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sábado, 18 de abril de 2020

A THOUNDSAND KISSES DEEP


A THOUDSAND KISSES DEEP
O MIL PROFUNDOS BESOS
by Michaelangelo Barnez
Miraba el plano de calles de Google que tenía en la pantalla de mi PC,
Mientras que con mi dedo índice seguía las líneas de las vías que recorrería.
Iba a ser una larga caminata nocturna, agazapado entre las sombras,
En pleno toque de queda, debido a la cuarentena provocada por la pandemia.
“Está prohibido salir!” me advirtió la razón,
“Puedes contagiarte!” machacó.
“O detenerte, arrestarte y multarte!” volvió a aconsejarme.
“Pero tienes que hacerlo!” me dijo el lado oscuro de mi mente.
La misma que por lo general me metía en problemas.
“Sí, tengo que hacerlo, tengo que ver a mi amada!” y dejé de lado a la razón.
Esperé la medianoche, vestido de negro, para salir.
Tan pronto pisé la acera de la calle, al salir de mi dorado capullo,
El frio de la noche golpeó mi rostro. Hacía ya un mes que no me aventuraba.
Miré a ambos lados, no vi a nadie.
Prendí mi Ipod y “A Thounsand Kisses Deep” sonó.
Sí, Leonard Cohen me acompañaría en toda mi ilegal, pero ineludible aventura.
Me cubrí con mi capucha y el sonido se magnificó. Entonces, manos en el bolsillo, caminé.
Recorrería la Av. Melgarejo, en la Molina, luego la Av. Separadora Industrial,
Para tomar la Vía de Evitamiento-norte.
Hasta allí, pensé que no tendría problemas y así fue.
Pero al llegar a la Fábrica de pinturas Fast, hoy QROMA, la cosa cambiaría, estaba en el Agustino.
A esa hora de la noche la gente buena dormía. Los fumones delincuentes, no.
Y si me detenían, policías o delincuentes, sería lo mismo.
Pero era el lado oscuro de mi mente quien controlaba todas mis decisiones y movimientos.
Yo estaba ensimismado en mis pensamientos, acompañado por la grave voz de Cohen.
“A Thounsand Kisses Deep” sonaba y yo imaginaba dándoselos a mi amada.
Caminé cabizbajo, como un autómata, a lo largo de las oscuras y desiertas calles,
Parando solo cuando “algo” me lo exigía, acurrucado en las sombras.
Casi sin prestar atención a los vehículos de seguridad que raramente pasaban.
Y luego volvía a caminar.
“A Thounsand Kisses Deep!” resonaba en mis oídos,
Y en mi mente, mis labios recorrían el cuerpo de mi amada.
Así, mareado por el dulce licor del libido provocado, avanzaba por las calles.
Pasé semáforos y oscuros tugurios, deteniéndome no sé si por el peligro,
O por no llegar al éxtasis antes de tiempo.
Pasé entre gente peligrosa y maloliente, parados en esquinas y tugurios del Agustino
Y si no me asaltaron fue porque seguro me veían peor que ellos, creo.
O quizás yo era invisible.
De pronto me detuve, se aclaró mi conciencia, y me vi ante una gran reja de hierro.
Con una gruesa cadena y candado asegurada. Entonces rodeé la manzana buscando otra entrada.
Y la encontré, por una pared derruida. Así, excitado por el inminente encuentro con mi amada,
Entré y entre árboles y arbusto, no muy lejos, la vi. Ella me esperaba y yo no podía faltar.
“A Thounsand Kisses Deep!” Resonó en mi mente, y se los di al borde del éxtasis.
Ella me miró, sonrió y respondió a mis besos. Mi corazón latía desbocado.
Entonces, en medio del placer infinito, mi conciencia se apagó.
Al día siguiente, los guardianes del lugar encontraron el cadáver de un sonriente hombre sobre la
lápida de su esposa.

viernes, 27 de marzo de 2020

¡PERRA!

