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sábado, 18 de mayo de 2019

UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD


Mi alegría fue creciendo al límite del paroxismo cuando vi aparecer, en la pantalla de mi televisor, uno a uno los números ganadores del Super Lotto de la lotería de California del ticket que tenía en la mano. La sala de mi casa se volvió un loquerío por los gritos y abrazos de mi familia. Sí, allí estábamos mi esposa, mis tres hijas y yo… ah, y mi perro también, el que no dejaba de correr y saltar por los sofás. No exagero si digo que faltó poco para que, por la emoción y el forcejeo de los abrazos que nos dimos, rompiéramos el bendito ticket ganador. Realmente estábamos fuera de sí, o al menos yo, porque por un poco pierdo el conocimiento ya que no podía respirar bien. Felizmente me recuperé y no alarmé a nadie, aunque cuando nos retiramos a descansar no pude dormir hasta muy entrada la madrugada.
Al día siguiente, tan pronto desperté, mi esposa me esperaba con el suculento Brunch dominical (comida muy tarde para ser un Desayuno y muy temprano para ser un Almuerzo). Antes de sentarme en la mesa para dar curso a lo que mi esposa pondría delante de mí, quise librarme de la preocupación que me perseguía desde que puse un pie fuera de la cama, y este era el confirmar los números ganadores de la lotería, así que abrí la puerta principal de la casa, recogí el diario y de vuelta a la mesa del comedor busqué la noticia y la encontré. Aun así no estuve conforme y busqué nuevamente, ahora en internet. Sí, no había dudas, habíamos ganado el premio mayor de la lotería de California… Entonces dije por primera vez:
“TENEMOS UNOS JODIDOS CIENTO VEINTE MILLONES DE DÓLARES EN EL BOLSILLO, MALDITA SEA!!!”
Y por primera vez mi esposa no se enojó por haber maldecido en casa y, peor aún, en la mesa. Solo atinó a decirme con tranquilidad:
“No nos van a dar esa suma, cariño. ¡No olvides que el tío Sam es el primero en cobrar!”
“Oh sí. Creo que los gobiernos Federal y del Estado se llevarán un poco más de treinta millones juntos… aún así, noventa millones es mucho dinero!”, dije.
“Tampoco nos lo darán todo de una sola vez, cariño, sino en veinte años, creo…” replicó mi esposa, mientras me acercaba las calentitas tortillas de maíz  para empezar a comer el mexicoamericano Brunch que había preparado.
“Sí, sí, tienes razón… Serán unos cuarenta los que depositarán a nuestra cuenta. De todos modos, mañana ni nunca más vuelvo a trabajar.” Dije tomando una bocanada de aire porque volví a sentir la sofocante emoción de haber ganado el premio.
Lo que nos sucedió ese año fue abrumador. Compramos casas… en la playa de Malibú y en la montaña del Big Bear, en California, a orillas del lago. Compramos TV digitales con pantallas gigantes con su respectivo sistema de audio estéreo, y otras de tamaño normales para cada cuarto. Compramos refrigeradoras, congeladoras, lavadoras, secadoras, aire acondicionado y ya no sé que más, porque nos llenamos de cosas que no necesitábamos pero salían en los anuncios por la TV, que fueron almacenados sin uso en el garaje; aunque los viejos artefactos que teníamos antes se quedaron arrumados en la casa vieja. Compramos autos, vans, camionetas 4x4, un yate y un inmenso camper… Sí, el verbo “Comprar” era el que más se conjugaba por todos en casa, sin la preocupación del mañana o de una posible escasez. No. ¿Por qué preocuparse, si teníamos cuarenta millones inacabables? Y si se agotaban tendríamos dos más a fin de año, al siguiente y al otro… y así, por veinte años más.
La familia entera hicimos una lista de familiares y amigos cercanos, que llegó a la cantidad de mil integrantes, con mucho esfuerzo, a los que les enviamos mil dólares a cada uno, sí, un millón de dólares en total. Y otro tanto a las instituciones de niños con cáncer y a los abandonados… Luego nos largamos sin fecha de regreso a recorrer América en nuestro Camper, como un escape de un lugar que ya nos asfixiaba por la cantidad de gente que, sin conocernos, hacía una fila y tocaba nuestra puerta, pidiendo dinero o queriendo vendernos algo.
Así, partimos con dirección al Gran Cañón del Colorado y otros tantos lugares de los cientos que ya habíamos seleccionado en nuestra Guía-Mapa.
Pero, al único lugar que no habíamos planeado ir, en nuestra euforia… era a un profundo barranco, al que caímos por haberme quedado dormido mientras manejaba en la penumbra de la noche.
Aunque malherido fui el único que sobrevivió a la fatal caída, para mi mala suerte, porque tuve que ver y constatar que mi esposa y mis hijas estaban muertas… y el dolor que embargó mi alma fue mayor que el de mis heridas. En esos momentos sentí que iba a enloquecer, porque no me resignaba a tal perdida, y maldije mi suerte. Entonces, así tal como un día pedí que mi vida cambiara, pedí ahora:
“Por favor, dame una segunda oportunidad, por favor”.
Entonces desperté abruptamente. Allí, tendido en mi cama, a lado de mi esposa, quien dormía profundamente porque aún no amanecía. Me levanté presuroso y miré por la ventana. Allí estaba mi auto y la camioneta pick-up de trabajo, parqueados frente al porche de la casa. Sí, mi linda casa viejita. Entonces salí de mi dormitorio y caminé por el hall para ir al de los de mis hijas. Ellas estaban allí, dormidas plácidamente. Luego fui al comedor y, por la puerta pequeña de la puerta grande que daba al jardín, apareció mi perro, más feliz que nunca, moviendo la cola y gimiendo por vernos de regreso. 

