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lunes, 16 de mayo de 2011

EL MENSAJE DE TEXTO


Hoy, lunes, recibí un mensaje de texto en mi celular. Era de Juliette, en donde me decía que me amaba, que nunca había amado a nadie de esa manera y que estaba segura que jamás amaría con la intensidad que sentía ahora… Yo, con rabia, tiré el celular hacia un rincón de mi habitación.
Hacía solo cuatro semanas que había conocido a Juliette, en un conocido coffee shop cercano a mi apartamento de soltero. Nadie nos presentó formalmente sino que coincidimos allí de manera fortuita, en la corta línea de espera para ordenar la deliciosa bebida caliente, y cuando nuestros ojos coincidieron en la mirada, nos sonreímos mutuamente y nada más, aunque yo pensé: “Es linda”.
“El siguiente, por favor… -llamó la cajera del café, y yo avancé-… ¿En que lo servimos, señor?”
“Dame un café expreso, doble, sin crema y sin azúcar… -y a mi espalda escuché un, “Uuuf”, de comentario, que yo ignoré, y agregué-… además dos donuts, uno de chocolate y el otro de coco, por favor”
Y a mi espalda volví a escuchar otro comentario de la misma persona, casi como un susurro.
“Ajá, ahora sí tiene sentido”
Yo sonreí para mis adentros, giré levemente a mi derecha, la miré casi de soslayo sobre mis hombros y le sonreí. Ella sonrió y encogió sus hombros.
“¿Es todo, señor?”
“Sí”
“Entonces, son 7 dólares con 50 centavos, más impuestos”
Yo busqué un billete de 10 para pagar, pero lo único que encontré en mi billetera fue uno de 100, y se lo di a la cajera, acompañado de una sonrisa.
“Lo siento, señor, no damos cambio de 100”
“Damn it.” maldije.
“¡Yo tengo!” dijeron a mi espalda. Esta vez su voz me sonó angelical.
“Lo arreglamos en la mesa, ¿ok?” le dije, con el azafate en la mano, para no crear malestar en la línea de los presurosos clientes. Ella sonrió, avanzando a ordenar lo que deseaba.
En la mesa esperé a que ella se acercara, y cuando lo hizo, hice el intento de alcanzarle el billete.
“Realmente no tengo cambio, ya me darás luego” me dijo, con una sonrisa dibujada en los labios, mientras se sentaba frente a mí. No era lo que esperaba, pero no me incomodó.
Y así compartimos una relativamente larga charla de casi 15 minutos, en donde el resto de la gente entraba y salía raudamente con dirección al trabajo o hacía un breve entretiempo para esperar el bus o el Metro. Y yo no era la excepción de ir a laborar, aunque lo haría en mi Chevy sport. Por lo que me disculpé con ella y quedamos en vernos más tarde. Le di mi tarjeta personal y la invité a almorzar. No podía ser menos amable.  
Al salir, al mediodía, la encontré en el lobby del edificio de oficinas en donde trabajo como Ing. de diseños. Ella ahora lucía de sport elegante. Su look mañanero de tennis shoes, blue jeans gastado, camisa de franela y cabello revuelto, que le daba la típica apariencia de la chica angelina despreocupada, había desaparecido.
Fuimos a un restauran cercano al Westwood Plaza, de la ciudad del mismo nombre, al Oeste de Los Ángeles, a un par de millas del Downtown, ya que no podía alejarme mucho de mi centro de trabajo. Fue allí, entre bocados y palabras, que Juliette me cautivó. Era graciosa, de palabra fácil y locuaz, y lo que más me empezaba a gustar: era muy alegre. Como era de esperar, nos faltó tiempo para seguir la conversación y quedamos para vernos a la salida… cenaríamos juntos. De regreso a la oficina de diseño mis colegas sonreían maliciosamente, “Linda chica”, me dijo el de mas confianza.
La cena tampoco nos bastó para saciar la necesidad de hablarnos, aunque ya brotaba otra necesidad entre nosotros, y era el de darnos besos, abrazos y quizás algo más.
Al día siguiente desperté como de un dulce sueño y de repente reaccioné. Ella estaba totalmente desnuda a mi lado… y para nada me incomodó su presencia en mi lecho. Y todo lo que sucedió el día anterior se repitió una vez más, ese y los próximos días, durante la semana. Hasta que, luego de un glorioso fin de semana, se mudó a mi apartamento de soltero a vivir conmigo. Fue cuando cruzó por mi mente la idea que estaba jodido.
La segunda semana hubo un cambio en mi vida que nunca había permitido que llegara. En mis 35 años de edad, jamás quise hacerme responsable de ninguna mujer. Amaba mi libertad y mi despreocupación total de todo asunto que no fuera mi trabajo. Todas mis relaciones con las mujeres que pasaron por mi lado, fueron eso: pasaron. Nunca les dejé que hagan planes o cuenten conmigo para nada. Así, mis relaciones no duraban mucho y yo vivía feliz… hasta que llegó Julitte. 
