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lunes, 2 de diciembre de 2019

POR SIEMPRE JAMÁS


POR SIEMPRE JAMÁS

por Michaelangelo Barnez

Desperté lentamente sobre mi cama, con el costado derecho de mi rostro aun hundido en la suave almohada, disfrutando del dulce sueño que había tenido hasta que mi conciencia fue empujándolo al olvido, de pronto reaccioné y desperté completamente.
“¿Soñé o fue real?” me dije e instintivamente moví la mano a mi costado y encontré el tibio cuerpo de Sarah, mi amada esposa. Entonces, de espaldas a ella, volví a cerrar los ojos plenos de felicidad para deleitarme con los recuerdos eróticos de la mágica noche. Realmente estaba conmocionado con la experiencia a pesar de haberla deseado todos los días y noches por más de dos años. Entonces, abrumado por la felicidad ya no pude dormir. Me levanté de la cama con mucho sigilo para no despertar a mi amada esposa con quien había compartido más 50 años de enamorados y, allí de pie, la miré que descansaba como un ángel. Visión que me provocó en lo más profundo de mi corazón el deseo de besar sus labios y no pude resistirme, y al hacerlo ella despertó. “¡Buenos días!” Nos dijimos mutuamente casi al unísono, y sonreímos, sus ojos relampaguearon y volvimos a besarnos, felices de volver a compartir nuestras vidas.