miércoles, 1 de mayo de 2019

QUIEREN QUE MATE A MI MEJOR AMIGO


Quieren que mate a mi mejor amigo, Boston… pero me rehusó a hacerlo. Él me ha acompañado por estos últimos doce años y existe un gran amor entre nosotros dos. Pero ahora, que lo veo muy deteriorado, no sé…
Yo soy un hombre maduro y a él lo conocí cuando era muy joven, casi un bebe. Yo caminaba por la calle, en la noche, por los alrededores de mi casa luego de haber cenado. Era mi habitual caminata para ayudar a mi digestión, y lo hacía dando una gran vuelta por los blocks del vecindario en el que vivo, a través de las calles que usualmente están desiertas.
Era una noche fría cuando lo vi venir desde lejos, caminando en la misma acera que yo lo hacía pero en sentido contrario, así que, si ninguno de nosotros cambiábamos de rumbo, nos cruzaríamos de todos modos en algún punto. Cuando él estaba no muy lejos, sentí miedo, pensé que quizás pueda atacarme, pero inmediatamente deseché ese temor porque él lucía muy erguido, joven, caminando con confianza. Nos cruzamos sin mirarnos ni comunicarnos de manera alguna, pero luego de dos paso volteé mi rostro y mis ojos se encontraron con los de él. Él también había volteado y me miraba intensamente con sus ojos negros. Yo no supe que hacer, pero me quedé parado, allí, mirándolo. De pronto me dio ganas de acercarme y acariciarlo, pero me contuve. Entonces volteé y volví mi mirada al frente y caminé con dirección a casa, con paso calmado, y en el camino me di cuenta que él me seguía. No tuve miedo, sabía que no me atacaría, sino que otro era su propósito. Y así fue como nos conocimos hace doce años. Desde esa noche jamás nos separamos y hemos vivido tratando de alegrarnos la vida mutuamente. Yo lo cuido con mucho amor y él me comunica su alegría de estar junto a mí con la energía que irradia sus ojos negros.  
Hace poco, cuando ambos estábamos recostados en el sofá, acaricié su cabeza y él me miró a los ojos… y creo que descubrió mi pensamiento… y lloró… y se acurrucó bajo mis brazos. Yo no pude resistir y lo abracé con toda mi alma y también lloré. No me resignaba a perderlo y no aceptaba que en solo 12 años hubiera envejecido tanto. Él ahora veía con dificultad y se tropezaba con los mueble de la casa al caminar, pero yo estaba dispuesto a ayudarlo en todo, no solo con la comida sino además en el ya no desagradable momento cuando quería defecar u orinar.
Una noche, mientras dormíamos, comenzó a quejarse y me despertó, él temblaba. Algo le dolía intensamente, dolor que yo no sabía cómo calmar, así que fuimos al doctor, a emergencias.
La doctora me miró a los ojos, en silencio, luego de auscultarlo. Y yo entendí el mudo diagnostico. “¿Qué podemos hacer, doctora?” le pregunté al borde de la desesperación.
“Lo único que le recomiendo es ponerlo a dormir… no sufrirá en absoluto”
“Eutanasia!!!” Palabra que, con solo imaginarla, resonó en mi mente como un interminable eco. Quizás lo permitiría con alguno de mis queridos y más cercanos familiares. No sé. Pero ahora, frente a la alternativa concreta de decidir que hacer con mi mejor amigo, no pude consentirlo.
“Doctora, deme unas horas para pensarlo, regreso mañana temprano...”. Dije, al momento que involuntariamente miré a mi amigo, totalmente tendido, indefenso, aunque mirándome con tristeza, como sabiendo lo que le esperaba.
“¿Podría darle un calmante?”
“Sí. Ya lo hicimos, le hemos inyectado un fuerte calmante, por eso está tranquilo, pero el efecto irá disminuyendo con el uso”
Así, dejé a mi entrañable amigo internado en la sala de emergencias de la clínica, sin las esperanzas de una recuperación, ni siquiera milagrosa, sino con una condena de muerte, que si yo no decidía prontamente, esta llegaría inexorablemente luego de una prolongada y terrible agonía.
Ya en casa, no sé si dormí y soñé todos y cada uno de los eventos más importantes de mi vida con mi mejor amigo, o solo fueron recuerdos los que desfilaron por mi mente en una interminable noche de insomnio…
Al día siguiente no quise ir a la clínica, es decir, no me atrevía a ir. No podía ordenar la muerte de mi mejor amigo en su presencia o cerca de él.
“¿Aló, Doctora?” Llamé a la clínica con una resolución ya tomada, y les dije claramente que por ningún motivo terminen con mi amigo, y que dentro de unos minutos estaría allí. Dejé el fono y partí.
“Tenga mucho cuidado cuando le inyecte esta droga para el dolor… -me previno la doctora cuando recogí a mi fiel amigo, luego de indicarme cómo hacerlo, y añadió-… Una sobredosis es mortal”.
Esa semana le apliqué la droga repetidas veces para calmarle el insoportable dolor que sentía. Ya no comía ni caminaba, aunque cada vez que me miraba movía la cola como diciéndome “Aquí estoy aún, amigo”.
Hasta que una noche despertó y aulló como nunca… ya la dosis de droga para el dolor no surtía efecto.
Cogí su cabeza y busqué sus ojos. Al encontrarnos calmó su llanto por un instante. Así estuvimos por unos minutos comunicándonos sin palabras como solíamos hacer, hasta que empezó a llorar muy quedamente, como mordiendo el dolor que sentía. Yo entendí perfectamente el mensaje y preparé, deliberadamente, una sobre dosis de la droga. Él me miraba con sus inmensos ojos negros, tranquilo ahora, como para que yo lo esté también… Y le apliqué la letal inyección. Mi amigo se calmó y luego se reanimó. Y como sabiendo que se iría, se puso de pie, dio unos pasos, giró y frente a mí, mirándome, meneó la cola, se acercó, me volvió a mira con sus inmensos ojos negros y murió a mis pies. 
Yo me arrodillé, lo abracé, le pedí perdón en llantos y le juré que lo buscaría cuando yo también partiera de este mundo.
Hoy los restos de Boston yacen enterrados en mi jardín, aunque yo lo siento a mi lado en todo instante. Inclusive ahora, cuando escribía esta nota, gruñendo y jalándome las pantuflas, contento de que les contara de él.

