HTML/JavaScript

miércoles, 25 de enero de 2012

Una noche lluviosa de concepción…


Hola, mi nombre es Albert y les quiero contar una increíble historia…
Eran las 08.15 del viernes de una noche lluviosa. Me había detenido en una estación 7-Eleven de gas, en mi camino a la ciudad de Brentwood desde Long Beach, antes de entrar al Freeway. Allí, además de llenar el tanque, compré unas golosinas, chips, dips, vino y cervezas. Una vez de regreso al volante enrumbé con dirección al norte, a ver a mi amada, Brenda.
Con Brenda, una cirujana plástica de 35 años, alta, de cuerpo bien formado por la cultura de la dieta y los ejercicios matutinos; de rostro sensual, fino y simétrico, acorde con su profesión; de cabellos marrones y ojos verdes; y con una piel ligeramente bronceada y bien cuidada, habíamos empezado una relación hacía ya un poco más de un año, luego de haberme solucionado un terrible problema de pequeñez viril, que lamentablemente no pudo salvar mi primer matrimonio, porque amor y respeto ya habían desaparecido de esa relación. Brenda también era divorciada, de su marido y socio de la clínica plástica que ambos dirigían; porque él, definitivamente, no quería tener hijos, y ella sentía que pronto sería físicamente incapaz de tenerlos… y los quería, al extremo de llegar al divorcio.
De esa manera, ambos confluimos en el mismo mar de la soledad desde diferentes vertientes del fracaso amatorio, factor que no hubiera sido suficiente para que empezáramos una relación, si no nos hubiéramos gustado desde un principio, cuando nos vimos en su consultorio, restringidos por un compromiso conyugal que , aunque colapsando, debíamos respetar. Gusto que se desbordó cuando ya nada se interpuso entre nosotros. Así nació, poco a poco, este sentimiento compartido.
Las fiestas y las celebraciones de los “viernes de corrupción” ya habían quedado atrás en la relación que estábamos construyendo, y si no vivíamos junto aún era porque simplemente queríamos conservar nuestra independencia hasta el momento definitivo, y además porque Brenda quería esperar la boda para inaugurar la casa que ya teníamos lista. ¿Y el sexo, también esperó? No, en absoluto. Eso lo hicimos desde el primer momento que estuvimos informalmente libres y después de unos abrazos y besos, ya sea en su departamento, en el mío o en algún hotel cuando salíamos fuera de la ciudad los fines de semana… Sin embargo, ella se cuidó de no concebir todo ese tiempo, hasta estar segura de que yo sería su hombre de toda la vida y un buen padre de sus genes, heredados y compartidos en un nuevo ser. Por eso, sexo, boda, matrimonio no eran prerrequisitos para una vida familiar compartida… y ella lo sabía. Por eso, esa mañana me había llamado a mi oficina.
“Sí, Albert. Estoy lista, quiero concebirlo esta noche”.
Mientras conducía por la vía libre, muchos recuerdos vinieron a mi mente. Recordé mis fallidos esfuerzos por embarazar a la mujer de mi primer matrimonio, y la subsiguiente secuela de pleitos y frustraciones por mí pequeñez física y, consecuentemente, la depresión extrema de perder toda posibilidad de erección ante ella. Trauma sicológico que ni el Viagra lo solucionó, porque el problema ya no era físico sino mental. “Tiene que operarse… -me dijo el psicoterapeuta que me trató, y añadió-… es la raíz de todos sus males. Con un órgano de tres pulgadas serás muy infeliz el resto de tu vida, pero, afortunadamente, ahora existe la cura.” Y me envió a ver un cirujano plástico: Brenda. Ella, gracias a su pericia quirúrgica, solucionó el detalle físico añadiendo 6 más de los pocos que tenía. “¿No será demasiado, Doctora?” Le dije cuando hablamos en la consulta previa a la operación. “No. Nunca es demasiado, pero te aconsejo prudencia y cuidado en tus relaciones. El tamaño es importante para la fecundación, pero no es todo, porque para el goce existen muchas otras formas de lograrlo”.  Luego, meses más tarde, ella me arregló el corazón y mi orgullo propio también con una ternura que devino en amor verdadero.