El despertador sonó a las 5 a.m. y desde ya hace un tiempo, desde que mi esposa se marchó, era la usual hora de despertar y empezar mi rutina matinal. Aunque hoy era un día especial: La Presentación literaria de mi 5ta novela. Por lo que sabía que iba a ser un día de mucho trajín ya que todos los preparativos que había hecho últimamente tenían que coincidir finalmente y de manera satisfactoria con este día. El local de la presentación, los libros, el menaje para el brindis y su arreglo correspondiente, estaban listos. Además, al mediodía tendría una conferencia de prensa y a las 4 p.m. una entrevista radial. Aun así, junto con mi agente literario, estaba nervioso. Creo que más que la primera vez, en que sin agente me ocupé personalmente de todo el trámite y los arreglos y no tuve el tiempo de ahora, de pensar más en lo que iba decir y en el cómo impactar a mis lectores e invitados. Así, salí de casa a las 7 a.m. con dirección a mi oficina para no regresar hasta culminar la presentación.
En mi auto y en camino a la entrevista, recibí una llamada.
“¡Aló!” dije en mi celular.
“¡Aló, soy María!” Me respondió una dulce voz e inmediatamente asocié el nombre, la voz y abruptamente el recuerdo que me habían provocado.
Sí, era María, la hermosa y obsesiva mujer que había sido mi amante por años, durante mi crisis existencial al cumplir 40 años de edad, hasta que llegó el fatídico día, como era de esperar, que mi esposa se enteró y mi matrimonio estuvo a punto de acabar, de no haber sido por la madures e inteligencia de ella de no lanzarme por despecho a los brazos de quien deseaba, pero no amaba. Sí, era María, quien después de treinta años me traía el traumático recuerdo de una traición conyugal.  
“¡Bueno, ya pasó mucho tiempo!” me dije y fui cortés al contestar. “¡Hola, María, que sorpresa!”
“¡Dany, mi amor, te estuve buscando por años, recorrí todo California y en los Estados a donde iba. Estuve a punto de rendirme, pero, felizmente, hace poco me enteré que estabas en Lima!” Dijo con su peculiar dulce y posesiva vehemencia, sin preámbulos ni preguntar por mi estado marital, que presumo no le importaba. Y añadió “¡Tenemos que hablar, mi amor!” como un ruego imperativo que me conmovió.
“¿María, estás en Lima?”
“¡Sí, mi amor, llegué anoche!”
“¡Wow!” dije para mis adentros, y recordé los tiempos en que ella a pesar de estar casada y tener una pequeña hija, era capaz de arrastrarse por el suelo y lamer mis zapatos si se lo pedía, aunque nunca lo hice, porque me bastaba poseer de ella esa misma disposición de entrega en la cama. Lo que, por otro lado, cuando traté de alejarme de ella después de haber gozado, ambos, sin límites, los placeres de los amantes, María casi enloqueció acosándome por teléfono o rondando mi lugar de labores y hasta mi propia casa. Por eso su vientre fue un dulce pero prohibido pantano por cinco años, cuyo fango sexual me había atrapado.
Hasta que mi esposa se enteró. Durante esos años de infidelidad nunca fui consciente del dolor que podía provocarle. Pero al verla allí, el día D, frente a mí, encarándome mi traición, mi deslealtad hacia el amor que ella me brindaba cada segundo de su vida para hacerme sentir feliz, de haberme apoyado en todos mis proyectos y sueños, de haber compartido el cuidando de nuestros hijos y ella a mí como uno más, y trabajando como la mejor obrera-empresaria del hogar y en su profesión, hizo que toda esa vanidad machista que yo tenía, de poseer una amante joven, hermosa e incondicional para la lujuria, se desvanezca como lo que era, una simple ilusión intrascendente. Jamás vi tanto dolor reflejado en el rostro de mi amada esposa al límite de creer que enloquecería. Yo podía percibir que ella no estaba molesta, no era ira o furia lo que ella sentía, sino un dolor inconmensurable de que su mayor tesoro la haya traicionado. Entonces lloré, lloré junto con ella con un profundo arrepentimiento y le juré que haría todo lo posible e imposible para recuperar su amor. En esos momentos tan difíciles no se habló para nada de “Dios y los pecados” o “por el bienestar de los hijos”, no, solo de ella, yo y nuestros profundos sentimientos verdaderos.
Pero a María no le importó ni no se dio por rendida. Ella volvió a la carga sin importarle las advertencias de mi esposa de denunciarla y encarar su infidelidad ante su marido. Pero ante su obsesiva insistencia yo accedí a verla una vez más.
Cita a la que no fui, sino que desaparecimos de California sin dejar rastros. Sí, mi esposa y yo volvíamos a ser cómplices conyugales y dejamos todo atrás por la salud de nuestro matrimonio. Hasta que…
“¡Estoy en Lima, mi amor, dispuesta a hacer realidad este amor que he guardo con mucho cuidado en mi corazón por treinta años!”
“¡Ok, María, que bien!” empecé diciéndole muy amablemente, sabiendo que ella no aceptaría un “¡NO!” como respuesta. Y añadí “¡Mi secretaria te va a decir el lugar y la hora, para vernos esta tarde!” Entonces le pasé mi celular a mi secretaria a la vez que le pedía con señas y frases entrecortadas que cancelara la entrevista radial. Así, con esa actitud, creía yo, le enviaba un mensaje que no le daba muchas esperanzas de nuestro encuentro.
Esa tarde en el restaurante en donde esperaba a María vi entrar a una radiante mujer. "Oh, que sorpresa" me dije en silencio al verla, porque era María, quien a pesar de sus ya cercanos 60 años de edad estaba más hermosa y lozana que nunca. Y cuando me vio sus ojos brillaron de alegría y su hermosura se realzó aún más con su sonrisa. No miento al decir que me halagó mucho verla venir hacia mí. Así, totalmente dispuesta a volver a entregarme todo de ella, sin reclamarme nada, sino la compañía amorosa de amantes que un día disfrutamos. Pero que nunca lo tomé en serio porque pensaba que todo era mentira, quizás por el pecado original de nuestra relación.
Estuvimos allí por espacio de dos horas, entre cafés y pastelitos, cuando yo había planeado ilusoriamente que solo estaríamos 15 minutos; que al final de cuentas serían los únicos minutos que yo hablaría porque María se apoderó del resto del tiempo.
María me contó todos los detalles de su espera y búsqueda. Y de que me amaba más que a su vida y estaba dispuesta a quedarse conmigo para siempre, que sus hijos ya habían dejado el hogar y que ella solo seguía con su marido por lastima, por lo tanto ahora ya no tenía ataduras. Fueron más de cien minutos en donde María repitió hasta el cansancio lo mismo de lo mismo, que me amaba y de que estaba inmensamente feliz de haberme encontrado y de sentir que yo la amaba. Repitió los recuerdos de nuestros encuentros sexuales en los moteles de California con lujos de detalles explícitos que ella anhelaba volver a vivir. Y su erótica letanía logró mover algo en mí, al fin y al cabo, como si me hubiera lavado el cerebro, consiguiendo mover los recuerdos más escabrosos de nuestra aventura sexual que yo también tenía escondido aun en algún lugar de mi cerebro. Y ella lo notó. Felizmente estábamos en un lugar público, de no ser así hubiéramos acabado en la cama.
Mi horario ya no daba para más. Entonces mi secretaria entró al restaurante y me dijo muy claramente que teníamos que irnos, que los presentadores tenían que coordinar sus intervenciones conmigo. Así terminó la cita con María que, al levantarnos de la mesa, sin rendirse añadió a mi oído “¡Te veo en la presentación, mi amor!” en el momento del formal beso de despedida que me dio en la mejilla.