sábado, 20 de abril de 2019

POBRE HOMBRE


By Michaelangelo Barnez
George era un tipo… Mmm, digamos… que muy particular. ¿Por qué? ¿Acaso era extremadamente simpático o feo? No, no, al contrario, él tenía otro tipo de detalle que lo definía así, eso, muy particular, por decirlo de una manera, para la mayoría de gente. Pero, ¿cuál era esa particularidad?
Él era el típico tipo adinerado que creía que no existía nadie en el mundo a quien su dignidad no podía comprar o pisotear. Decía además, en medio de sus amigotes, mientras bebía cerveza chorreando por las comisuras de sus labios, que el honor y la honestidad de cualquiera tenía un precio, sea este un hombre o una mujer. Comía con las manos y se relamía los dedos, no por el placer de comer, sino para demostrar con una descarada arrogancia que podía hacer lo que le venía en gana en cualquier lugar. Sí, como una muestra del poder que tenía. Despreciaba a los mendigos de las calles y presos en las cárceles, a quienes, según él, deberían ser eliminados de la sociedad. Y a los pobres los soportaba a regañadientes, como un mal necesario, ya que en sus dogmas de fe, patrió-religiosa, sostenían que fueron creados por dios para que lo sirvan a él y a sus amigotes empresarios. Ah, y por supuesto, era un fervoroso devoto religioso, quien únicamente en la misa dominical, a la que asistía con toda la familia, mostraba santa pasividad y generosidad en su limosna… Esa era su particularidad.
Por supuesto que nadie nace así, sino que se hace bajo la vigilante e impositiva tutela del padre, aplaudida por el entorno amical y, lamentablemente, secundada por una sumisa madre; quien aplastada por la bestia que la violó, preñó y llevó al altar; sin alternativas, aceptó el ultraje, para beneplácito de la intachable alcurnia social del padre; este era el mejor ejemplo para el “niño” George del papel que debía tener toda mujer en el matrimonio y la sociedad.
Su padre estaba orgullosísimo de tener un hijo como George, porque creía que él no solo conduciría sus empresas, sino que además los destinos de la nación. Para eso lo educó en los más sublimes, pero fanáticos y trastornados dogmas de Patria, Iglesia, Familia y Libertad, y en la absoluta convicción de que la fuerza de la severa ley era igual para todos, pero como toda regla tiene su exclusión, menos para él y sus amigos.
Su madre estaba preocupada por el futuro de George, pero poco podía hacer. En cambio su padre sí, “El ejército le hará bien”, creía con toda convicción; y antes de llegar a la universidad fue obligado a estudiar en una escuela militar ¿Para formar su carácter? No. Si no para terminar de moldear su conducta Cívico Militar, además de sus grotescos modales. Y a pesar de que no lo lograron, lo premiaron con todos los honores como el más destacado que alguna vez tuvieron en dicha escuela.
Una vez en la universidad, George amplió su círculo de amistades limitada a solo los “niños” de su clase social. Un sector de ellos lo convirtió en el líder indiscutible para la defensa de los principios ortodoxos de la moral y la familia. Aunque otros, ricos también, se alejaron de él porque lo veían como un matón fascista no acorde con los tiempos de renovación liberal. No obstante, estos no tenían reparos para aliarse con él y su grupo de matones cuando había que enfrentar a la gran mayoría de estudiantes progresistas, humildes o provenientes de familias ricas, que según el “niño George” eran simplemente: Agentes o mercenarios Comunistas infiltrados en la universidad, a quienes insultaba como rojetes, caviares o terrucos. ¿Participaba en debates políticos de estudiantes? A veces. Los que siempre terminaban cuando su banda de matones, “Orden, Disciplina y Estudios”, irrumpía a golpes para rescatarlo del apaleamiento de ideas que siempre sufría. Nunca pudo tener la satisfacción de “ganar” en las polémicas universitarias, pero sí de apalear a sus opositores. De la misma manera, nunca entendió porqué sus mentores: Franco, Pinochet, Fujimori y el Opus Dei, eran tan repudiados por la mayoría; entonces, se satisfacía culpando a la incomprensión de los otros, de su propia limitación mental. Sí, George era el típico Fascista adinerado.