También vino a mi mente la responsabilidad que iba a asumir. Un matrimonio en sí, lo podía romper cuando me viniera en gana, es un decir, repartir los bienes adquiridos y luego marcharme. Pero el procrear a un nuevo ser de mi propia sangre y carne era algo abismalmente diferente. Que, una vez creado, pensaba, jamás podría retirar mis genes de él o ella, y, consecuentemente, la responsabilidad de su crianza, educación… y el amor, en ese proceso. Claro está que esto se cumple si es que, como padre, era un ser humano… o animal, porque ni estos abandonan a sus crías.
Sin embargo, esta responsabilidad no me abrumó en absoluto, sino muy por el contrario, me hizo ver la vida en una perspectiva de un futuro mejor. Sí, realmente nunca había hecho el amor de una manera racional; es decir, consciente y deliberadamente para procrear, a excepción del traumático momento que ya les conté, sino simplemente llevado por la pasión del momento y el puro placer… al menos, el mío. ¿Y los orgasmos de mi pareja de turno? Mmm… No me cabe la menor duda que muchos fueron fingidos, sin contar los que conseguí por otras mañas y artilugios, si es que me lo permitían, porque de duro y durar no era de menguar.
Luego pensé en Brenda, y la imaginé como la pareja que completaba mi vida. La vi perdiendo su delicada figura en unos meses debido al embarazo. Y la valoré en otra dimensión, algo que nunca había hecho con nadie, y era por la manera tan especial de decirme: “Te amo”, al estar dispuesta a crear algo mío muy dentro de ella. Sí, la amaba y estaba seguro que ella también me correspondía.  
El letrero verde con letras blancas de: “Salida a Brentwood… a 1/2 milla”, me hizo ser más consciente de la conducción de mi camioneta. Giré a la derecha para salir del Freeway, pero la pista mojada estaba muy resbalosa por la primera intensa lluvia de la estación de invierno  e hizo que mi vehículo patinara como un trompo, chocara contra el borde del alcantarillado y saliera del camino, para ir dando tumbos sobre el gramado de la rampa de salida, hasta que se detuvo.
“Oh, dios. Felizmente no me volqué, hubiera sido fatal.” Dije, intentando encender el motor nuevamente… y feliz de la vida me fui a hacer el amor… y procrear a mi hijo.
Nueve meses después sucedió lo previsto: “Un hombrecito, es un hombrecito…!!!” dijo la Dra. arropando al recién nacido, entregándoselo a la sufrida madre, mientras yo observaba en silencio desde un rincón de la sala de partos.
“Te llamarás como tu padre, Albert… -le dijo Brenda a su pequeño, y con lagrimas en los ojos añadió-… Desearía que estuviera aquí. Él hubiera sido muy feliz de verte nacer y tenerte entre sus manos…”.

sábado, 14 de enero de 2012

Miguel Ángel Burronotty

Hola, mi nombre es Miguel Ángel Burronotty y por una estúpida razón, que creo que Uds. adivinarán, me puse a pintar. Dibujé muchas cosas siguiendo las escuelas que marcaron los grandes maestros, especialmente mi homónimo, pero que llegaron a ser nada porque siempre quise, como ellos, decir algo muy obvio.
Luego de un corto entrenamiento empecé a dibujar de verdad. Por eso hice el dibujo de un caballo a puro puntitos de colores que me gustó mucho, porque obviamente se veía como un caballo y no otra cosa.
Mi agente artístico lo miró y me dijo:
“Mmm… No sirve, esto ya lo hizo Paul Sinac… y un millón veces mejor.”
“Damned…” murmuré como respuesta.
Días después, sin desanimarme, traté de inspirarme y hacer algo nuevo, pero el puntillismo, como un pájaro carpintero, seguía apuntillándome el cerebro. Así que, para variar, busqué un pincel más grueso y una espátula delgada, y dibujé, con trazos más grandes, un burro esta vez. Al borrico lo iba a plasmar en su máxima expresión artística XXX, pero mi falso pudor pudo más y no me lo permitió. Como sea, al terminar me limpié las manos, los pinceles y las espátulas con un trapo del sobrante de un lienzo, y contemplé mi obra de arte: el bendito Burro.