La presentación me llenó de satisfacción porque los presentadores se lucieron con el tema, fueron agiles, breves y amenos, para el deleite de la audiencia, y cuando me tocó el turno de hacerlo la concurrencia ya estaba preparada para mis palabras. Y no era para menos, hablamos del trasfondo de la novela, de los fenómenos paranormales, los poderes de la mente, de la teoría cuántica y los universos paralelos; todo para sostener los hechos excepcionales de los argumentos de la novela y sus protagonistas.
Aunque no puedo dejar de mencionar que hubo un factor extra literario que contribuyó en algo a realzar el ambiente de la presentación y esta fue la presencia de María, que por su belleza, gracia y glamor no podía pasar desapercibida. Más aun y ante la mirada de todos, cuando no se despegó de mí desde que llegué, con la excepción del momento del inicio de la presentación formal en que los presentadores y yo teníamos que sentarnos alrededor de una mesa en el escenario o ir al pódium.
Luego, María fue la primera fan a la que tuve que firmar el ejemplar de la novela comprada, con el detalle que cuando lo hacía ella sin reparos recostó su busto sobre mi hombro y sentí su aliento muy cerca de mi rostro. Me pareció demasiado. Así, un tanto incomodado, levanté mi rostro y miré al fondo del auditorio y comprobé que mi esposa, Sarah, me observaba. En realidad lo había estado haciendo desde que llegué y que yo solo lo comprobaba por momentos. ¿Estaba molesta, celosa? No, al contrario, parecía divertirse con la escena de ver a María revolotear como una mariposa a mí alrededor.
La presentación llegó a su término y todos con besos, abrazos y promesas de vernos otra vez, nos marchamos.
Busqué a mi esposa con los ojos antes de subir a mi coche y no la vi por ningún lado, solo a María, que no se despegaba de mí.
“¡María, se acabó la noche, me voy a casa, no puedo llevarte!.. -Era lo obvio-… ¿Cómo voy a llevarte a mi casa si allí está mi esposa?” remarqué.
“¡Pero si ella ya se fue!” Replicó.
Entonces cortésmente añadí, “¡Voy a llamar un taxi!” y marqué en mi celular el símbolo de tal servicio. Y una vez que lo conseguí no me quedé a esperarlo “¡Ya viene por ti, te llevará a tu hotel, adiós María!” y subí a mi camioneta. Si pasaba unos minutos más con María corría el riego de ceder a sus suplicas de amor y sexo, y yo por el amor que sentía por mi esposa no estaba dispuesto a ese deleite. Y me marché.
Ya eran las 10 p.m. y como el lugar de la presentación había sido en una librería de Miraflores, enrumbé hacia la llamada Bajada de Miraflores que me conduciría a la autopista de la Costa Verde, con el solo propósito de gozar de la nocturna briza del mar y así despejar mi mente. 
Llegué al vecindario donde vivía cerca de la medianoche, manejando lento y con cuidado por las semis oscuras calles, hasta que ya muy cerca de la casa hice funcionar el control del portón de entrada. De pronto, desde detrás de unos altos arbustos del jardín exterior, vi la figura de María, que caminando resueltamente entró a los límites de mi casa.
Al ver eso yo me detuve, pensé unos segundos y luego accioné el control remoto del portón y lo cerré. Así, a la distancia vi a María parada sobre el césped, quien al ver que cerraba la puerta dio media vuelta y se dirigió a la entrada principal.
Mi casa estaba rodeado de un excelente sistema de seguridad, con láser, video y alarma, pero una vez traspasado ese límite, la casa quedaba a merced que quien estuviera dentro, por lo que María no tuvo ningún problema de entrar al lobby y desaparecer de mi vista.
“¿Y ahora qué hago?” me dije abrumado por la situación. “creo que si no entro, ella se marchará!”. Entonces, como un autómata manejé lentamente por las calles del vecindario, no sé cuánto tiempo, hasta que me vi nuevamente al frente de mi casa. Pero ahora ya resuelto a encarar la situación que se había generado hacía treinta años y que nunca se resolvió entre los tres.
Entré al lobby, pasé a la sala, a la cocina, que usualmente estaban con las luces encendidas y no encontré a nadie. Miré por la ventana al patio pero solo había oscuridad. Busqué en los dormitorios y tampoco hallé a nadie. Y mi mayor preocupación se desvaneció “¡Felizmente María se largó!” pensé, ahora no tenía nada que temer, “¡A no ser que mi esposa…!” y dejando de pensar me fui a darme una ducha tibia.
Oh, sorpresa. En pleno baño que me daba, cuando el agua disolvía las espumas de jabón que cubrían mi cuerpo, entró María totalmente desnuda, se mojó todo el cuerpo y se pegó al mío. Jabón, agua y el resto del mundo que me rodeaba desapareció de mi mente, porque María no perdió un segundo en abrumarme provocándome un exquisito placer con sus labios. Sí, ella sabía que yo no debía pensar de lo contrario se impondría la cordura… y tendría que irse. Y así jugamos como amantes por no sé cuantos minutos, repasando la lista de todo los pecados que habíamos compartido una vez, y de allí pasamos a la cama, pero ya con el libido a punto de estallar.
María, embriagada con el erotismo de sus hormonas, se arrodilló en el borde de la cama, separó sus rodillas, reposó el costado de su rostro en la misma y desplegó sus brazos como si fuera a volar y en medio de jadeos, que amenazaban con ahogarla, a las justas pudo hablar, y me pidió mientras cimbriaba sus caderas: “¡Envíame al cielo, mi amor!”
Yo estaba parado frente a ella, contemplando todo lo que María me ofrecía, embelesado con la visión y la dosis erótica que recorría por mis venas, listo para darle el ansiado empujón. Cuando de pronto, por el rabillo de mis ojos pude ver moverse las cortinas y volteé de inmediato.  Y vi a mi esposa, Sarah, cubierta con una larga bata blanca semitransparente de dormir, parada allí, haciéndome una señal con el dedo índice en los labios para que guardara silencio, mientras se acercaba sigilosamente.
Me miró a los ojos y sonriendo se puso en medio, entre María, que no se había percatado de nada, y yo. Y me besó dulcemente como no lo hacía hace ya varios años, luego se volteó y se arrodilló en el mismo lugar que estaba María, fundiéndose con ella en una sola persona. Y yo sentí en mi alma lo que debía hacer. Fui cuidadoso con mi ímpetu y lo esperado llegó como una explosión sideral.
Al día siguiente desperté lentamente sobre mi cama, con el costado derecho de mi rostro aun hundido en la suave almohada, disfrutando del dulce sueño que había tenido hasta que mi conciencia fue empujándolo al olvido, de pronto reaccioné y desperté completamente.
“¿Soñé o fue real?” me dije e instintivamente moví la mano a mi costado y encontré el tibio cuerpo de Sarah, mi amada esposa. Entonces, de espaldas a ella, volví a cerrar los ojos plenos de felicidad para deleitarme con los recuerdos eróticos de la mágica noche. Realmente estaba conmocionado con la experiencia a pesar de haberla deseado todos los días y noches por más de dos años. Entonces, abrumado por la felicidad ya no pude dormir. Me levanté de la cama con mucho sigilo para no despertar a mi amada esposa con quien había compartido más 50 años de enamorados y, allí de pie, la miré que descansaba como un ángel. Visión que me provocó en lo más profundo de mi corazón el deseo de besar sus labios y no pude resistirme, y al hacerlo ella despertó. “¡Buenos días!” Nos dijimos mutuamente casi al unísono, y sonreímos, sus ojos relampaguearon y volvimos a besarnos, felices de volver a compartir nuestras vidas.
“Buenos días, felicitaciones por su nueva pareja…!” me saludaban alegremente mis amigos y conocidos al vernos pasear.
“Pobre incrédulos!” le susurraba a los oídos de María, “Ellos nunca entenderían que realmente eres Sarah!” 