 
¡PERRA!
Por Michaelangelo Barnez
“¡Perra!” le gritó el fornido hombre 
Lanzándole una tremenda cachetada
A la mujer que estaba frente a él, arrodillada,
dándole placer.
Ella, como cualquier mujer, tenía sus fantasías sexuales que coincidían con los de su amante.
Y hoy, en su primer aniversario, quiso hacerlos realidad.
Ella aturdida por el golpe, con el oído sangrando y desde el suelo, 
aún pudo oír sus improperios:
“¡Quién te enseñó eso, puta de mierda!”
“¡Dime carajo, con cuantos has venido a este hotel!”
Y le dio una andanada de patadas
que a la primera la desmayó,
Para despertar luego, adolorida, en un hospital.
Allí recién al ver el vídeo en la tele se enteró.
“Padrino, estoy detenido en la comisaría” Lloró el cobarde.
“¿Y qué pasó, hermanito?”
“¡Nada padrino, solo le pegué a una puta, y como esta estaba menstruando se embarró ella misma todo el cuerpo y la cara!”
“¡No te preocupes, hermanito, te voy a poner un abogado, un fiscal y un juez, y todo se arreglará. En dos horas estarás libre!”
“¡Gracias padrino, Ud. es un gran juez!”
“¿Y en qué hospital está esa puta?”
“¡Es mi esposa, padrino!”
“¡Oh, mejor, en casa la convences con besos y flores!”
¡NO MALTRATO!
¡NO VIOLENCIA!
¡NO FEMINICIDIO!
¡YO GRITARÉ POR TI MUJER!
Nota: Agradezco a la Ing. Rosario Isabel Diaz Ramirez, poeta responsable del evento: "GRITO DE MUJER 2020" SEDE DE LIMA,PERÚ, por la invitación.


lunes, 2 de diciembre de 2019

POR SIEMPRE JAMÁS


POR SIEMPRE JAMÁS

por Michaelangelo Barnez

Desperté lentamente sobre mi cama, con el costado derecho de mi rostro aun hundido en la suave almohada, disfrutando del dulce sueño que había tenido hasta que mi conciencia fue empujándolo al olvido, de pronto reaccioné y desperté completamente.
“¿Soñé o fue real?” me dije e instintivamente moví la mano a mi costado y encontré el tibio cuerpo de Sarah, mi amada esposa. Entonces, de espaldas a ella, volví a cerrar los ojos plenos de felicidad para deleitarme con los recuerdos eróticos de la mágica noche. Realmente estaba conmocionado con la experiencia a pesar de haberla deseado todos los días y noches por más de dos años. Entonces, abrumado por la felicidad ya no pude dormir. Me levanté de la cama con mucho sigilo para no despertar a mi amada esposa con quien había compartido más 50 años de enamorados y, allí de pie, la miré que descansaba como un ángel. Visión que me provocó en lo más profundo de mi corazón el deseo de besar sus labios y no pude resistirme, y al hacerlo ella despertó. “¡Buenos días!” Nos dijimos mutuamente casi al unísono, y sonreímos, sus ojos relampaguearon y volvimos a besarnos, felices de volver a compartir nuestras vidas.