Estudió leyes y descubrió que no había que cambiar la Constitución ni las normas vigentes de su país para construir el tan deseado Estado disciplinado que su padre le enseñó. Bastaba con hacerla cumplir, a sangre y fuego, para que la tan mentada paz social con desarrollo llegara.
¿Y… George era feo? No, él era alto, fornido y de sonrisa fácil, el prototipo del apuesto varón. Muchas mujeres que por más rigurosa que fuera su ideal de hombre, lamentablemente, se sentiría atraída por él… a la condición de que no hablara, ni lo conociera en la intimidad… Si no… era un desastre.
Hasta que llegó una candidata que no tuvo reparos en acostarse con él sin cobrarle, aparentemente, y la boda-pacto-familiar de la más rancia alcurnia de la sociedad se realizó; boda bendita por su mejor amigo y consejero: el Arzobispo de la ciudad.
Ya suelto en la sociedad, como toro en ruedo, envistió a todos. “¿Derechos de la mujer?”, se preguntaba con voz de payaso en reuniones intimas. “Mi Pinga!!!” respondía con soberbia para el deleite de sus amigotes.
“¿Y los Derechos Humanos?” le preguntó una vez la prensa, cuando intervino por primera vez en política.
“Son puras cojudeces!!!” respondió aullando y haciendo gestos del hombre lobo.
“¿Y qué opina del aborto?” le preguntó una reportera.
“Es un crimen. Madre que mata un hijo, debe morir!!!” le respondió mirándola amenazadoramente.
“¿Así fuese producto de una violación?” le repreguntó sin intimidarse.
“Para eso está el matrimonio… hija!!!” dijo mordiendo la última palabra.
A lo que un reportero le preguntó: “Y qué opina de la Pena de Muerte”.
Y George, muy serio, respondió como diciendo un axioma “Es la solución para librarnos de tantos indeseables en esta nación, además es muy económico… Muerto el perro muerta la rabia ¿No?”
Al día siguiente, después de que su partido: “Dios, Patria y Libertad” le prohibiera dar conferencias de prensa, George se preguntó mentalmente: “¿Liberta de prensa?”. Y se respondió despectivamente: “Mi culo!!!”
Su esposa le dio dos hijos. Según él, el varoncito, Georguito júnior, fue una bendición, y la mujercita, María, una desgracia. Hasta allí aguantó su mujer el desprecio, los engaños y las palizas. El divorcio fue un escándalo judicial, en donde su ahora ex-esposa solo pudo lograr obtener una magra compensación por los gasto de los alimentos de su pequeña hija, María, con quien se fue de casa. Sin embargo, la pequeña María tuvo que regresar cada mes por el óbolo hasta que un día…
“Papá, Hoy cumplo 21 años”, le dijo su hija María, alegre y respetuosa como siempre, cuando fue a recoger su último cheque de la pensión por alimentos.
“Hija, quiero que le entregues este cheque a tu madre y le digas… -Y parándose le grito en la cara-… Que este es el último maldito puto cheque que va recibir de mí en lo que resta de su perra vida!... –y luego, calmado como si no hubiese sucedido nada, se acicaló los bigotes y añadió- …Ah, pero quiero que regreses mañana y me cuentes la cara que pone… Te daré una propina”.
María, aunque ofendida por las palabras de su padre no dijo nada y fue a entregar el cheque a su madre, con el consuelo de que solo lo vería una vez más.
George se regocijaba imaginando el efecto de sus palabras en su mujer y esperó ansioso la respuesta.
Al día siguiente, cuando María regresó donde George entró sonriente, feliz.
“¿Y qué te dijo tu madre?” le preguntó George directamente, sin saludar, casi como un insulto.
Y María con inmensa alegría le contestó:
“¡Me dijo que justamente estaba esperando este día para decirte que realmente no eres mi papá… bye, bye!”.
Y María se fue cantando.