domingo, 29 de septiembre de 2019

LA VIUDA NEGRA


De MICHAELANGELO BARNEZ 

Nota del autor: Queridas amigas y amigos, hoy les traigo un cuento, repito, un cuento y no algo que me sucedió, por más que lo narre en primera persona. Claro que resulta todo un halago hacerles creer en mis cuentos que realmente me sucedió o fui testigo de esas historia que, quiéralo o no, le sucedió a alguien en el mundo de una u otra manera. Allí va, pues…
Hace unos meses celebramos el 50 aniversario de la promoción de la escuela secundaria en donde estudié. Allí, lamentablemente, no pudieron estar todos los que egresamos; unos por estar muy lejos y ocupados, y otros porque habían hecho el consabido viaje sin retorno. Como sea, la celebración fue muy amena, llena de alegría y cariño fraternal por el reencuentro.
De allí, luego de la algarabía de la Cena y Baile en un centro de celebraciones de un hotel de cinco estrellas, nos retiramos prometiendo reunirnos más a menudo. Aunque mis más cercanos amigos y sus esposas no querían irse a casa inmediatamente. Así que los invité a ir a la mía… a seguirla!!!, como decíamos y hacíamos antes, pero ya no en el mismo sentido de una juerga de esos tiempos, sino a hacer lo que no habíamos podido hacer durante la fiesta, y esto era conversar, intercambiar tantas experiencias acumuladas todos estos años y contarlos sin ninguna presión o compromisos.
En el camino a mi casa la mayoría de mis amigos compraron bebidas y botanas, a pesar de que ya les había dicho que tenía de todo en casa. Así, cuando fueron llegando comencé a apilar botellas de Whisky, Vodka y Tequila en mi bar y las botanas nacionales en el frío bar; y ellos encontraron una variedad de fuentes de botanas al estilo de California, vinos peruanos y nuestro infaltable pisco, es decir yo estaba preparado… por algo soy viejo en estas lides.
Todos teníamos mucho que contar de nuestras vidas, ya sea como profesionales u hombres de familia… y así lo hicimos una vez bien instalados alrededor de una gran mesa, bebiendo y comiendo con mucha moderación, prestando atención a las palabras de quien hablaba.
Todos contaron acerca de cómo conocieron a sus parejas, de sus logros y éxitos en la vida, de los hijos y también de nietos que ya llegaban.
Así las horas pasaron volando y ya en la madrugada comenzamos a rememorar nuestras travesuras de adolescencia. Y de todas ellas, una merece ser contada.
Fue durante el llamado viaje de promoción que hicimos al Cuzco, vía Arequipa y Puno, en donde a uno de los compañeros, el más “vivo” de la clase, se le ocurrió debutar en el arte amatorio con una “obrera” del oficio más antiguo, lo cual no tiene nada de malo, y menos en un grupo de jóvenes adolescentes, pero sí, hacerlo a más de 4,000 mts de altura sobre el nivel del mar, en Puno; cuya consecuencia le costó a este costeño fue ser llevado al hospital, en emergencia, porque se ahogaba, lo que acarreó además perderse el resto del viaje.
Bien con este antecedente contado y por todos festejado, el susodicho se animó a contar lo que le sucedió años más tarde, cuando ya era un profesional y gerente de una gran empresa importadora.
Resulta que en el proceso de la firma de un acuerdo muy importante con otra empresa de Hong Kong, tuvo que viajar, con su asistente, a esa gran ciudad del lejano oriente.
Una vez allí, desde su llegada, fueron atendidos en todas sus necesidades de alojamiento y transporte, así como asesorados con guías y traductores hasta que firmaron el pretendido contrato.
Una vez terminado los asuntos de negocio tuvieron un día más para ir de compras y la consabida diversión, antes de regresar, así que esa noche ambos decidieron darse “la vida loca”. Así, con eso en mente, le preguntaron al guía, que los había acompañado desde el primer día, con toda confianza por un lugar donde conseguirlo, y este, ni corto ni perezoso y ducho en esas lides, no solo los iba a orientar con una información, sino que se incluyó en el paseo del placer.
Esa noche, no bien se ocultó el sol, empezaron a recorrer diversos lugares que ofrecían, con sus brillantes luces de neón, toda clase de pecados; desde las comidas y bebidas exóticas hasta el carnal en su variedad para mirar o “tocar”. Mi amigo, el mismo pájaro loco que se le ocurrió hacer el amor a 4,000 mts. en Puno, estaba eufórico por hacer lo mismo, pero ahora en Hong Kong, a nivel del mar… Y de este modo fue.
De nada valió los consejos de su asistente y del guía para que tome las cosas con calma y no bebiera tanto, y de que era preferible escoger solamente un sitio para todo lo que él quería, porque allí se lo ofrecían por unos buenos dólares. Pero el loco arrecho estaba eufórico y, ya bebido, incontrolable.
Los tres estaban en la barra del bar de un buen centro nocturno, bebiendo y charlando, a la espera de que las consabidas damas de compañía del night club se acercaran; mientras a sus espaldas unas bellas mujeres se esmeraba en su baile exótico en la pista y en el tubo, mientras que el guía y el asistente se enfrascaron en una conversación de cómo abordarlas cuando se acercaran.
De pronto se percataron que el pájaro loco había desaparecido del lado de ellos; lo buscaron en el baño, en los cuartos privados y por los alrededores del centro nocturno y no lo encontraron. Así, decidieron esperar unos minutos, en caso de que esté con alguna dama en los privados, a puertas cerradas… pero, nada, no apareció. El loco les había arruinado la noche. El guía comentó que si andaba bebido, perdido por las calles a estas horas… nada garantizaba su vida.
El guía, más para librarse de responsabilidades que otra cosa, le pidió al asistente que denunciara la desaparición de su jefe… Pero en la estación de policía le contestaron entre carcajadas que seguro estaba “viviendo la vida loca” y que ya aparecería, y como sea, ellos no podían hacer nada antes de las 48 horas de su supuesta desaparición.
El asistente y el guía no podían hacer más; y se despidieron una vez que el primero ya estaba en el lobby de su hotel, con el compromiso de contactarse al día siguiente.
El asistente durmió a piernas sueltas a pesar de no haberse embriagado por el susto, sino de la cantidad de alcohol consumido. Pero fue despertado casi al medio día por la ruidosa llegada de su jefe y amigo… el loco había aparecido apestando a alcohol y con todo el cuerpo pintarrajeado de colorete por los besos recibidos.
El loco entró como un zombi, sin percatarse de nada, y se fue directamente al baño a darse una ducha. Allí pasó casi media hora y al salir le dijo a su asistente: “Hey, compadre, no entres al baño por un buen rato, porque lo he dejado, uyuyuiiii…!!!” y fue a sentarse en la otra cama vacía.
“Hay carajo, como me duele el culo, seguro que anoche me caí sentado al suelo de lo borracho que estaba!” añadió el loco. Luego el asistente le comentó de la preocupación que habían tenido por su desaparición, pero el loco no dejaba de vanagloriarse de la aventura sexual que había tenido esa noche, o de lo que recordaba de ella, con una mujer extremadamente linda, de talla y cuerpo espectacular y voluptuosa como ninguna, que le había dado el placer jamás conocido antes a pesar de su experiencia como don Juan, con mujeres casadas y mayores que él. “Sí, la Viuda Negra, así se hace llamar la bendita, rompió los límites de mi experiencia amatoria… oh, que placer, dios mío!!!” decía el loco.
“Disculpe, jefe, debo llamar al guía, debe estar preocupado!” y sin esperar nada cogió el auricular y llamó.
“Sí, ya apareció mi jefe, no tienes por qué preocuparte!” le dijo al guía y este respondió algo siguiendo el diálogo.
“Sí, llegó bien, solo tiene un dolor en las nalgas porque cree que se cayó al suelo de lo borracho que estaba!” le siguió contado el asistente.
“Ah, sí, no para de darme los detalles de su noche loca y de hablar de la Viuda Negra, creo que es una famosa vedette ¿no?… Quééé?…” y el asistente fue interrumpido por el guía.
“Noooo, no puede ser!!!” el asistente casi gritó y luego lanzó una carcajada “Ja, ja, ja…!!! No, no puedo decírselo… dile tú!” y le alcanzó el auricular a su jefe.
El loco cogió el auricular con una mano, mientras con la otra se sobaba el culo. “¿Sí?” dijo y se quedó escuchando al guía, y luego de un largo minuto cayó desmayado sobre la cama.
El asistente volvió a coger el auricular caído y se despidió del guía. Luego mirando a su desmayado jefe, dijo: “Loco imbécil e ignorante, no sabías que la viuda negra es una araña que se come al macho luego de hacer el amor… ¡Anoche estuviste con un travesti, borracho estúpido!”