El despertador sonó a las 5 a.m. y desde ya hace un tiempo, desde que mi esposa se marchó, era la usual hora de despertar y empezar mi rutina matinal. Aunque hoy era un día especial: La Presentación literaria de mi 5ta novela. Por lo que sabía que iba a ser un día de mucho trajín ya que todos los preparativos que había hecho últimamente tenían que coincidir finalmente y de manera satisfactoria con este día. El local de la presentación, los libros, el menaje para el brindis y su arreglo correspondiente, estaban listos. Además, al mediodía tendría una conferencia de prensa y a las 4 p.m. una entrevista radial. Aun así, junto con mi agente literario, estaba nervioso. Creo que más que la primera vez, en que sin agente me ocupé personalmente de todo el trámite y los arreglos y no tuve el tiempo de ahora, de pensar más en lo que iba decir y en el cómo impactar a mis lectores e invitados. Así, salí de casa a las 7 a.m. con dirección a mi oficina para no regresar hasta culminar la presentación.
En mi auto y en camino a la entrevista, recibí una llamada.
“¡Aló!” dije en mi celular.
“¡Aló, soy María!” Me respondió una dulce voz e inmediatamente asocié el nombre, la voz y abruptamente el recuerdo que me habían provocado.
Sí, era María, la hermosa y obsesiva mujer que había sido mi amante por años, durante mi crisis existencial al cumplir 40 años de edad, hasta que llegó el fatídico día, como era de esperar, que mi esposa se enteró y mi matrimonio estuvo a punto de acabar, de no haber sido por la madures e inteligencia de ella de no lanzarme por despecho a los brazos de quien deseaba, pero no amaba. Sí, era María, quien después de treinta años me traía el traumático recuerdo de una traición conyugal.  
“¡Bueno, ya pasó mucho tiempo!” me dije y fui cortés al contestar. “¡Hola, María, que sorpresa!”
“¡Dany, mi amor, te estuve buscando por años, recorrí todo California y en los Estados a donde iba. Estuve a punto de rendirme, pero, felizmente, hace poco me enteré que estabas en Lima!” Dijo con su peculiar dulce y posesiva vehemencia, sin preámbulos ni preguntar por mi estado marital, que presumo no le importaba. Y añadió “¡Tenemos que hablar, mi amor!” como un ruego imperativo que me conmovió.
“¿María, estás en Lima?”
“¡Sí, mi amor, llegué anoche!”
“¡Wow!” dije para mis adentros, y recordé los tiempos en que ella a pesar de estar casada y tener una pequeña hija, era capaz de arrastrarse por el suelo y lamer mis zapatos si se lo pedía, aunque nunca lo hice, porque me bastaba poseer de ella esa misma disposición de entrega en la cama. Lo que, por otro lado, cuando traté de alejarme de ella después de haber gozado, ambos, sin límites, los placeres de los amantes, María casi enloqueció acosándome por teléfono o rondando mi lugar de labores y hasta mi propia casa. Por eso su vientre fue un dulce pero prohibido pantano por cinco años, cuyo fango sexual me había atrapado.
Hasta que mi esposa se enteró. Durante esos años de infidelidad nunca fui consciente del dolor que podía provocarle. Pero al verla allí, el día D, frente a mí, encarándome mi traición, mi deslealtad hacia el amor que ella me brindaba cada segundo de su vida para hacerme sentir feliz, de haberme apoyado en todos mis proyectos y sueños, de haber compartido el cuidando de nuestros hijos y ella a mí como uno más, y trabajando como la mejor obrera-empresaria del hogar y en su profesión, hizo que toda esa vanidad machista que yo tenía, de poseer una amante joven, hermosa e incondicional para la lujuria, se desvanezca como lo que era, una simple ilusión intrascendente. Jamás vi tanto dolor reflejado en el rostro de mi amada esposa al límite de creer que enloquecería. Yo podía percibir que ella no estaba molesta, no era ira o furia lo que ella sentía, sino un dolor inconmensurable de que su mayor tesoro la haya traicionado. Entonces lloré, lloré junto con ella con un profundo arrepentimiento y le juré que haría todo lo posible e imposible para recuperar su amor. En esos momentos tan difíciles no se habló para nada de “Dios y los pecados” o “por el bienestar de los hijos”, no, solo de ella, yo y nuestros profundos sentimientos verdaderos.
Pero a María no le importó ni no se dio por rendida. Ella volvió a la carga sin importarle las advertencias de mi esposa de denunciarla y encarar su infidelidad ante su marido. Pero ante su obsesiva insistencia yo accedí a verla una vez más.
Cita a la que no fui, sino que desaparecimos de California sin dejar rastros. Sí, mi esposa y yo volvíamos a ser cómplices conyugales y dejamos todo atrás por la salud de nuestro matrimonio. Hasta que…
“¡Estoy en Lima, mi amor, dispuesta a hacer realidad este amor que he guardo con mucho cuidado en mi corazón por treinta años!”
“¡Ok, María, que bien!” empecé diciéndole muy amablemente, sabiendo que ella no aceptaría un “¡NO!” como respuesta. Y añadí “¡Mi secretaria te va a decir el lugar y la hora, para vernos esta tarde!” Entonces le pasé mi celular a mi secretaria a la vez que le pedía con señas y frases entrecortadas que cancelara la entrevista radial. Así, con esa actitud, creía yo, le enviaba un mensaje que no le daba muchas esperanzas de nuestro encuentro.
