvo del gañote con cualquier whiskey, asearse y descansar; su caballo, un poco de agua y librarse del peso de su amo por unas horas.
Cuando Joe entró al bar lo hizo de la manera más sigilosa que pudo para no llamar la atención. Pero, cuando empujó las puertas batientes del bar, no solo entró él sino además una ráfaga de aire. Joe, luego de haber deambulado 15 días por las montañas, hedía y, a pesar de que para todos en el bar el aseo no era un aspecto que importaba, al sentir el humor de Joe los hirió en la profundidad de sus pulmones. Aunque a las mujeres que allí estaban, el “aroma” de Joe llegó más allá y no pudieron evitar un suspiro al unir la sensaciones que les causo su olor y figura.
De esa manera todos sintieron, antes de verlo, la presencia del extraño en aquel bar y voltearon a mirar al apestoso. Vieron su rostro curtido por el sol y el frio de la intemperie, su ropa raída y sus… relucientes Colt 45s pendiendo a cada costado de sus piernas, como solo suelen llevarlas los… Pistoleros… y lo reconocieron: era “Pit” Joe… o Joe Agujero… o hueco… hoyo o fosa… o como sea o quiera interpretar, que significaba exactamente eso para hombres y mujeres. Los allí presentes inmediatamente asociaron el apodo con el orificio de sus balas o al lugar a donde definitivamente iban a parar si osaban enfrentársele. En cambio las mujeres, conocedoras de otros rumores y expertas en otros menesteres, volvieron a suspirar descaradamente mientras lo contemplaban.
Joe sintió todas las miradas sobre él y solo atinó a murmurar “Shit…” mientras caminaba hacia el mostrador, en un sepulcral silencio rasgado por el tin-tin de sus espuelas. La expresión de su rostro era pétrea y acida, como si estuviera listo a mandar al infierno al primero que lo provocara, sin embargo en el fondo de su alma rogaba que lo dejaran beber una copa de whiskey en paz… ¿Y después? No lo sabía con certeza, ya que desde hacía mucho tiempo vivía y disfrutaba, cuando podía, el minuto transcurrido.
El barman no se arriesgó y le sirvió una copa del mejor whiskey que tenía apenas Joe llegó a la barra y le dejó la botella. Joe bebió la copa de whiskey de un solo golpe, carraspeó y lanzó un escupitajo al suelo, no muy lejos, al costado de su pie… quemando la madera. Todos los allí presentes fueron testigos de cómo humeó la dura madera a prueba de todo lo que los vaqueros acarreaban en sus botas.
“¡Quiero un baño!” dijo Joe con voz grave, como una amenaza, y el barman hizo un ademán llamando a alguien.
Un hombre pequeño, vestido de seda y de rasgos asiáticos se le acercó para ofrecerle el servicio de un baño tibio en tina.
“Nosotras te enjabonamos, querido” dijeron muy solicitas las féminas presentes lideradas por María y lo siguieron dispuestas a quitarle toda la mugre acumulada en meses… y algo más.
Cuando Joe bajó de su aposento al salón-bar vestía de cuero negro y casi nadie se percató de su presencia, ya que su fétida aura se había ido con el agua y jabón. Ahora sonreía y daba una impresión mas humana de su persona.
“Caballeros, me permiten jugar con Uds.” preguntó Joe con cortesía al grupo que jugaba póker en una de las mesas.
El juego se prolongó por algunas horas sin que hubiera un ganador absoluto, mientras bebía, disfrutando, si es que nadie lo provocaba, de la agradable presencia de tan famoso pistolero.
Hasta que en la madrugada llegaron los cinco mineros bandoleros, alertados por los infaltables “vecorreydile” de cada pueblo, acerca del descomunal revolcón que se habían dado sus mujeres con el pistolero. Y alentados más por la recompensa que por el dizque “honor de sus mujeres”, habían ido a buscarlo.
Los cinco mineros se sentaron, sin invitación, en la mesa de póker y los que allí estaban inicialmente se fueron adivinando lo que pronto sucedería, quedando solo Joe con ellos.
