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viernes, 17 de junio de 2011

QUIEREN QUE MATE A MI MEJOR AMIGO

Quieren que mate a mi mejor amigo, Boston… pero me reúso a hacerlo. Él me ha acompañado por estos últimos doce años y existe un gran amor entre nosotros dos. Pero ahora, que lo veo muy deteriorado, no sé…
Yo soy un hombre maduro y a él lo conocí cuando era muy joven, casi un bebe. Yo caminaba por la calle, en la noche, por los alrededores de mi casa luego de haber cenado. Era mi habitual caminata para ayudar a mi digestión, y lo hacía dando una gran vuelta por los blocks del vecindario en el que vivo, a través de las calles que usualmente están desiertas.
Era una noche fría cuando lo vi venir desde lejos, caminando en la misma acera que yo lo hacía pero en sentido contrario, así que, si ninguno de nosotros cambiábamos de rumbo, nos cruzaríamos de todos modos en algún punto. Cuando él estaba no muy lejos, sentí miedo, pensé que quizás pueda atacarme, pero inmediatamente deseché ese temor porque él lucia muy erguido, joven, caminando con confianza. Nos cruzamos sin mirarnos ni comunicarnos de manera alguna, pero luego de dos paso volteé mi rostro y mis ojos de encontraron con los de él. Él también había volteado y me miraba intensamente con sus ojos negros. Yo no supe que hacer, pero me quedé parado, allí, mirándolo. De pronto me dio ganas de acercarme y acariciarlo, pero me contuve. Entonces volteé y volví mi mirada al frente y caminé con dirección a casa, con paso calmado, y en el camino me di cuenta que él me seguía. No tuve miedo, sabía que no me atacaría, sino que otro era su propósito. Y así fue como nos conocimos hace doce años. Desde esa noche jamás nos separamos y hemos vivido tratando de alegrarnos la vida mutuamente. Yo lo cuido con mucho amor y él me comunica su alegría de estar junto a mí con la energía que irradia sus ojos negros.  
Hace poco, cuando ambos estábamos recostados en el sofá, acaricié su cabeza y él me miró a los ojos… y creo que descubrió mi pensamiento… y lloró… y se acurrucó bajo mis brazos. Yo no pude resistir y lo abracé con toda mi alma y también lloré. No me resignaba a perderlo y no aceptaba que en solo 12 años hubiera envejecido tanto. Él ahora veía con dificultad y se tropezaba con los mueble de la casa al caminar, pero yo estaba dispuesto a ayudarlo en todo, no solo con la comida sino además en el ya no desagradable momento cuando quería defecar u orinar.
Una noche, mientras dormíamos, comenzó a quejarse y me despertó, él temblaba. Algo le dolía intensamente, dolor que yo no sabía cómo calmar, así que fuimos al doctor, a emergencias.
La doctora me miró a los ojos, en silencio, luego de auscultarlo. Y yo entendí el mudo diagnostico. “¿Qué podemos hacer, doctora?” le pregunté al borde de la desesperación.
“Lo único que le recomiendo es ponerlo a dormir… no sufrirá en absoluto”
“Eutanasia!!!” Palabra que, con solo imaginarla, resonó en mi mente como un interminable eco. Quizás lo permitiría con alguno de mis queridos y más cercanos familiares. No sé. Pero ahora, frente a la alternativa concreta de decidir que hacer con mi mejor amigo, no pude consentirlo.
“Doctora, deme unas horas para pensarlo, regreso mañana temprano...”. Dije, al momento que involuntariamente miré a mi amigo, totalmente tendido, indefenso, aunque mirándome con tristeza, como sabiendo lo que le esperaba.
“¿Podría darle un calmante?”
“Sí. Ya lo hicimos, le hemos inyectado un fuerte calmante, por eso está tranquilo, pero el efecto irá disminuyendo con el uso”
Así, dejé a mi entrañable amigo internado en la sala de emergencias de la clínica, sin las esperanzas de una recuperación, ni siquiera milagrosa, sino con una condena de muerte, que si yo no decidía prontamente, esta llegaría inexorablemente luego de una prolongada y terrible agonía.
Ya en casa, no sé si dormí y soñé todos y cada uno de los eventos más importantes de mi vida con mi mejor amigo, o solo fueron recuerdos los que desfilaron por mi mente en una interminable noche de insomnio…
Al día siguiente no quise ir a la clínica, es decir, no me atrevía a ir. No podía ordenar la muerte de mi mejor amigo en su presencia o cerca de él.
“¿Aló, Doctora?” Llamé a la clínica con una resolución ya tomada, y les dije claramente que por ningún motivo terminen con mi amigo, y que dentro de unos minutos estaría allí. Dejé el fono y partí.
“Tenga mucho cuidado cuando le inyecte esta droga para el dolor… -me previno la doctora cuando recogí a mi fiel amigo, luego de indicarme cómo hacerlo, y añadió-… Una sobredosis es mortal”.
Esa semana le apliqué la droga repetidas veces para calmarle el insoportable dolor que sentía. Ya no comía ni caminaba, aunque cada vez que me miraba movía la cola como diciéndome “Aquí estoy aún, amigo”.
Hasta que una noche despertó y aulló como nunca… ya la dosis de droga para el dolor no surtía efecto.
Cogí su cabeza y busqué sus ojos. Al encontrarnos calmó su llanto por un instante. Así estuvimos por unos minutos comunicándonos sin palabras como solíamos hacer, hasta que empezó a llorar muy quedamente, como mordiendo el dolor que sentía. Yo entendí perfectamente el mensaje y preparé, deliberadamente, una sobre dosis de la droga. Él me miraba con sus inmensos ojos negros, tranquilo ahora, como para que yo lo esté también… Y le apliqué la letal inyección. Mi amigo se calmó y luego se reanimó. Y como sabiendo que se iría, se puso de pie, dio unos pasos, giró y frente a mí, mirándome, meneó la cola, se acercó, me volvió a mira con sus inmensos ojos negros y murió a mis pies. 
Yo me arrodillé, lo abracé, le pedí perdón en llantos y le juré que lo buscaría cuando yo también partiera de este mundo.
Hoy los restos de Boston yacen enterrados en mi jardín, aunque yo lo siento a mi lado en todo instante. Inclusive ahora, cuando escribía esta nota, gruñendo y jalándome las pantuflas, contento de que sepan de él.