Ya no iba al café de la esquina cuando salía temprano con dirección al trabajo. Juliette lo tenía preparado delante de mí, humeando, apenas despertaba.  Ya no almorzaba con mis amigos de la oficina sino con ella, quien me esperaba en el lobby. Ya no salíamos a cenar porque Juliette me esperaba en “casa” con la cena lista, adornada de candelabros y a media luz. Las sagradas noches de los viernes de perdición, con mis amigos en un bar de topless, se transformaron en viernes de sillón y películas, con palomas de maíz, nachos con huacamole o pizza. Y mis usuales sábados de despertar al medio día se interrumpieron con el sonar de la aspiradora y arreglos de “casa”. Así, los fines de semana, empecé a languidecer… Me estaba asfixiando.
La cuarta semana, que Juliette me lo recordó como si fuera un aniversario, fue igual… mmm, o diría que peor. Yo estaba harto de ella. En el sexo habíamos probado de todo, mis trucos y los de ella, que en un principio me deslumbró. En cambio ahora era un alivio salir a trabajar más temprano e inventar cualquier pretexto para regresar tarde. Anulé mis almuerzos con Juliette… y no hicimos el amor durante esa semana. El viernes me revelé y me fui, sin avisar, a celebrar con mis amigos al bar de striptease y no regresé hasta tarde. En la puerta de mi apartamento temí entrar, extraña sensación que no sentía desde niño cuando hacía una travesura. Sí, temía encontrar a Juliette sentada en el sillón de la sala. Pero no estuvo allí… ni en la cama. “Ufff”, dije aliviado y me dormí.
Parece que había dormido en el cielo porque no desperté hasta el mediodía y me sobresalté acompañado de una pregunta: “¿Qué pasó con la bulla de la aspiradora de los sábados?… ¿Con mi café…?” Entonces me levanté y recorrí mi apartamento. “Juliette”, llamé pero nadie respondió. En la cocina, al lado del coffemaker, encontré una nota: “Querido Erick… Me voy donde una amiga. Regreso en una semana. Tenemos que hablar. Estoy embarazada… Juliette”
“Shit!…” fue la primera exclamación que lancé expresando mi estado de ánimo, seguido por un, “Damn it!”, que lo redondeó. Y fue todo, como un alivio, porque no era la primera vez que yo estaba en ese problema. Perdón, quise decir, con una chica con ese problema. La ducha que me di terminó por despejar mi mente de la resaca y el problema de Juliette.
Los fines de semana, usualmente, las pasaba recorriendo libre como el viento por la Pacific Coast Hway, manejando mi Chevy Sport. Parando en donde me venía en gana. Comiendo y disfrutando del paisaje que escogía disfrutar, a veces acompañado o no, no tenía ninguna importancia, sino mi libertad. Solo que esta vez al caer la tarde, cuando gozada de un espectacular ocaso, el rostro de Juliette se dibujó en el horizonte.
El lunes temprano extrañé el café humeante que Juliette traía a mi cama. En el almuerzo, acompañado por mis amigos del proyecto arquitectónico, permanecí callado, ensimismado en mis pensamientos acerca del qué hacer. Al regresar a mi apartamento lo encontré frio, triste y vació en un terrible silencio. Cerré los ojos y súbitamente apareció el rostro de Juliette sonriendo y mi alma se iluminó, pero cuando los volví abrir, mi soledad no solo había cambiado, sino que se hizo más evidente. En la noche, en mi cama, daba vueltas esperando encontrar el cuerpo de ella, pero no, y sentí frio en el alma. Solo me calmé con la idea que surgió repentinamente, desde muy dentro de mí… de ser papá, y me dormí.
El martes, miércoles y jueves fue igual.
Pero el viernes fue peor, porque desperté hecho una mierda. Fui al baño, me miré en el espejo y comprobé que la idea de cómo me sentía no solo era eso, sino que se confirmaba con la imagen que reflejaba. “¿Juliette… En dónde estás?”… “Dónde puedo buscarte… o llamarte… mujer” murmuré… y, por primera vez en mi cínica vida de soltero, susurré: “Te necesito Juliette… Te amo, vida mía”.
Ese día estuve pendiente de mi teléfono celular. Revisé varias veces si las baterías estaban cargadas, si estaba encendido, si el timbrado funcionaba, dudando ponerlo entre la señal de sonido o vibración, o si ya había un mensaje de texto. En la tarde, a la salida de la oficina de proyectos, me excusé de acompañar a mis amigos a la juerga acostumbrada. Ya no me importaba el viernes de corrupción.