Esa tarde en el restaurante en donde esperaba a María vi entrar a una radiante mujer. "Oh, que sorpresa" me dije en silencio al verla, porque era María, quien a pesar de sus ya cercanos 60 años de edad estaba más hermosa y lozana que nunca. Y cuando me vio sus ojos brillaron de alegría y su hermosura se realzó aún más con su sonrisa. No miento al decir que me halagó mucho verla venir hacia mí. Así, totalmente dispuesta a volver a entregarme todo de ella, sin reclamarme nada, sino la compañía amorosa de amantes que un día disfrutamos. Pero que nunca lo tomé en serio porque pensaba que todo era mentira, quizás por el pecado original de nuestra relación.
Estuvimos allí por espacio de dos horas, entre cafés y pastelitos, cuando yo había planeado ilusoriamente que solo estaríamos 15 minutos; que al final de cuentas serían los únicos minutos que yo hablaría porque María se apoderó del resto del tiempo.
María me contó todos los detalles de su espera y búsqueda. Y de que me amaba más que a su vida y estaba dispuesta a quedarse conmigo para siempre, que sus hijos ya habían dejado el hogar y que ella solo seguía con su marido por lastima, por lo tanto ahora ya no tenía ataduras. Fueron más de cien minutos en donde María repitió hasta el cansancio lo mismo de lo mismo, que me amaba y de que estaba inmensamente feliz de haberme encontrado y de sentir que yo la amaba. Repitió los recuerdos de nuestros encuentros sexuales en los moteles de California con lujos de detalles explícitos que ella anhelaba volver a vivir. Y su erótica letanía logró mover algo en mí, al fin y al cabo, como si me hubiera lavado el cerebro, consiguiendo mover los recuerdos más escabrosos de nuestra aventura sexual que yo también tenía escondido aun en algún lugar de mi cerebro. Y ella lo notó. Felizmente estábamos en un lugar público, de no ser así hubiéramos acabado en la cama.
Mi horario ya no daba para más. Entonces mi secretaria entró al restaurante y me dijo muy claramente que teníamos que irnos, que los presentadores tenían que coordinar sus intervenciones conmigo. Así terminó la cita con María que, al levantarnos de la mesa, sin rendirse añadió a mi oído “¡Te veo en la presentación, mi amor!” en el momento del formal beso de despedida que me dio en la mejilla.
La presentación me llenó de satisfacción porque los presentadores se lucieron con el tema, fueron agiles, breves y amenos, para el deleite de la audiencia, y cuando me tocó el turno de hacerlo la concurrencia ya estaba preparada para mis palabras. Y no era para menos, hablamos del trasfondo de la novela, de los fenómenos paranormales, los poderes de la mente, de la teoría cuántica y los universos paralelos; todo para sostener los hechos excepcionales de los argumentos de la novela y sus protagonistas.
Aunque no puedo dejar de mencionar que hubo un factor extra literario que contribuyó en algo a realzar el ambiente de la presentación y esta fue la presencia de María, que por su belleza, gracia y glamor no podía pasar desapercibida. Más aun y ante la mirada de todos, cuando no se despegó de mí desde que llegué, con la excepción del momento del inicio de la presentación formal en que los presentadores y yo teníamos que sentarnos alrededor de una mesa en el escenario o ir al pódium.
Luego, María fue la primera fan a la que tuve que firmar el ejemplar de la novela comprada, con el detalle que cuando lo hacía ella sin reparos recostó su busto sobre mi hombro y sentí su aliento muy cerca de mi rostro. Me pareció demasiado. Así, un tanto incomodado, levanté mi rostro y miré al fondo del auditorio y comprobé que mi esposa, Sarah, me observaba. En realidad lo había estado haciendo desde que llegué y que yo solo lo comprobaba por momentos. ¿Estaba molesta, celosa? No, al contrario, parecía divertirse con la escena de ver a María revolotear como una mariposa a mí alrededor.
La presentación llegó a su término y todos con besos, abrazos y promesas de vernos otra vez, nos marchamos.
Busqué a mi esposa con los ojos antes de subir a mi coche y no la vi por ningún lado, solo a María, que no se despegaba de mí.
“¡María, se acabó la noche, me voy a casa, no puedo llevarte!.. -Era lo obvio-… ¿Cómo voy a llevarte a mi casa si allí está mi esposa?” remarqué.
“¡Pero si ella ya se fue!” Replicó.
Entonces cortésmente añadí, “¡Voy a llamar un taxi!” y marqué en mi celular el símbolo de tal servicio. Y una vez que lo conseguí no me quedé a esperarlo “¡Ya viene por ti, te llevará a tu hotel, adiós María!” y subí a mi camioneta. Si pasaba unos minutos más con María corría el riego de ceder a sus suplicas de amor y sexo, y yo por el amor que sentía por mi esposa no estaba dispuesto a ese deleite. Y me marché.
Ya eran las 10 p.m. y como el lugar de la presentación había sido en una librería de Miraflores, enrumbé hacia la llamada Bajada de Miraflores que me conduciría a la autopista de la Costa Verde, con el solo propósito de gozar de la nocturna briza del mar y así despejar mi mente. 