Cuando llegó mi agente lo miró de orejas al rabo, y me dijo tímidamente, rascándose la barbilla:
“¿Autorretrato...?”
“Fuck you!!!” le respondí.
“Mira, Miguel Ángel… -empezó a decirme el agente, haciendo un gran esfuerzo en pronunciar mi nombre sin insultar al Maestro-… Tienes que crear algo con estilo propio y no imitar a… -y, mirando al pobre burro, balbuceó el nombre de mi mentor de turno-… Monet… u otros”.
Cuando el agente se marchó, cerré mi taller de pintura DE ARTE, y escribo “de arte” en mayúscula para que no se confundan y piensen que allí arreglo y pinto autos viejos o chocados, no, no, no. Bien, pero les decía que cuando se fue el H de P, quedé sumido en una depresión muy brava. Cerré mis ventanas y corrí las cortinas porque la luz del día me mortificaba, y así dormí cerca de tres días con sus noches sin poder diferenciarlas, hasta que me despercudí de la modorra y busqué otra solución a mi tristeza artística. Por eso salí a la calle y me fui directamente al bar de la esquina, cuyo rotulo a las justas decía: “Contra…tura” en donde se había desdibujado la silaba “cul”, la que nunca arreglaron porque así la confundían con la “na”, lo que comenzó a traer más clientes. Este era un antro etílico en donde se reunían poetas, pintores, escultores y otras alimañas subversivas al aseo y  los parámetros de la urbanidad, para ahogarse mancomunadamente con el licor más barato y mortal,  y divagar acerca de sus desventuras creativas. Por una fuerza instintiva, que no comprendía ni me esforzaba en hacerlo, tenía el deseo de ahogarme con ellos también, a pesar de que el lugar en sí me repugnaba. Eso sí, antes de entrar a esta pocilga de artistas ajusté bien la hebilla de mi pantalón y el cierre de mi bragueta, porque allí, luego de unas copas, algunos susodichos se ponían muy afectuosos y, cambiando de arte, quería practicar el sodómico arte culinario o lingüístico… fuchi!!!
Al día siguiente desperté en mi cama sin saber cómo demonios había regresado, con un dolor de cabeza, la de arriba, por si acaso me mal interpreten, y una fuerte presión en la de abajo. Entonces la conciencia me vino como un rayo y abrí los ojos pensando lo peor, y descubrí un bello rostro de mujer frente a mí,  dormida, quien me tenía aun atrapado de mi brochita en su pretendido intento de devorarme, antes de quedarse dormida. ¿Dije mujer? Sí, pero no me constaba. Así que, con sospecha y cierta repulsión, me liberé de… ¿ella? ojala, y fui a constatarlo para salir de la duda antes de bañarme con gasolina.  "Uf" suspiré, ya que lo que vi me agradó. No tanto por lo explicito y exquisito del panorama, sino porque la bella era realmente bellA.
Contento de haber despejado la repentina incógnita, me levanté y fui a darme un baño de ducha fría, luego preparé café y huevos revueltos con papas fritas y chorizos.
Cuando estuvo todo listo, mi hermosa fémina se hizo presente en el comedor con el cabello aun húmedo del baño y totalmente desnuda, en un ambiente muy natural, que a mí me produjeron muchas ideas ¿pecaminosas? No, sino artística. Sí, allí, frente a mí estaba no solo la fuente de mi inspiración, sino mi modelo también.
Tan pronto terminamos el Brunch, dos vasos de vino y unos cigarros, yo estaba listo y ella adoptó todas las poses que le pedí, no, no en mi cama sino en el taller de pintura, desnuda y vestida, sumisamente a mis órdenes. Y yo, paleta y pincel en mano, rodeado de múltiples envases de pinturas oleo con los colores primarios, me puse mezclarlas en mi paleta y a pintar muchos lienzos de diversos tamaños y texturas.