Cuando llegué a mi apartamento y estaba a punto de entrar, de pronto me llegó como una brisa la idea de que Juliette estaba allí, esperándome, lista como solía hacerlo, con una sonrisa y un beso, la cena preparada, las velas encendidas y una rosa para cada uno sobre la mesa, al lado de los cubiertos. Pero no, ella no estaba… entonces… sufrí. Creo que el cínico soltero había muerto dentro de mí. En la noche miré tantas películas como palomas de maíz, nachos con huacamole y pizzas pude comer, pero sin dejar de pensar en Juliette y de desear acurrucarla a mi lado.
Así había funcionado con otras chicas. Por ejemplo, una orden de banana Split de coco, vainilla y fresa con chocolate me hizo olvidar a Brigitte y los seis meses de relación salvaje que tuvimos recientemente, poco antes de conocer a Juliette.
Así, con ese estado de ánimo, antes de ir a mi cama, me tomé varios Tequila Sunrise porque sabía que de otra manera no podría conciliar el sueño.
El sábado desperté alegre. Había soñado con Juliette. Alegría que se desvaneció tan pronto como constaté que solo era eso, un sueño. Bajé al coffee shop y allí bebí un café mocca con crema y me senté, sin ningún apuro de nada, a disfrutarlo. Ya iba en mi tercer sorbo de la paradisíaca bebida cuando súbitamente vibró mi celular anunciando un mensaje de texto. Casi derramo mi mocca caliente por la prisa de buscar mi celular, y cuando lo encontré pude leer: “I love you, Erick”. Mi corazón dio un vuelco, ahora podría devolverle la llamada. Regresé a mi apartamento rápidamente porque quería hacer hablarle desde allí, con la privacidad necesaria para expresarle mis sentimientos.
La manera de cómo veía el mundo cambió radicalmente desde que le confirmé a Juliette mi amor por ella y de que la quería a mi lado, posiblemente, para toda la vida. Acerca del bebe que llevaba dentro, le dije que ya hablaríamos cuando estuviera aquí. “Llegaré el lunes temprano, iré manejando desde Sausalito, San Francisco, por la Pacific Coast Hway… Espérame en casa… I love you” me dijo sin aceptar que yo vaya a recogerla o a su encuentro.
El lunes desperté con inusitada alegría “Hoy llega Juliette… mmm, el apartamento está en orden” me dije. Esa mañana no iré a trabajar. Me levanté, me di una ducha caliente y me pareció escuchar el sonido de mi celular, cerré la llave del agua y presté atención, y fue que escuché el pitillo del coffeemaker anunciando que ya estaba listo, entonces volví a lo de la ducha. Luego me senté en el sofá y prendí el TV a ver las noticias mientras bebía mi café. Me entretuve de sobremanera con las noticias acerca del terremoto y el subsiguiente tsunami en el Japón. Habría pasado ya una hora y tres tazas de café cuando las noticias se vieron interrumpidas por otra local y de urgencia.
“Flash”, vi y escuché en la pantalla del tv. Anunciando un accidente en la Pacific Costa Hway, que a mí me heló la sangre. Pensé inmediatamente, sin poder evitarlo, en Juliette y sentí que me estrujaban el corazón.
“Hace unos minutos ocurrió un lamentable accidente en la carretera, cuando un Ford Explorer rojo se despistó en una curva. El vehículo iba conducido por Juliette Hoffman, residente de Santa Mónica, y ya fue llevada al Memorial Hospital cercano, en condiciones reservadas…”
Ya había escuchado lo necesario, salté del sillón, busqué mi celular en mis bolsillos y sobre el coffee table, pero no lo hallé. Entonces tomé el auricular del teléfono y llamé al hospital.
¿Ud. Es…? Me preguntaron en emergencias del hospital.
“Soy Erick, el novio de Juliette”
“Lo siento mucho, Erick, el accidente fue fatal… “
Y no pude escuchar mas, mi mente se cerró, caí al sofá abrumado por el dolor y enloquecí. De rabia e impotencia destrocé la sala de mi apartamento hasta que llegó la policía alertados por los vecinos y pudieron calmarme. No me arrestaron, sino llamaron a los paramédicos para que me atiendan. Cuando se fueron y quedé solo, fui a mi dormitorio y me tiré a la cama, y sin proponérmelo, sentí la vibración de mi celular y lo encontré. En él pude ver el último mensaje de texto de Juliette, que había perdido debido al ruido de la ducha y el pitillo del coffeemaker, donde me decía que me amaba, que nunca había amado a nadie de esa manera y que estaba segura que jamás amaría con la intensidad que sentía ahora… y me prometía: “Te haré feliz toda la vida, mi amor… solo dame la oportunidad”.
Tiré el celular con rabia al suelo y lloré como un niño.