martes, 12 de febrero de 2019

¿ADICTO AL SEXO?



Estoy en la suite de un hotel de cinco estrellas, porque esta noche será especial, recostado en la cama, desnudo, pero cubierto discretamente luego de haberme duchado. Reposo plácidamente, con mis dedos entrelazados, entre mi húmeda nuca y la almohada, en espera de que mi pareja salga del baño y venga a recostarse a mi lado, para hacer lo que ya teníamos propuesto hacer desde mucho antes que entráramos al hotel.
No está de más decir que venía preparado para la faena, no había bebido nada de alcohol ni comido más de un bocadillo en el preámbulo que hicimos antes de subir a la suite, porque definitivamente pensaba fornicar toda la noche… ¿Seré adicto al sexo?
Pero ya no soy tan joven y ni los ejercicios que hago a diario para mantenerme en “forma” (léase: “listo para el sexo”) dan los resultados esperados, ya que lo que antes tenía como un depredador cóndor ahora es un tímido pingüinito. Así que, con antelación, fui a ver a un doctor para que me recete la bendita pastilla del Viagra. Tengo 60 años de edad, y por lo menos 45 fornicando como gallo arrecho, y no pude evitar que una idea cruzara mi mente… ¿Seré adicto al sexo?
Resultado de imagen para mujer en baby dollEntonces apareció mi deseada hembra, en el marco de la puerta, vistiendo un breve y transparente “baby doll”, a contraluz, entre la semipenumbra del suite y la luz del baño, posando de manera sexy, con un brazo en alto y la otra mano apoyada en su carnosa cadera, mirándome seductoramente, muy segura de sí misma de que muy pronto iba a conseguir su pecaminoso propósito. En mí, lo que tenía que erguirse se irguió, y agradecí el milagro a la bendita pastilla azul. Entonces me quedé absorto, mirando su espectacular figura, mientras por mi mente hacía el recuento de la docena de condones, de colores y sabores, que había traído y usaría con mucha ilusión… ¿Seré adicto al sexo?
La opulenta y voluptuosa mujer vino caminando lentamente hacia mí, moviendo sus caderas, para provocarme la libido o, ya provocada en ella misma, por el anhelo de devorar su apetecible bocado que la sabana no podía ocultar.
Yo me mantuve quieto, tranquilo, y seguí recostado en la cama, dejando que ella tome la iniciativa y despliegue todo lo que su imaginación de hembra en celo le provoque hacer. ¿Acaso soy un diablo en la cama? No, soy más que eso, soy viejo y aunque necesito Viagra la experiencia de la vida es mi aliada… ¿Seré adicto al Sexo?
Ella se detuvo a sólo un metro de la cama y empezó a bailar suavemente al ritmo de la oriental melodía que llenaba el ambiente, girando y contorsionando sus caderas y hombros, haciendo danzar su ombligo, frotando con sus manos las protuberancias y pliegues de su cuerpo, despeinándose y meneando su cabellera, e inclinándose a recoger cosas imaginarias del suelo, sólo para mostrarme la sinopsis de lo que más tarde me enseñaría al detalle, y en mi alma sentí el perturvador sabor dulce de la lujuria.
Los latidos de mi corazón se acrecentaron y mi respiración se transformó en una secuencia de profundos suspiros. Ella evitaba mirarme a los ojos para no perturbar mi gozo, pero yo creí descubrir en su dulce rostro que la danza erótica la afectaba a ella también, hasta que se quitó el “Baby doll” y totalmente desnuda vino hacia mí… ¿Seré adicto al sexo?
Debo confesar que ella no es la joven ni esbelta mujer que Uds. se imaginan. Entonces, ¿Porqué es frenesí de querer hacerle el amor?… O acaso realmente… ¿Seré adicto al sexo?
Resultado de imagen para mujer en baby dollBueno, les diré que ella ya perdió la lozanía de su piel, y los contornos de su cuerpo no son los que conocí en su juventud; ella ha perdido unos dientes que fueron reemplazados a la perfección, y en su rostro hay arrugas que ya son imposibles de ocultar. Aun así, esta noche deseo hacerle el amor de una manera inolvidable… ¿Seré adicto al Sexo?
Mmm… No lo creo… O al menos, no exactamente. Lo que sí creo, es que lo justo sería decir que Soy Adicto a Ella, porque llevamos 50 años de enamorados, y la adoro con toda mi alma.
Sí, soy un irremediable adicto, porque sin ella no podría vivir… Y esta noche es nuestro 50° Aniversario de matrimonio.
“Apaga ya la luz cariño… y ven!!!” Me pidió con voz dulce y sensual, y yo muy obediente… obedecí.
               