lunes, 13 de junio de 2011

“QUIERO SENTIRTE MUY DENTRO DE MÍ”

“Entonces, te espero a cenar a las 8 p.m. Paul”
“Sí, querida Caroline, allí estaré. Llevaré un vino ¿Cuál prefieres, cariño?”
“Trae un White Zinfandel, ¿Si?”
“Claro, nos vemos esta noche”
Caroline colgó el auricular del teléfono de la sala y fue a la cocina. Allí revisó su recetario de comidas, desplazando su dedo índice por las hojas de este hasta que, esbozando una sonrisa, escogió una.
“Mmm… Pinchos con trozos de carne, rodajas de pimientos, tomates, cebollas y champiñones… - murmuró y abrió la puerta de su refrigeradora para revisar lo que tenía allí de la receta-… Creo que esta será perfecta para la ocasión, solo me falta la carne.”
Era las 6.00 p.m. cuando Caroline empezó a poner en orden lo necesario para preparar la cena. Cortó los vegetales y los amarinó en salsa de vinagre, sal y pimienta en un bol. Luego fue al balcón de su apartamento, y allí, en el BBQ grill, hizo una pila de carbón en medio de un trozo de tela empapada de kerosene y lo encendió.
“Son las seis y media… -pensaba Caroline-… suficiente tiempo para que encienda bien las brasas.” Luego fue al comedor y arregló la mesa. Puso un candelabro, dos copas para vino y servilleta y cubiertos para uno.
Y se fue al dormitorio, a darse una ducha y arreglarse.
Paul miró su reloj mientras manejaba en la autopista, “Son las 7:30 p.m. si paro en una tienda cerca del apartamento de Caroline para comprar el vino… -pensaba-… llegaré puntual a la cena”
Hacía solo una semana que Paul había conocido a Caroline y esta noche sería su tercer encuentro con ella. En la primera, él la abordó en el Metro, cautivado por su extraña belleza y particular moda de vestir, al verla subir y cederle el asiento. Caroline era una mujer de tez muy blanca, de cabello negro natural o por la magia del tinte, de maquillaje rojo oscuro en los ojos boca y uñas, y vestida totalmente de negro. La segunda ocasión, fue en un café de estilo gótico, en donde ella era una más en medio de la gente y él era el que desentonaba vistiendo “raro” con su saco, camisa de cuello y corbata. A Paúl no le gustó la música-ruido que tocaba una banda en el escenario, y menos aún las obscenidades que gritaba con furia el vocalista de esta, pero él no había escogido el lugar ni estaba interesado en el estilo de esta, sino en Caroline. Allí, animado por la coquetería de ella, logró besarla, acariciar sus senos y tocar suavemente sus nalgas.
“Por favor, voy a llevar esto… ” Dijo Paul al dependiente de la tienda, colocando las cosa que había escogido sobre la plataforma de la registradora.
Los productos fueron escaneados por el dependiente, que con una sonrisa maliciosa dijo: “Son $35.20 dólares, incluidos los impuestos” a la vez que envolvía la botella de vino con un papel protector y lo metía en una bolsa de plástico junto con la caja de condones que Paul había comprado”
A las 8:00 p.m. sonó el intercomunicador del apartamento de Caroline.