martes, 10 de mayo de 2011

SOLEDAD



Estaba recostado en mi cama,

No dormía, ni estaba despierto.   

Era como si flotara

Entre lo real e irreal,

        Pensaba o soñaba que pensaba,

        Para el caso era lo mismo,

En mi esposa y mis hijos,

Los veía y escuchaba,

Estaba ella sentada en una esquina

Sobre una silla, en el comedor.

Yo creo que soñaba.

Los veía felices y yo era feliz.

Y es cuando tuve una rara sensación,

Pensaba que alguien más estaba aquí,

Parado junto a mí.

       Soñaba o pensaba que soñaba.

       Para el caso era lo mismo

Porque una mujer elegante y hermosa,

me observaba que estaba recostado en mi cama

No dormía, ni estaba despierto

Yo creo que pensaba.

Y es cuando me dijo:

“Te estuve esperando muchos años

creo que al fin podremos hablar,

sólo te pido que me escuches”

        Pensaba o soñaba que pensaba.

        Para el caso era lo mismo.

“¿Quién es usted señora? ¿Qué hace usted acá?”

“¿Puedo sentarme a los pies de tu cama?

Sólo quiero que me escuches”

Yo creo que soñaba.

“No. Por ningún motivo,

yo no la conozco,

ni quiero escucharla”

“Pero yo si te conozco”

     Soñaba o pensaba que soñaba

     Para el caso era lo mismo.

Porque se sentó a los pies de mi cama.

“Estuve muy cerca de ti,

desde que eras niño,

pero nunca me miraste”

Yo creo que pensaba.

“Cuando fuiste adolescente,

es cuando por primera vez,

nos miramos a los ojos,

pero solo por unos segundos”

       Pensaba o soñaba que pensaba.

       Para el caso era lo mismo.

“Luego nos vimos otra vez,

estabas rodeado de mucha gente,

pero aun así me miraste,

y yo te sonreí,

pero alguien se interpuso entre los dos”

Yo creo que soñaba.

“Trate de buscar nuevamente tu mirada,

pero no lo logre”

Estaba recostado en mi cama

 No dormía, ni estaba despierto.

      Soñaba o pensaba que soñaba.

      Para el caso era lo mismo,

porque una mujer elegante y hermosa,

Sentada a los pies de mi cama, me observaba.

Era como si flotara

Entre lo real e irreal.

Yo creo que pensaba.

Pensaba, que viéndote bien,

te había soñado en algún lugar.

“Tu rostro me es familiar,

creo que si, si te he visto antes”

        Pensaba o soñaba que pensaba.