Llegué al vecindario donde vivía cerca de la medianoche, manejando lento y con cuidado por las semis oscuras calles, hasta que ya muy cerca de la casa hice funcionar el control del portón de entrada. De pronto, desde detrás de unos altos arbustos del jardín exterior, vi la figura de María, que caminando resueltamente entró a los límites de mi casa.
Al ver eso yo me detuve, pensé unos segundos y luego accioné el control remoto del portón y lo cerré. Así, a la distancia vi a María parada sobre el césped, quien al ver que cerraba la puerta dio media vuelta y se dirigió a la entrada principal.
Mi casa estaba rodeado de un excelente sistema de seguridad, con láser, video y alarma, pero una vez traspasado ese límite, la casa quedaba a merced que quien estuviera dentro, por lo que María no tuvo ningún problema de entrar al lobby y desaparecer de mi vista.
“¿Y ahora qué hago?” me dije abrumado por la situación. “creo que si no entro, ella se marchará!”. Entonces, como un autómata manejé lentamente por las calles del vecindario, no sé cuánto tiempo, hasta que me vi nuevamente al frente de mi casa. Pero ahora ya resuelto a encarar la situación que se había generado hacía treinta años y que nunca se resolvió entre los tres.
Entré al lobby, pasé a la sala, a la cocina, que usualmente estaban con las luces encendidas y no encontré a nadie. Miré por la ventana al patio pero solo había oscuridad. Busqué en los dormitorios y tampoco hallé a nadie. Y mi mayor preocupación se desvaneció “¡Felizmente María se largó!” pensé, ahora no tenía nada que temer, “¡A no ser que mi esposa…!” y dejando de pensar me fui a darme una ducha tibia.
Oh, sorpresa. En pleno baño que me daba, cuando el agua disolvía las espumas de jabón que cubrían mi cuerpo, entró María totalmente desnuda, se mojó todo el cuerpo y se pegó al mío. Jabón, agua y el resto del mundo que me rodeaba en desapareció de mi mente, porque María no perdió un segundo en abrumarme provocándome un exquisito placer con sus labios. Sí, ella sabía que yo no debía pensar de lo contrario se impondría la cordura… y tendría que irse. Y así jugamos como amantes por no sé cuantos minutos, repasando la lista de todo los pecados que habíamos compartido una vez, y de allí pasamos a la cama, pero ya con el libido a punto de estallar.
María, embriagada con el erotismo de sus hormonas, se arrodilló en el borde de la cama, separó sus rodillas, reposó el costado de su rostro en la misma y desplegó sus brazos como si fuera a volar y en medio de jadeos, que amenazaban con ahogarla, a las justas pudo hablar, y me pidió mientras cimbriaba sus caderas: “¡Envíame al cielo, mi amor!”
Yo estaba parado frente a ella, contemplando todo lo que María me ofrecía, embelesado con la visión y la dosis erótica que recorría por mis venas, listo para darle el ansiado empujón. Cuando de pronto, por el rabillo de mis ojos pude ver moverse las cortinas y volteé de inmediato.  Y vi a mi esposa, Sarah, cubierta con una larga bata blanca semitransparente de dormir, parada allí, haciéndome una señal con el dedo índice en los labios para que guardara silencio, mientras se acercaba sigilosamente.
Me miró a los ojos y sonriendo se puso en medio, entre María, que no se había percatado de nada, y yo. Y me besó dulcemente como no lo hacía hace ya varios años, luego se volteó y se arrodilló en el mismo lugar que estaba María, fundiéndose con ella en una sola persona. Y yo sentí en mi alma lo que debía hacer. Fui cuidadoso con mi ímpetu y lo esperado llegó como una explosión sideral.
Al día siguiente desperté lentamente sobre mi cama, con el costado derecho de mi rostro aun hundido en la suave almohada, disfrutando del dulce sueño que había tenido hasta que mi conciencia fue empujándolo al olvido, de pronto reaccioné y desperté completamente.
“¿Soñé o fue real?” me dije e instintivamente moví la mano a mi costado y encontré el tibio cuerpo de Sarah, mi amada esposa. Entonces, de espaldas a ella, volví a cerrar los ojos plenos de felicidad para deleitarme con los recuerdos eróticos de la mágica noche. Realmente estaba conmocionado con la experiencia a pesar de haberla deseado todos los días y noches por más de dos años. Entonces, abrumado por la felicidad ya no pude dormir. Me levanté de la cama con mucho sigilo para no despertar a mi amada esposa con quien había compartido más 50 años de enamorados y, allí de pie, la miré que descansaba como un ángel. Visión que me provocó en lo más profundo de mi corazón el deseo de besar sus labios y no pude resistirme, y al hacerlo ella despertó. “¡Buenos días!” Nos dijimos mutuamente casi al unísono, y sonreímos, sus ojos relampaguearon y volvimos a besarnos, felices de volver a compartir nuestras vidas.
“Buenos días, felicitaciones por su nueva pareja…!” me saludaban alegremente mis amigos y conocidos al vernos pasear.
“Pobre incrédulos!” le susurraba a los oídos de María, “Ellos nunca entenderían que realmente eres Sarah!” 