sábado, 17 de marzo de 2012

XXX

Estábamos Rachael y yo parados muy cerca de la cama, totalmente desnudos y apretando mutuamente nuestros cuerpos. Nuestros besos eran apasionados e intensos, en donde nuestros labios se buscaban afanosamente sin encontrar una perfecta posición que perdurase más de dos segundo, siendo interrumpidos por el incesante jugueteo de nuestras lenguas y el movimiento de nuestros rostros, a tal punto que parecía que ambos queríamos devorarnos el uno al otro. Hasta que el besarnos no nos bastó.
Entonces fue que bajé a su cuello anegado del sudor que compartíamos. Ella gimió, mientras yo sentía el salado de su piel, y desde ese momento no se detuvo, sino que la intensidad de estos aumentó según iba mordisqueándola suavemente. No me entretuve demasiado allí porque no tenía mucho tiempo, y bajé a sus redondeados hombros y luego a sus senos. Sus gemidos aumentaron y su cuerpo se contorneó cuando quise casi deglutir uno de sus senos. No sé si fui muy delicado con ella, porque mis mordiscos siendo suaves provocaban en ella alaridos de placer, pero ningún gesto de rechazo a que me detuviera.
Ella tiró su cabeza hacia atrás y comenzó a menear su blonda cabellera, mientras se abandonaba totalmente a mis caricias.
Yo la sostenía con mis brazos cruzados alrededor de su fina cintura y la besé hasta que me fue imposible ir más lejos de donde ya había llegado. Fue cuando Rachael enderezó su cuerpo y con ambas manos me guió a besar sus anegados labios, por lo que la solté sin más dilación y tuve que arrodillarme, a la vez que ella levantaba una de sus piernas para ponerlas sobre uno de mis hombros y sujetarme fuertemente… fue así que me hundí en la anegada espesura que me ofrecía Rachael.
“Corten!… -Dijo el director de la película que filmábamos, y agregó-… Demonios!!! Han demorado demasiado… Continuaremos después del almuerzo”.
“Te lo dije, John… -Me dijo Rachael sonriendo debido a mi inexperiencia, y añadió-… esta no es una escena de amor, sino de puro sexo explícito, esta es una película xxx, pero ya aprenderás”.
Creo que Rachael, una estrella del cine porno con quien hice lo que nunca creí posible hacer con una mujer, debido a que yo era un actor joven, inexperto y desempleado, tenía razón. Pero mi problema personal era que mi esposa hacia lo mismo en casa cuando yo no estaba.