        Para el caso era lo mismo,

Porque te escuchaba.

“Estuve en tu matrimonio,

y cuando brindabas con todos, me miraste,

yo estaba en medio de mucha gente”

Creo que soñaba.

“No. Estabas despierto porque vi tus ojos tristes,

como que me buscaban, y nos miramos,

entonces supe que no te había perdido”

      Soñaba o pensaba que soñaba.

      Para el caso era lo mismo.

“Pasaron muchos años

 y vi como crecieron tus hijos,

estabas tan ocupado con ellos,

que no hubo oportunidad de mirarnos”

Creo que pensaba,

Porque te pregunte

“¿Cómo te llamas?”

“Soledad”

       Pensaba o soñaba que pensaba.

       Para el caso era lo mismo,

Porque cada vez te reconocía mas,

Y al escuchar tu nombre,

Te recordé mejor y creí haberte visto antes.

Ahora si, estoy seguro de eso.

Creo que soñaba,

porque me dijiste:

“Quiero recostarme a tu lado,

estoy muy cansada,

te he seguido por mucho tiempo”

     Soñaba o pensaba que soñaba

     Para el caso era lo mismo,

porque al día siguiente,

cuando desperté,

te encontré, Soledad,

Totalmente desnuda en mis brazos.

Creo que pensaba,

Porque te dije:

“Esto no puede ser

amo a mi esposa y a mi familia

y nada te puedo ofrecer”

       Pensaba o soñaba que pensaba.

       Para el caso era lo mismo,

ya que me rogaste que no te rechace.

“Solo quiero estar junto a ti,

me iré cuando quieras,

sin reclamarte nada”

Creo que soñaba,

porque te acepté.

“Fue en este país donde más busque tus ojos,

pero tu siempre me evitaste”

“Mi esposa, mis hijos, mis negocios, no podía”

      Soñaba o pensaba que soñaba.

      Para el caso era lo mismo,

porque a mi lado estaba, desnuda,

esta hermosa mujer, que desde mi niñez,

estuvo tratando de acercarse a mí,

Y que hoy, la reconozco más y más.

Creo que pensaba,

porque ahora ella empezaba,

A llenar todos los vacíos de mi vida.

Sí. Siempre estuvo cerca de mí,

Pero siempre la evite.

        Pensaba o soñaba que pensaba.

        Para el caso era lo mismo,

Porque ahora estaba en mis brazos

“Sí. Estoy en tus brazos y dispuesta

a consumar este amor de años,

por fin se acabó mi espera, mi amor”

Creo que soñaba,

Porque poseí tu cuerpo y tu espíritu.

Sentí el éxtasis de tu virginidad

Y la pasión reprimida de tantos años

“Oh, Soledad, tanto me amabas”

      Soñaba o pensaba que soñaba.

      Para el caso era lo mismo,

Porque desperté y te vi mirándome.

“Me amas?”

“Sí. Mas que ha mi vida”

Ya había olvidado a todos.

Creo que pensaba.

“Ámame, ámame sin limites como yo a ti,

te he esperado por tantos años,

estaba segura que me ibas amar,

por eso quería que me escuchases”

       Pensaba o soñaba que pensaba.

       Para el caso era lo mismo,

Porque sólo en ti pensaba,

Cuando escuche mi sentencia.

Quería regresar lo mas pronto a ti,

Para darte la noticia.

Creo que soñaba.

“Soledad, despierta, escúchame

te tengo la mayor sorpresa,

Nos casaremos.

Estaremos juntos toda la vida”

     Soñaba o pensaba que soñaba

     Para el caso era lo mismo.

Porque me reprochaste:

“¿Tan poco me amas?

¿Te es suficiente amarme toda la vida?

Yo no te exijo nada, pero, puedo darte mucho mas”

Creo que pensaba.

“Que me puedes dar, Soledad, dímelo”

“Podemos amarnos dando la vuelta al mundo,

Y amanecer en la luna.

O hacer el amor en el sol,

y  viajar de luna de miel a otra galaxia”

       Pensaba o soñaba que pensaba.

       Para el caso era lo mismo.

“¿Sí? ¿Puedes darme eso? ¿Tanto me amas?”

“Sí. Te amo una eternidad.