viernes, 1 de noviembre de 2019

JELOU, DAMAS AN MADRE FOCAS

Resultado de imagen para premio oscar el secreto de sus ojos"

Autor... MICHAELANGELO BARNEZ
Cuando me enteré que había sido nominado para el Osca-2010 di un brinco de alegría que casi golpeo el cielo raso de mi Studio. Mi excitación y la bulla que hice fue tanta que mi secretaria entró y se unió a la celebración, así, totalmente alterados y brincando, llegamos a tener un buen orgasmo… y recién me calmé.

“Bueno, es solo una nominación” me dije evaluando lo logrado para luego soñar en la posibilidad de lograrlo el día de la entrega. Hasta aquí, pensando fríamente, dejaba de ser un escritor del montón, excelentes todos ellos, pero desconocidos e ignorados; aunque si ganaba, uuuh… entonces equivaldría a alcanzar mi imposible Nobel en literatura.

He escrito cuentos y novelas y no he ganado ningún premio en mi vida. ¿Por qué? No. No soy malo ni mediocre escribiendo, sino que nunca participo en las convocatorias para los concursos literarios. ¿Por qué? Porque no me da la real gana, ja, ja, ja.

Entonces, ¿Cómo fue que conseguí la nominación? Muy simple. Un director de pacotilla como yo, en términos de fama y fortuna, leyó mi novela y le gustó tanto que quiso llevarla al cine. Y por la suerte de la “casualidad” yo ya había escrito el guión de la misma. Así como él ya tenía el dinero para financiarla procedente de una fundación española. Sería una producción de bajo presupuesto. El resto es historia conocida. El director, los actores y yo no cobramos un dólar de todo esto; los únicos que recibieron algo fueron los trabajadores técnicos ya que ellos no “viven” por amor al arte; y la otra mitad del dinero sirvió para pagar por los equipos, utilería y las diversas instalaciones en donde fue rodado. ¿Faltó dinero? Claro que faltó. ¿Quién lo puso? El padre, el hijo y el espíritu santo, arriba mencionados.

La nominación era para la Mejor Película Extranjera 2010, y todos los que participamos en ella, desde el director hasta el perro guardián, nos dimos por aludidos. ¿No me creen? Entonces, ¿explíquenme cómo fue posible que el guardián, hijo de perra, nos recibiera moviendo la cola, en vez de ladrarnos, cuando fuimos a celebrar la noticia en uno de los sets de filmación?

Lamentablemente no podíamos ir todos, así ladrásemos como nuestra mascota; solo había cuatro invitaciones para asistir a la Ceremonia de Entrega en Hollywood, California.

Felizmente yo vivo muy cerca, en Long Beach, lo que permitió hacer unos ahorros en pasajes y alojamiento y así el director llevar a su adorada esposa, quien lamentablemente no pudo entrar a la sala de entrega por no estar en la lista de invitados.

Debo confesar muy avergonzado que después de estar viviendo treinta años en gringolandia no he aprendido ni jota del idioma inglés. Por bruto, no. Lo que pasa es soy tan anti-imperialista que me he trabado en el coco el proceso de su aprendizaje. Así que, por si las moscas, le pedí a mi hijo menor que me preparara unas palabras para el momento.

Él me aconsejó que lo más importante era estar “culo”, no sé si lo escribí bien pero significaba que debo estar frio, tranquilo, suave. Y que cuando hable, debería sonreír y hacerlo en voz muy alta como cuando el promotor de espectáculos de box anuncia la pelea estelar de la noche en los canales por cable “eichbio” o “shoutaim”.

Cuando entramos caminando por la alfombra roja, el director de la película, don Juan José Campanella, sería el encargado de hablar con los periodistas en español, y si era en ingles me encargaba yo… ja, ja, ja. Así que según lo que aprendí de mi párvulo repartí verbalmente decenas de “quissass, quissass…” creyendo decir “tal vez, tal vez…” y los periodistas no me molestaron más.