viernes, 15 de julio de 2011

LIOLA… A LAS PUERTAS DEL CIELO... PARTE 2, FINAL




Este es un cuento del género literario erótico. Use su libre albedrío para leerla. 
SEGUNDA PARTE...
... Hasta que su alegría se iluminó y exclamó “Allí, allí está el banco de madera que te conté… Allí te imaginé conmigo… No sabes como me sentí tan sola esta mañana… pero ahora estás conmigo…!”. Y caminamos hacia él.
El banco era de madera, solida, amplio y con un respaldar inclinado. Además, estaba rodeado de un arco-bóveda de tiras entrelazadas de madera en el que las enredaderas de buganvillas la habían cubierto formando una estructura compacta.
Nos sentamos y, a pesar de la pasión que sentíamos, fuimos consciente de la belleza del lugar. El mar continuaba con su sinfonía infinita, reflejando a la luna que ya amenazaba con irse, discretamente, para darnos la privacidad necesaria y no ver lo que nuestras almas ya anunciaban lo que nuestros cuerpos anhelaban por hacer.
“Te busqué por caminos quizá equivocados… -me dijo mirándome a los ojos, y añadió-… no supe que a ti se llegaba por claros senderos… más ahora presiento que tu amor es sincero… y en aras del viento… tu me vas a llevar… A las puertas del cielo, al confín de los mares…!”
Entonces nos besamos, y la pasión reprimida tantas veces hizo que inmediatamente la lujuria se desborde, como un torrente embriagante, por nuestro cuerpo, en el que besar y morder nuestros labios ya no eran suficientes, ni para mí y ni para ella. Besé su cuello y sus hombros mientras ella temblaba, y de allí a sus desnudos pechos, los que llenaron mi boca, cada una, como jugosas frutas, para luego morder sus erguidas protuberancias hasta hacerla gemir y oír el extenuante jadeo de su respiración, sintiendo en mis labios los latidos del galope de su excitado corazón… Hasta que sus suaves manos, con delicado gesto, me separaron de ella y la miré.
Aún quedaban en mi mente atisbo de conciencia, lo que me permitió descubrir en el transfigurado rostro de Liola, que si bien la hora del éxtasis  no había llegado aún, ahora era otro el punto de su ansiedad erótica.
Entonces, guiado por sus manos que tomaban mi cabeza, giré mi cuerpo, dejé el asiento del banco y me arrodillé frente a ella. No sé si Liola era totalmente consciente y vio lo que hice, pero su instinto de hembra la hizo inclinarse más atrás, doblar sus piernas y recogerlas para apoyar sus talones sobre el filo de asiento, a la vez que subía su faldón hasta la cintura y, abriendolas a los costados se abandonó sobre el respaldo del asiento.
La luna envió su último resplandor de luz como excitada de saber lo que venía, así yo pude ver a su vez los esplendorosos labios de Liola, húmedos, entreabiertos y sedientos de ser besados, invitándome a beber el néctar que de ella brotaba.
Hundí mi rostro en aquel exquisito manantial y sentí el húmedo y ardiente calor de un incendio que pedía ser extinguido a como dé lugar. Besé primero y luego mordí sus labios y un alarido escapó de su garganta. Su cuerpo tembló, y me contuve pensando que iba muy rápido. Entonces, me entretuve por unos segundos en los alrededores de sus pliegues, besando y rozando con mis labios la loma cubierta de un espeso bosque y su entorno, hasta que los temblores cesaron para convertirse en un ondulante y suave vaivén. Sus dulces alaridos, que fueron ahogados por el ruido de las olas de mar, ahora eran excitantes gemidos, ecos de mis caricias y termómetro de su pasión.
Sentí sus dedos hundirse en mis cabellos como una suave caricia, acompañados de profundos y espaciados suspiros. Y así, con sus manos aprisionando mi nuca, volvió a guiarme por su vibrante llanura hasta llegar a las profundidades de su inundado valle en el que amenazó ahogarme. Sus gemidos aumentaron y, soltando mis cabellos, estos se transformaron en la guía del placer. Entonces, tomó mis manos, entrelazando nuestros dedos como un seguro para no apartarnos jamás.
El ritmo del vaivén de su cuerpo y los gemidos que escapaban de su garganta aumentaron con la misma intensidad que mis besos y mordiscos. Me hundía entre sus labios y mi lengua se paseaba por las orillas de la profundidad de su herida, tanto como ella quería, para luego jugar en el entorno, hasta que llegamos al borde del abismo.
Yo ya lo intuía, desde el momento en que ella entrelazó sus dedos con los míos, que Liola quería llegar a la cumbre del Everest y no a la simple cima de un picacho, y la única manera de lograrlo era avanzar en varias etapas para evitar perecer en el camino, y que yo, como su ‘sherpa’, sabía que había llegado la hora del primer peldaño.
Me separé por un instante de ella, lo justo para mirarla, y la vi cimbreándose y jadeando a la espera del empujón definitivo que la enviara al dulce vacío del orgasmo. Vi sus carnosos y palpitantes labios, mojados del néctar de la lujuria, y vi también, en la juntura superior de estos, al erguido lóbulo que palpitaba intermitentes luces pidiendo ser devorado. Sí, la hora había llegado y me lancé contra el libidinoso faro, y así, pegado a ella, fuimos en una caída libre en la que, como guía, no podía perder la conciencia de mis actos.