A George le dolió en el alma la burla de madre e hija; entonces recordó que hacía aproximadamente 22 años sucedió algo…
George siempre molestaba a su mujer con bromas machistas sin ningún reparo de quien las pueda oír. Un día fue al aeropuerto a despedir a su esposa que viajaba a París de compras, para compensarla de la paliza que le había dado hacía una semana. Una vez pasado el chequeo del pasaporte y boleto de vuelo de María, frente a todo el mundo y desde lejos, George le deseó buen viaje y en tono burlón le gritó: “Amor, no te olvides de traerme una hermosa francesita Ja, ja, ja”. Ella bajó la cabeza por la humillación pública y se embarcó muy molesta. Su mujer pasó quince días en Francia, y al regreso, George otra vez fue al aeropuerto, ahora a recibirla. Al verla llegar, lo primero que le gritó a toda voz fue: “Y amor ¿me trajiste mi francesita?”
“Hice todo lo posible, mi amor… -le contestó ella mostrando alegría y agitando la mano, luego entre dientes murmuró-… ahora sólo tenemos que rezar para que nazca niña”… Y así nació María.
George, como abogado, tuvo que ver el último problema de violación-asesinato en que su padre se vio comprometido. Así, tuvo que oír la declaración de una pobre mujer campesina, que trabajaba en su hacienda, explicando lo que sucedió:
“¿Julia, por qué mataste al Papá George?”, le preguntó el juez.
 “Is qui como qui lo maté y no lo maté, tábanos jugando, pues” dijo Julia en llantos.
“A ver Julia, tienes que explícame eso”, le exigió el juez e hizo una señal al secretario para que tome nota de la declaración.
“Is qui istaba lavando los calzonis di mi maredo y is qui llega il viejo yurch, agarra la cubeta dil agua y mi la avienta y mi dece: 'Cómo qui ti llovizna, chola cojuda'. Intoncis qui yo mi enojo y agarro ditirjente y se lo aviento en la cara y li dego: ‘como qui ti neva, grengo!'. Intoncis, il agarra un puñu di piedras y mi dice: 'como qui ti graniza, sirrana de mierda!'. Y intoncis yo qui mi inojo más, agarru piedras y li dego: 'como qui ti graniza tambén!'. Pero dispues il mi agarrú mi calzún y mi la bajú y qui me dece: 'como qui ti la meto!'. Y me atacú, intoncis yo ben molista agarru cochello i li dego: ¡¡¡ZASSSSSS!!!... COMO QUI TI LA METO TAMBEN MALDETO CABRÚN!!!!”
Y todo lo que pudo logar George hijo, como abogado, fue quitarle la misera chosa donde vivia, que la condenen a cadena perpetua a la pobre campesina, enterrar a su padre y apoderarse de toda la herencia sin considerar a su hermana, porque como toda mujer perdería su apellido.
George después del divorcio volvió a casarse, es un decir, esta vez con una mujer muy joven y bella, casi adolescente, y muy pobre, y además trajo a vivir con ellos a la madre y hermana de su esposa. Luego de unos años de máxima felicidad para George, un día, después del almuerzo, se sintió muy mal…
George, en su lecho de muerte, llamó a su mujer y con voz ronca y ya débil, le dijo:
“Muy bien, llegó mi hora, pero antes quiero hacerte una confesión”.
“No, no, tranquilo, tú no debes hacer ningún esfuerzo” Le dijo su joven esposa.
“Pero mujer, es preciso… -insistió George-… Es preciso que muera en paz. Te quiero confesar algo.”
“Está bien, está bien. ¡Habla!” 
“Te confieso que he tenido relaciones con tu hermana, tu mamá y tu mejor amiga.” Dijo George, pronto a morir.
“Lo sé, lo sé George… ¡¡¡Por eso te envenené, MALDITO!!!.”
Y así acabó George. Pobre hombre, aparte de su madre nadie lo amó. Gran mujer.
A su sequito fueron los más connotados hombres de la sociedad, en política y economía. Allí estuvo toda la radio, prensa y televisión, de ellos, por supuesto. George fue enterrado con todo los honores cívicos, como defensor de las libertades y derechos humanos, principalmente, los de la mujer… A decir de su mejor amigo en la homilía final: el Arzobispo de la ciudad.  
Después crecieron mujeres más libres que criaron mejores hijos, y así mejores hombres.