“Sube, querido” Paul oyó la voz sensual de Caroline a la vez que la puerta eléctrica de la entrada del condominio se habría.
“Mmm… Ya está caliente…” pensó Paul recordando la sensual voz de ella, mientras subía en el ascensor.
Ahora sonó el timbre musical, anunciando que Paul había llegado a la puerta del apartamento.
Caroline vestía una apretada malla transparente de encaje negro que la cubría desde el cuello a los tobillos, y encima, una bata larga del mismo estilo. Atuendo que acentuaba la voluptuosa figura que tenía. 
Al abrirse la puerta, Paul quedó deslumbrado ante la inesperada visión erótica de Caroline, además de sentir el embriagante perfume de una mezcla de esencias de canela, sales y feromonas. Verla y olerla así, hizo que la imaginara como una diosa impúdica e inmediatamente su libido animal se posesionó de él.
Caroline, consciente del efecto causado, no perdió tiempo y avanzó, cogió la botella y le dio por primera vez un apasionado beso mojado, enviando la conciencia de Paul a las nubes del embeleso.
Paul se sintió conducido, entre besos y mordiscos, a la sala y luego sentado en el sillón, sin haber despegado sus labios de los de Caroline.
“Déjame poner el vino a enfriar, ya regreso” escuchó Paul, como en tinieblas.
Caroline llevó el vino a la refrigeradora, a la vez que desde lejos miró que el BBQ grill humeaba, y ya de regreso llevó dos copas de vino.
“Salud, querido Paul, esta noche será la mejor noche de tu vida, te lo prometo. Bebamos este vino especial que tiene más de cien años…”
Ambos bebieron el exquisito aunque extraño vino, que Paul, en un atisbo de conciencia, no pudo reconocer, pero le gustó.
Paul se sintió embriagado, dulcemente embriagado. No podía dejar de mirar la deseada figura de Caroline, quien se movía delante de él como invitándole a danzar un baile erótico, y creyó ver que la malla que cubría el cuerpo de Caroline desaparecía de su piel. Estaba embelesado y entre besos y caricias se sintió transportado entre las nubes a la cama de ella.  Allí, escuchó a Caroline cuando le decía, mientras lo desnudaba: “Quiero sentirte muy dentro de mí, querido”. Luego, entre tinieblas y destellos de luz de su consciencia, la vio cabalgar sobre él hasta que sintió experimentar la gloria del placer infinito, y tembló hasta que su consciencia se apagó.
Luego, Caroline, ya arropada fue al balcón, destapó el BBQ grill y colocó sobre las brasas dos alambres con rodajas de pimientos, tomates y champiñones uno, y el otro de pura carne. 
“Este será un Pincho especial. El de la semana pasada, de corazón, no estuvo nada mal, pero este, tan grande, carnoso y jugoso me saciará totalmente. Querido Paul... ni te imaginabas que llegarías muy dentro de mí, y te recordaré por siempre.” Pensaba mientras giraba los alambres de acero para evitar que el calor quemara la carne y los vegetales.
Minutos más tarde, sentada sola frente a la mesa y con un suculento plato y delicioso vino color rosa servido en una copa, brindó: “¡A tu salud, Paul.!” y sonrió.