 “¡Shit!” murmuró Joe a la vez que encendía su cigarro con displicencia, mirando a cada uno de ellos, figurándose de golpe la situación que dentro de poco tendría que enfrentar; y la expresión del rostro de Joe cambió. Los bandoleros lo notaron, Joe no era uno de esos cualquiera con quienes antes se habían topado, a la vez que empezaron a sentir un casi imperceptible olor a… muerte. Era Joe el que emanaba ese aroma desde el fondo de su alma, podrido en odio, cuando se veía frente a gente como la que mataron a sus padres y hermanas. Joe los había reconocido, ahora nada los salvaría.
Los falsos mineros habían sido alertados de la peligrosidad mortal si osaban a enfrentarse a Joe “Pit” pero, como buenos matones y cobardes, se envalentonaron con la superioridad numérica. Sin embargo, ahora, frente a Joe, empezaron a dudar… y temblar.
“Al que se va, lo mato… Al que se queda, también” dijo Joe con voz suave y calmada, mordiendo el cigarro alojado en la comisura de sus labios, como una sentencia, adivinando el miedo que sentían los cobardes, mientras se levantaba lentamente.
Los cinco falsos mineros comprendieron que no les quedada otra alternativa que la de seguir adelante con su propósito inicial, consolándose con la idea que quizás alguno de ellos podría tener la suerte de sobrevivir. Y se levantaron lentamente de la mesa.
Joe retrocedió unos pasos para tener una mejor cobertura. Los cinco se distanciaron entre sí, para tener amplitud de movimiento al momento de desenfundar sus armas.
Los demás parroquianos del bar vieron recompensada su espera y se retiraron de la línea de fuego del inminente tiroteo. El barman colocó sus manos sobre la larga mesa de la barra para asegurarle a Joe que este no era su pleito.
Joe había observado a todos y cada detalle en el bar en solo un instante fugaz.
“Cinco… Solo mataré a cinco.” Pensó como evaluación de lo que ocurriría.
 “¡Uds. son una recua de cobardes que no merecen vivir!” les dijo Joe.
El que fungía de líder y más hipócrita de los bandoleros se dio por ofendido y respondió.
“¡Somos cinco… y no tienes escapatoria, maldito pistolero!”
No había terminado de hablar el facineroso cuando, de pronto, a la velocidad de una mordida de cobra, este vio los oscuros agujeros de las Colts 45 de Joe frente a su rostro.
Los cinco sátrapas crisparon sus músculos pero quedaron paralizados de terror, sin saber en qué maldito momento el pistolero había sacado sus armas. Y por primera y última vez, en lo que quedaba de sus vidas, sintieron que su siempre-eterna ventaja no serviría de nada.
Joe hizo girar sus relucientes pistolas y las enfundó nuevamente, los miró a los ojos, uno por uno, con una angelical sonrisa, y por fin los cinco facinerosos comprendieron que esto no sería un duelo, sino una ejecución.
Los cinco temblaron como si estuvieran con la soga al cuello en la plataforma de la horca. Los que no se orinaron en los pantalones se cagaron, pero ninguno tuvo el coraje de atreverse a iniciar el tiroteo y morir peleando.
El momento había llegado. Joe mordió el cigarro y escupió al suelo, pero esta vez no salió humo de la madera sino que el escupitajo rodó como una maraña de arañas y escorpiones que se revolvían peleando entre sí.
Y la balacera empezó. Joe disparó cinco veces, usando solo una de sus pistolas y ayudándose con la palma de la mano derecha a percutar el gatillo. Los malhechores cayeron al suelo con un agujero en la frente, entre ceja y ceja, y aunque habían llegado a empuñar sus armas no pudieron desenfundarlas y, ya al borde del infierno, empezaron a disparar por instinto criminal, aunque a sus propias piernas, como las dentelladas de un tiburón moribundo.
Joe esperó unos segundos que se disipara el humo de la pólvora, vio los orificios en la frente de las alimañas, mordió su cigarro y salivando lentamente escupió a su costado. Esta vez su escupitajo hizo un agujero limpio en la dura madera del suelo… Y se fue.
Joe, en medio del desierto, dobló su cuerpo y se abrazó al cuello de su fiel amigo. Sabía que pronto se desmayaría por efecto del calor y la deshidratación, y mantenerse montado a su caballo era su única oportunidad de sobrevivir.
Cien años más tarde nacería uno de sus descendientes, Clint, que llegaría a ser tan famoso como él, imitándolo, y sería una estrella de cine en Hollywood.