Así, al borde de mi asiento, esperé hasta casi el final de la ceremonia para oír las palabritas mágicas: “an de güiner is…”

“El Secreto de sus Ojos!!!!” escuché decir y el mundo se nubló para los míos por solo un segundo, porque no había tiempo para más. Así, pude ver varias tetas asustadas celebrando con nosotros cuando caminábamos a recibir la tan famosa estatuilla, mientras que mentalmente me repetía a mí mismo “debo estar culo, debo estar culo…”, e iba buscando en el bolsillo el papelito con el discurso que me había dado mi hijo.

No puedo contar todo lo que pasó porque simplemente no era consciente de los detalles que ocurrían alrededor. Veía luces, rostros, sonrisas, oía aplausos y el tan usado “congratulaishion” y ya la estatuilla dorada estaba en mis manos. Me vi en el pódium con gente al frente de mí, esperándome a que diga algo. Entonces, me acordé de mi hijo, y de su última corrección a mi inglés mal hablado, “papá no se dice madre sino mada!”; entonces levanté los brazos y grite con toda mi alma:

“jelouuu damasesss an madafocasss!!!”

Y la magia de las palabras dio resultado. Como un abracadabra, todos los allí presentes, desde la diminuta y hermosísima Magali Solier hasta el gran Jeff Bridges se pararon a ovacionarnos. Sí, nos habían reconocido como a uno de los suyos.

¿Y mi hijo? Él se revolcaba de la risa con sus amigos en la “livinrrum” de mi casa viendo la ceremonia por la TV.

Cuando llegué muy de madrugada a casa, encontré a mi hijo y su pandilla de escolares de la secundaria durmiendo en la alfombra. Entré despacio y con cuidado para no pisar a nadie. Entonces vi una nota sobre el “cofitaibol” que me llamó la atención. La tomé, fui a la “refri”, saqué una cerveza y salí al patio de atrás para entrar a la “yacusi”. Allí leí la nota. Era una lista de palabras en inglés, su pronunciación y el significado, que yo no vi al irme a la ceremonia. Al leerla casi me ahogo de la risa en la maldita “yacusi”. La nota decía:

“Papá cuida tu pronunciación, no se dice “culo” sino “cuul”, se escribe “cool” y quiere decir “tranquilo, fino, frio”. Por favor, no vayas a decir lo que te enseñé porque todo es una broma con palabras muy feas, ¿no me crees? Te explico: si dices “quissass” se escribe “kiss ass” y significa “besa el c…” es muy feo para escribirlo, dad. Si dices “damassess”, se escribe “damn ass” y significa “burro estúpido” ¿esta, no es tan malo no? Pero por nada en el mundo digas: “madafakers” porque es tan malo que ni sé cómo se escribe, pero su significado es como para salir corriendo antes que te maten porque estás insultando a sus madres… aunque los jóvenes, roqueros y raperos lo usan todo el tiempo para saludarse entre ellos, yo no, papi. Papá, mejor habla en español, lo haces muy bien y toda la raza te lo agradecerá.”

Dejé la nota a un lado con una sonrisa en el alma. Y medité: “Felizmente salió “okei” y les caí bien a todos… Ahora, tengo un Oscar… pero este cabrón de mi hijo va a ser mejor que yo”


PS: La película “EL SECRETO DE SUS OJOS” del director y guionista: Juan José Campanella; con los actores principales: Ricardo Darin, Soledad Villamil y Guillermo Francella, además de todo un extraordinario elenco de actores secundarios, personal técnico y de utilería, lograron hacer realidad una gran película. El Oscar 2010 ganado cayó en muy buenas manos.

Felicitaciones hermanos argentinos, su premio nos enorgullece a todos. “El secreto de sus ojos” está basada en la primera novela del escritor argentino Eduardo Sacheri “La pregunta de sus ojos”. Mis mejores reconocimientos al autor.