Podemos visitar todos los lugares de la tierra, y luego,   

viajaremos por el universo”

Creo que soñaba.

No puedo creer en tanta felicidad.

“Ho, Soledad. Si, llévame contigo”

“Si mi amor, poséeme otra vez,

 te daré un orgasmo infinito

y nos iremos de este lugar”

      Soñaba o pensaba que soñaba.

      Para el caso era lo mismo,

Porque vi mi cuerpo, inerte, recostado en mi cama.

No dormía, ni estaba despierto.

Era como si flotara,

Entre lo real e irreal.

        “Y me fui feliz en pos de la eternidad

        Con mi compañera, mi Soledad”.

              No dormía… ni estaba despierto.

domingo, 8 de mayo de 2011

BEAUTIFUL TOMORROW… HERMOSA MAÑANA

“Hermosa mañana” Le dije a una linda mujer cuando estábamos solos en un parque cerca a un acantilado. No nos conocíamos pero el estar unos minutos allí, haber cruzado nuestras miradas e intercambiado sonrisas me hicieron pensar que podía intentar iniciar una conversación con éxito.
Tuvieron que pasar muchos años para que un día, en un lugar jamás imaginado por mí, hacía sólo unos meses, la anécdota contada se volviera a repetir.
Llegué a la ciudad de Long Beach, California, procedente de Lima, Perú, a principios de los 80’s como un turista común y corriente, y luego de unos meses me convertí en un ilegal, también común y corriente. Con el agravante de ser “casi” un completo ignorante del idioma Ingles, en donde el “casi”, para no decir total, se debía a que mi conocimiento era comparado con el vocabulario de un niño de kínder. Entonces, el estribillo de: “Pollito-Chicken y Ventana-Window…” de una canción muy conocida por los párvulos del colegio, “Bambi”, era todo mi vocabulario Ingles.
No es mi intención contarles los detalles de como hice para sobrevivir en gringolandia sin saber el idioma, sino simplemente hablarles del: “Beautiful tomorrow”. 
Siempre me gustó pasearme por la orilla del mar y como vivía, y vivo, a sólo cuatro blocks de ella solía ir a caminar los domingos muy temprano al muelle de pescadores de Long Beach, con una taza de chocolate caliente en la mano.
En uno de esos paseos tuve la oportunidad de encontrar a una señora, muy bonita y sonriente, en el mismo lugar en donde solía detenerme a terminar en pequeños sorbos mi taza de chocolate mientras contemplaba la inmensidad del mar, el vuelo de las gaviotas y la salida de los botes de paseo llenos de gente, y entre ellos, los pescadores aficionados.
Nuestras miradas se encontraron varias veces y nos sonreímos mutuamente. Yo ya había aprendido que la gente del lugar era muy amable y comunicativa, pero mi ineptitud con el idioma me mantuvo mudo en contra de mis intenciones. Silencio que se prolongó hasta cuando ella rompió el hielo y me dijo algo que no entendí.
Yo sólo atiné a decirle: "BEAUTIFUL TOMORROW. ISN'T IT? e hice una señal con la mano acerca del ambiente, cuando creía haber dicho: “HERMOSA MAÑANA ¿NO ES CIERTO?”. Ella rió con franqueza por mi expresión, se acercó y conversamos, es sólo un decir, y me hizo entender que se decía: "BEAUTIFUL MORNING" en vez de lo que dije; luego me invitó a asistir al programa de ESL, English as a Second Language, en el Long Beach City College, donde ella era profesora. Allí, mi esposa y yo, aprendimos el idioma Ingles correctamente en las clases nocturnas en sólo un año, urgidos por la necesidad de expresarnos en todo lugar.
No puedo dejar de recordar, mencionar, sentir vergüenza y hacer un paralelo de cuando viví en el Perú, por mi discriminatoria actitud de burlarme de la gente que hablaban mal el español en mi ciudad natal: La gran Lima, por provenir del interior del país. En todo caso tuve más suerte cuando, en el extranjero, yo era el malhablado, porque a nadie le gustaría ser menospreciado por algún motivo o alguien.
Hoy, y cada vez que recuerdo esta experiencia, me río de la "estupidez" que dije por ignorancia, y aprecio la amabilidad de aquella dama que conocí, quién luego se convirtió en una sincera amistad familiar de casi 30 años. 