Pinté como un loco, limpiando mis manos, mis brazos y mi cara manchados con los oleos, además de los pinceles y espátulas de diversos tamaños cada vez que quería mezclarlas para lograr un nuevo color y tonalidades. Así, extasiado por el licor de la adrenalina de la creatividad, pinté una mujer desnuda tendida sobre en un cómodo sofá que reposaba sus manos detrás de su cabeza. Hice otra a cubitos de colores acompañada de tres músicos. A otra la retorcí al lado de un reloj doblado colgando de la rama de un árbol. Otra más, la dibujé con el rostro asustado, con sus manos en ambas mejillas, cuando cruzaba un puente; muy parecida a la imagen distorsionada de un espejo malogrado. Finalmente, vestí a la modelo, le puse un collar de perlas y al dibujarla como un retrato, alargué su cuello.
No sé cuándo terminé de pintar, solo recuerdo que mi paroxismo creativo terminó en el vientre de ella… y quedé dormido.
Al día siguiente, mi adorable modelo se había marchado, no sin antes haber arreglado todo con un meticuloso aseo. Los envases de pinturas estaban en orden. Mis cuadros, iban de acuerdo al tamaño del lienzo, colocados del más grande al menor, mis pinceles y paletas muy limpios, e incluso, hasta el trapo de limpieza estaba en un caballete.
Cuando mi agente llegó, se paseo por el taller parándose frente a cada cuadro de pintura para observarlo detenidamente, mientras yo aguardaba como araña colgada de la cúpula de la Sixtina.
“Este no sirve… Goya ya lo hizo. Este tampoco… Picasso ya lo hizo. Este, menos… Dalí ya lo hizo. Este… luce como una extraterrestre asustada… Mmm, ya lo hizo Munch”.
El bendito agente sabía bien su trabajo o mis trabajos era más obvio que perra en celo. Pero aun quedaba lo que yo consideraba mi obra monumental: la mujer del collar y el cuello largo.
“Mmm… -le escuché susurrar al agente, y pensé que era el sonido del aprecio, pero cruelmente dijo-… Este, este… es un Modigliani, Miguel Ángel, por favor…”
El agente iba a continuar hablando, despotricando de mi creación artística, haciendo trizas del poco orgullo que me quedaba, pero se quedó callado, mudo, y con los ojos muy abierto. Este había dado unos pasos hasta llegar al frente del caballete en donde pendía el trapo de limpieza de mis manos y pinceles. Y allí, con los ojos desorbitados al punto de salir y caer, se hincó de rodillas, me miró con la boca abierta y balbuceó:
“Maestro, maestro Miguel Ángel, con esta pintura superas a Jackson Pollock… -y mirando al cielo levantó los brazos para decir fervorosamente-… Dios mío, te agradezco que me enviaras a un genio y sea yo quien lo descubriera”.
Así, después, busqué quien era este bendito Jackson Pollock y sus pinturas, porque mi rudimentario y superficial conocimiento del arte empezaba y moría en los maestros clásicos, y encontré lo que jamás podré entender, pero sí respetar.
Uds. no van a creerlo, pero me dieron varios millones de dólares por el trapo sucio. Así, seguí pintando lo que me gustaba y expresaba algo para mi entender, pero con un máximo cuidado guardaba los lienzos de limpieza; los que periódicamente mi agente recogía para exponerlos y venderlos.
 Pintura de Jackson Pollock...
Nota: Era muy obvio que este Miguel Ángel de marras se aprovechaba del mercado que le ofrecía una moda, y pertenecía a esa gran masa de la población que no lograba percibir el universo subjetivo que nos rodea. Del que solo unos pocos, relativamente, pueden acceder y, por lo tanto, disfrutar verdaderamente. Algo así como lo eternizó Modigliani, mucho antes del boom de lo que hoy vemos en el arte plástico: “Cuando conozca tu alma pintaré tus ojos” o “¡Pinta lo que nadie ve!”.
Para entender a Pollock les recomiendo ver...