martes, 22 de octubre de 2019

LA FRONTERA


Estaba al frente de un gran alambrado, abarrotado de gente que buscaba la forma de ver y encontrar a sus familiares, amigos o conocidos del otro lado de esta, sin poder hacer nada por trasponer dicha inmensa barrera. Y yo no era la excepción de esa preocupación en ese mar de gente de identidad étnica multicultural. Sí, allí estaban gentes de todas las edades y géneros, procedentes de todas las culturas que yo conocía en ellos, o adivinaba reconocer, por sus vestimentas, apariencias raciales e idiomas, todos con un solo denominador común dibujado en sus rostros: La desesperación por transponer la barrera o comunicarse con los suyos.
Era tanto el tumulto y el frenesí de la gente que me era imposible acercarme al alambrado, así que decidí alejarme un poco para así buscar algún claro, por donde poder escurrirme y acercarme hasta aquella muralla de alambre.
Cuando me alejé un poco más de veinte metros de distancia del gentío pude ver mejor el panorama… y lo que vi, me asombró. En realidad, las características ya descritas no cambiaban, solo que fui más consciente de su magnitud. A mi izquierda y derecha, el mar de gente agolpada contra la cerca no tenía fin. Y cuando levanté mi rostro para ver la altura de la valla, esperé encontrar alambres enrollados con púas en su tope, pero no fue así. En realidad, no pude ver la parte más alta porque esta se perdía en un cielo nublado, que supuse que era una mezcla de la neblina del campo y el denso humor de la gente en este cálido día.
Entonces me alejé un poco más y más… y caí sentado sobre el césped de ese inmenso campo. No sé, creo que mi mirada abarcaba la distancia de varios kilómetros en ambos lados a pesar de sus ondulaciones, y lo que vi me golpeó el corazón: en realidad… era lo mismo que ya había visto, pero en otra magnitud. Había allí… ¿millones de personas? Sí, porque la fila de gente se perdía a la distancia de aquella sinuosa pradera.
También vi que había mucha gente que se alejaba; cabizbajos muchos, aunque otros demostraban tranquilidad o alegría al alejarse. Pero la multitud no disminuía ya que otro tanto continuaba llegando.
“¿Señor, pudo acercarse al alambrado?” Pregunté inocentemente a quien se retiraba y pasaba por mi lado.
“Sí… Vi a mi familia y pude decirle adiós. Ahora estoy tranquilo, ya puedo irme, no hay forma de cruzar esta frontera.”
“¿Pero, no lo va intentar?” le pregunté con el ánimo de incluirme en la aventura.
“Ya lo hice, señor. Estoy aquí más de un año. Se ve que Ud. Recién llega”.
“Sí, y ni siquiera me he podido acercar al alambrado. ¿Es posible ver a los familiares?”
“Si te apuras, sí, porque ellos también se alejan… a vivir sus vidas.”
Entonces el hombre se marchó.
“Tengo que lograr acercarme”, me dije a mi mismo tomando una resolución, al momento que me ponía de pie, y me dirigí resueltamente al gentío que se apretujaba contra la malla metálica.
No sé como lo logré, después de abrirme paso entre el asfixiante tumulto de desesperados, pero lo logré.
“¿Wow, que es esto?” me pregunté extrañado cuando estuve pegado al alambrado. Realmente no sé cómo explicarlo, pero la malla era aparentemente metálica, solida. Sin embargo no lo podía tocar ya que se desvanecía ante mi intento, aunque si lograba retenerme al intentar querer cruzarlo. Lo máximo que pude hacer allí fue estirar los brazos, e inclusive las piernas, a través del alambrado ya que no me lo impedía, pero dar un paso adelante me fue imposible… Aun así, hice innumerable intentos hasta que me di cuenta que era en vano continuar con el esfuerzo.
“¿Estarán usando barreras de campos electromagnéticos? Mmm… No sabía que la tecnología ya la había hecho realidad”. Me dije dándome una explicación.
Miré a mis costados y en ambos casos vi como la gente alargaba sus manos por tocar a los suyos, entre sollozos, para luego irse. Aunque otros se quedaban y continuaban con la tortura de verlos sin poder hacer más.
Luego miré hacia adelante, en busca de los míos… y no vi a nadie que pudiera reconocer en medio de un gentío que se acercaba y alejaba para luego desaparecer en la bruma ya que la visión era muy borrosa por la neblina circundante.
Allí me quedé un día, el otro y el siguiente, y así perdí la cuenta del tiempo. Hasta que, un día, una ráfaga de viento aclaró la visión y pude ver a un niño muy pequeño, de poco más de un año, caminando cerca de la malla metálica:
“Mi nieto!” exclamé, y él me miró.
En su rostro pude ver sus ojos de alegría porque me reconoció, pero solo atinó a balbucear algunas palabras ininteligibles.
Fue cuando su padre, es decir mi hijo, se acercó, lo cargó y se lo llevó, mientras le decía: “Es hora de almorzar, hijo”.
Increíblemente fue suficiente lo que vi y oí para sentirme reconfortado de mi desgracia de no poder estar allí, con ellos, y recién me di cuenta del límite del limbo en que me encontraba. Y con la esperanza de esperarlos allí el día cuando alguno de ellos cruce la frontera, me alejé a hacer mi propia vida.