lunes, 2 de mayo de 2011

“PAPÁ, ME VOY A ENROLAR AL ARMY…”


Eran las 7 a.m. del 11 de septiembre de 2001, en California, y aun estaba durmiendo cuando empecé a escuchar voces de un noticiero de la TV provenientes desde la sala de la casa. Algo inusual porque a esa hora era la bulla de los Raperos de MTV, que mi hijo solía poner para terminar de despertase él mismo, los que solían perturbar mi sueño. Eran las 7 a.m. en Long Beach, exactamente a las 9 a.m. en New York y el noticiero propalaba el primer choque del avión comercial a una de las torres gemelas.
Mi hijo Miguel Jr. Entró abruptamente al dormitorio y me dijo:
“Papá, nos están atacando... Empezó la guerra!!!...”
Mi hijo Miguel recién había terminado su Hight School y hacía sólo unas semanas que un oficial del Ejército había visitado nuestra casa para animar a mi hijo a enrolarse al “Army” hablandole de los beneficios y del gran espíritu de camaradería que se vivía. Además, le prometió que si se enrolaba le daban una beca para la universidad que él eligiera...
Mi esposa y yo prendimos el TV de dormitorio y vimos la constante repetición de las escenas del avión estrellándose en el edificio, y nos impresionó de sobremanera.
Nos levantamos y en pijamas compartimos con júnior unas tasas de café mientras tratábamos de calmarlo.
“Papá me voy a enrolar al Army y les vamos a patearles el poto a esos terroristas hijos de puta!” me dijo mi hijo con lágrimas en los ojos, terriblemente afectado por las escenas que veíamos en la TV, y se fue al trabajo. “Ya hablaremos a tu regreso hijo” le dije preocupado de que la idea prosperase.
Mi hijo, como muchos de su misma edad, era amante del Surfing y skateboarding. Y pasaba sus momentos libres en las playas cercanas a donde vivimos, como Seal Beach o Huntington Beach, y fue exactamente por allí, practicando correr olas y skateboarding con sus amigos en el parking lot de una de esas playas, en que conoció al ya célebre Tony Hawk, joven skater profesional. Conversaron por unos minutos y Tony les enseñó algunos trucos de cómo hacer los tan conocidos malabares que tan diestramente hacía sobre la tabla de cuatro ruedas. Al final, al despedirse, Tony le preguntó a Junior “¿Miguel, que vas hacer este verano?” “No sé aun…-respondió Junior, y añadió-… posiblemente venga todos los días a la playa y además amplíe mis horas en la Pizzería en donde trabajo part-time… o quizás me voy al army al terminar la secundaria, no sé…” “Y porque no vienes a ayudarnos, tiempo completo, en nuestro taller de skateboards” le sugirió Tony extendiéndole una tarjeta de su empresa.
Cuando Junior regresó del trabajo a casa, ese fatídico 11 de septiembre, y los días subsiguientes, estuvo muy callado, aun cuando mirábamos las noticias en la tv. Silencio que respeté. Hasta que un día nos dijo: “Papá, mamá… no voy a ir al army”, emocionado y con lagrimas en los ojos. Y nosotros sentimos un gran alivio en el alma.
Después nos enteramos que en donde él trabajaba, como obrero del taller de skateboards, había veteranos de guerra en los diversos niveles de la empresa, y fueron ellos, mejor que nosotros, los que a la hora del break, en donde todos se reúnen amigablemente a tomar un café sin ninguna distinción de posición, los que convencieron a Junior a no enrolarse en una aventura que lo marcaría toda su vida.
Hoy nos enteramos de la muerte del terrorista más nefasto y buscado en el mundo, Osama Bin Laden, y la desarticulación de su organización terrorista. Por lo tanto, la causa o excusa, como quiera interpretarlo, que tuvo George W. Bush en iniciar una de las más grandes y nefastas guerras en el Medio Este, que ya lleva diez años, llegue a su fin y que las tropas del ejército regresen a casa. Los padres, esposas, hijos, hermanos y amigos los queremos de vuelta para poder abrazarlos nuevamente. Mi hijo no se enroló, pero comprendo el gran dolor de los seres queridos de quienes no volverán.