lunes, 15 de abril de 2019

BREVE HISTORIA DE UN AMANTE CÍNICO…



“Por fin encontré a mi pareja ideal. Ella salía de un desengaño y yo de un engaño. Yo solo quería sanar, aunque ella buscaba la felicidad. Así, de mutuo y tácito acuerdo decidimos vivir juntos, y yo me dediqué a recordarle todos los días que ella era solamente mi pareja. En las noches disfrutábamos haciendo el amor, aunque ella en un solo sentido. Pero era tan tierna y no sabía lo que era engañar, que a veces la complacía y hacíamos sexo a plenitud.
Esta es mi historia de amor…
Firmado: Yo, El Amante Cínico
Esta podría ser una historia de amor… pero no lo es. Usar el diccionario del personaje:
Diccionario: Real significado de las palabras del Amante Cínico. 
Pareja: Muñeca de carne y hueso, que aguanta todo, desde golpes hasta embarazos, que mientras más la jodan, rara vez en el sentido de hacer sexo, jamás abandonará la búsqueda de la felicidad con su torturador.
Desengaño: Cuando el ser amado se va con otro. En realidad, significa salir del engaño.
Engaño: Creerse correspondido.
Sanar: Encontrar a alguien que realmente me quiera… para engañar.
Felicidad: Vivir en el engaño.
Acuerdo: Solo lo que yo diga.
Vivir: Tiempo que dedico para joder a mi pareja.
Joder: Todos los sentidos de la palabra, solo a veces el sexual.
Engañar: Breve lapso de tiempo de mi felicidad.
Fidelidad: Lealtad a pesar de mis engaños.
Lealtad: Capacidad de aguante.
Amor: Sinónimo de sexo.
Sexo: Búsqueda de mi propia satisfacción.
Cinismo: Orgullo de mi identidad.
Valores: No existe en mi diccionario.