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martes, 16 de septiembre de 2008

RAÍCES


Me pregunto… ¿Qué sentirá un ciudadano americano al volver a su pueblo natal, en California, después de vivir 25 años fuera de su país, y cruzar los puentes “The Golden Gate” y los otros seis más de la bahía de San Francisco?
¿Sentirá lo mismo que yo experimenté al regresar al Perú después de ese mismo tiempo, y cruzar los destartalados puentes sobre el río Cañete en la ruta a Yauyos, en la sierra sur de Lima? Como sea, puedo afirmarles que para mí fue toda una aventura.
Bueno, sin bromas y al margen de las particularidades, creo que el sentimiento que provoca la experiencia del regreso a casa es el mismo en la mayoría de la gente.
El retorno al lugar en el que nacieron mis padres, y sólo transitado yo, en un pasado casí lejano me traían múltiples recuerdos de aquellos tiempos.
En mi caso yo volvía a transitar por una ruta que había recorrido escasamente unas 5 ó 7 veces en mi vida, en los años de mi niñez y adolescencia.
Como dije, Yauyos era la tierra de mis padres, la que ellos abandonaron en su adolescencia en busca de una vida mejor en la capital: Lima. Si, la gran Lima, la misma que yo abandoné a principios de los 80’s junto con mi esposa y tres hijos para irnos rumbo a California en busca, como mis padres lo hicieron antes, de una vida mejor.
Viajando por la Carretera Panamericana, a sólo 180 Km. al sur de Lima, encontramos la ciudad de San Vicente de Cañete. Punto de quiebre importante porque desde allí nos dirigimos al Este, hacia la cadena andina de cerros, con dirección a la sierra, siguiendo el curso del serpenteante río Cañete que a su vez originaba un muy productivo, aunque estrecho, valle. Y con la misma celeridad con que viajábamos en la camioneta 4X4, virtualmente trepando la montaña, aparecían escenarios que provocaban recuerdos en mi memoria.
A lo largo del camino vi mucha gente e imaginé a mis padres en cientos de niños que nos saludaron, agitando las manos. Y me pregunté: ¿Qué hubiera sido de mí si ellos no hubieran salido de allí?
Y la respuesta se presentó en los cientos de rostros de adultos que vi en el trayecto, en cada lugar que paramos, para estirar las piernas, comer o gozar del escenario que nos ofrecía el río y la vegetación adyacente...
Entonces me pregunté: ¿Qué hubiera sido de mi familia si no hubiera tenido la iniciativa de dejar el Perú cuando empezaba la peor de sus crisis económicas y el flagelo de terrorismo?
Y así vi a mi esposa en una de esas humildes mujeres curtidas por el calor, el frío y el polvo... y a mis hijos y nietos entre ellos...
¿Seríamos más felices así? Se me ocurrió...
Definitivamente tenemos mas cosas de las que ellos necesitan para vivir, pero... ¿Felicidad?
Francamente, no lo sé... Porque la felicidad no se puede medir en logros materiales... Personalmente los vi felices en su medio... y sentí celos; y en ellos, a través de sus ojos, la envidia sana por la mía. Sentimientos que me hicieron disfrutar de mi viaje, ausente de toda vanidad o lastima.
Claro que hubieron otros pensamientos como los del atraso y el progreso de esos pueblos, y la falta de promoción de parte del estado para la solución de un sin número de problemas que aquejaban a la zona. O la parsimoniosa iniciativa empresarial de la gente para arreglárselas ellos mismos. Pensamientos espontáneos sin embargo que jamás surgieron en mi mente cuando viajé a otros pueblos o ciudades de California.
En mi viaje tuve la acertada decisión de quedarme durante algunos días en los hermosos pueblos de la ruta como Lunahuana, lugar hasta donde llega la carretera asfaltada y las tarjetas de crédito son bienvenidas, y otros como Laraos, Vitis, Vilca, Huancaya.... Pueblos en donde tuvimos buen alojamiento, con agua caliente, ofertas del deporte de aventura, Canotaje, y excelente comida; como la variedad de platos a base de truchas de “arco iris” y camarones, acompañada de exquisitos vinos y piscos de la zona.
Pero también visitamos otros pueblos de la provincia de Huarochirí, como San Lorenzo de Quinti, invitados por la familia Nolasco Cajahuaringa para la celebración del aniversario de la Boda de Oro de sus padres. Más tarde visitaríamos la cercana ciudad serrana de Canta y sus alrededores.
Lugares por los que fuimos acompañados por la pegajosa melodía de una innovadora mezcla de la Cumbia con huaynos lugareños interpretados por la orquesta: “La Nueva Estrella”.
También he descubierto, después de estos veinticinco años, en los ojos de mis amigos nativos americanos, la admiración y el respeto por la cultura que de alguna manera represento, tal como cualquier americano inmigrante de algún lugar del mundo en este hermoso país. Y puedo decir que América será otro pueblo, otra idiosincrasia, pero en el fondo veo el mismo sentimiento común de la gente buena, simple y honesta. Dispuesta a dar sin esperar recibir nada más a cambio, que la retribución de la alegría de estar junto a ellos… Sentimiento que creo que existe en la mayoría de la gente de los pueblos del mundo, sin límites de fronteras, idiomas, raza o religiones.
Me pregunté al empezar: ¿Qué sentirá un ciudadano americano al volver a su pueblo natal, en California, después de vivir 25 años fuera de su país, y cruzar los puentes “The Golden Gate” y los otros seis mas de la bahía de San Francisco?.
Bueno, a decir verdad, no lo sé, sólo arriesgo adivinar cuando afirmo que sentirá simplemente alegría de volver al pueblo que lo vio nacer… y nunca olvidó.

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