Sus manos se crisparon en las mías y un tsunami de gemidos y movimientos anunciaron el inminente desborde del dique del placer… Y no la abandoné ni un instante. El ritmo de su pelvis se volvió frenético e imparable y el jadeo en su garganta amenazaba con ahogarla, como angustiada por no lograr romper el imaginario dique de su alma que aún atrapaba la explosión de su felicidad. Sus manos apretaron aún más las mías y, no sé cómo, en ese instante la miré por entre la espesura del bosque en el que me encontraba agazapado, y así supe que ya estábamos muy cerca del Big Bang de la gloria, porque su rostro se había transfigurado, los iris de sus ojos se habían escondido, sus fosas nasales vibraban y sus labios se estiraron en un rictus de muerte celestial. Entonces arremetí nuevamente contra su sensible lóbulo y ella rodeó mis hombros con sus piernas, hasta que al fin estalló en gritos y espasmos incontrolados que golpearon mi rostro, pero aún así no la abandoné. El voluptuoso tsunami duró sólo un minuto, en cambio, la dulce corriente de energía que recorrió su cuerpo, haciéndola temblar seguidos de intermitentes espasmos y enervando los poros de su piel, se prolongó en una dulce eternidad. Energía de amor y felicidad que pude beber directamente de su inagotable manantial.
Por unos minutos seguí sumergido en ella, acompañándola, acariciándola muy suavemente con mis labios. Así, fui testigo de sus esporádicos y lentos espasmos que siguieron al tsunami experimentado, hasta que la calma regresó. Luego cubrí su desnudez, exactamente como lo hizo Adán después de comerse la manzana de Eva, pero no de vergüenza sino de celos de que el viejo, desde el cielo, la pueda ver. Y permanecí otros tantos apoyándome en su regazo mientras ella, inmensamente agradecida, acariciaba mis cabellos.
Habré estado como una hora, creo, arrodillado sobre la arena desde que había empezado mi faena lingüística hasta el descanso, y al quererme parar no pude evitar el exhalar un quejido al estirar mis entumecidas piernas y enderezar mi cintura.
Liola tomó mis manos e hizo que me sentara a su lado, miró mis ojos y los detalles de mi rostro, y mientras sonreía me acarició.
“¿Seré yo el hombre que ayer esperabas?... ¿Seguiré siendo él?... ¿O acaso ya terminó la magia del momento?” Me pregunté en silencio.
Liola pasó sus dedos por mis cejas, por mi frente, por las arrugas de mis ojos y mis sienes, mis pómulos y mi encanecida barba… y suspiró.
Yo estuve atento a cada uno de sus gestos y a la expresión de sus ojos para descubrir algo, sino el hastío, la decepción, o el simple ya!. Pero, nada, nada empañó la radiante felicidad que brotaba de ella de tenerme a su lado… y me halagó.
Entonces Liola acercó su rostro, me besó tiernamente y sentí muy suavemente su tibia lengua entre mis labios. Y descubrí que ya no había fuego sino ternura, y me gustó aún más. Se acurrucó en mi pecho como queriendo hundirse en mi corazón y así dormimos por unos minutos, ¿cuántos? No sé.
De pronto ella despertó, y lo abrupto de su movimiento me despertó a mí también, y mirándome a los ojos me dijo: “A las puertas del cielo, al confín de los mares… Cuantas veces en mis sueños te he llevado junto a mí… He sentido tu mano como suave caricia… Y en el eco de tu risa una nueva primavera… A las puertas del cielo, al confín de los mares… Te he llevado junto a mí, Te he llevado junto a mí… Amor!” y sin mediar más palabras me besó mientras se sentaba en mis rodillas, frente a mí.
Ambos, afanosos y deliberadamente, buscamos mi correa y la cremallera de mi pantalón para liberar lo que se anteponía entre nosotros y nuestras intenciones.
Sabía a dónde llegaría ahora, aunque jamás imaginé la felicidad que iba a sentir. Yo estaba intacto, había sabido contenerme durante toda la noche pero ahora dudaba, siquiera, poder resistir tan sólo el húmedo calor de sus entrañas.
Liola no dio rodeos ni preámbulos amatorios, ella ya estaba dispuesta nuevamente como una salvaje hembra en celo. Lo supe porque sentí el angustiado temblor de sus manos al liberar las barreras que se interponía entre mí y el centro de su identidad femenina. Temblor que aumentó cuando sin miramientos atrapó a mi erguida masculinidad para guiarlo, y sólo dejarlo ir, en el borde del abismo de la profundidad de su ser.
Su embate fue violento y profundo, tanto que la hizo lanzar un quejido, a la vez que sacudía su cabellera como una loba herida. Pero yo, además, sentí que algo crujió, realmente no sé si fue el banco de madera, los frágiles huesos de la cadera de Liola o los míos, pero inmediatamente sentí el sofocante calor de sus labios aprisionándome en su totalmente anegada profundidad del dulce néctar que le permitía a mi nave navegar entre el estrecho espacio de su palpitante corredor.
Liola no me esperó y, tan pronto me sintió dentro de ella, emprendió su loca carrera para alcanzar las estrellas, lo que en definitiva me ayudó porque prolongó mi llegada, dándome ventaja hasta que mi respiración se hizo unísona con la de ella.
Ahora, frente a frente, y sin embriagarme aún del placer, podía deleitarme viendo los rictus de su rostro provocado por el placer recibido. Sus mejillas temblaban nerviosamente, sus fosas nasales vibraban, sus labios se estiraban y a través de la ranura de sus ojos podía ver que sus oscuros iris se habían fugado dejando sólo la blancura de ellos.
Ella estaba fuera de sí, como poseída por el placer, muy cerca al éxtasis del paroxismo, y yo me iba acercando aceleradamente, entonces mi instinto animal tomó las riendas de mis actos. Y me perdí por un instante. Deslicé mis manos debajo de su falda, jugué con sus redondeces y depresiones, luego agarré fuertemente sus caderas y pude, de manera frenética y sin descanso, estrellarla contra mí, hasta que la escuché decir un desesperado “Ya… Ya” anunciando la llegada, entonces arremetí con más fuerza y ambos estallamos en convulsiones que nos llevó al cielo en un apretado abrazo.
Sí, al cielo, porque Liola logró susurrar a mi oído, entre espasmos, jadeos y balanceos, una dulce oración... “A las puertas del cielo, al confín de los mares…” y yo veía, en mi intermitente estado de conciencia, entre el placer y la realidad, al oscuro firmamento aclararse en un nuevo amanecer, y creía sentir que de veras llegaba a las puertas de cielo y al confín de los mares.
“Entonces mis sueños… -dijo casi ahogándose en sus espasmos-… Se harán realidades…  Ahora sí sé que es cierto que yo volaré junto a ti!” y una nueva ola de contracciones me anunciaba que su felicidad era plena, mucho más allá del simple sexo o del placer provocado en cualquier lugar de su cuerpo, sino de su alma al sentirse amada sin condiciones ni reservas… “Ahora… presiento… que tu amor es sincero… -volvió a decirme-… y en aras del viento… tu me vas a llevar… como cuando… A las puertas del cielo, Al confín de los mares… Cuantas veces en mis sueños te he llevado junto a mí… Te he llevado junto a mí… Junto a mí...!” y Liola se durmió en mis brazos.
Fue la alarma de mi reloj lo que nos despertó. Eran las 8 de la mañana y nadie en la playa de Carmél aún daba señales de vida. Habíamos dormido sobre el banco de madera casi tres horas, y el sentido común nos decía que no podíamos seguir allí.
No sé en qué momento Liola se había escurrido de mis rodillas al asiento aunque seguía abrazándome, apoyada sobre mi pecho.
“Dios mió, gracias por este nuevo día!”, dijo Liola estirando sus brazos al cielo a manera de plegaria y para desentumecer los músculos de su cuerpo.
Yo me paré con dificultad y maldije mi maldita vejez, “Mierda, dos noches más como ésta y me voy derechito al infierno!”, mientras ponía mis dos manos en mi cintura, a la altura de mis riñones, y estiraba mi abdomen hacia atrás. Luego bebí un sorbo del whisky de tennessee que tenía en mi bolso, me enjuagué y escupí el sabor amargo de mi boca en la arena, luego busqué una pastilla de menta en el bolsillo de mi chaqueta, tomé uno y le ofrecí otro a Liola, la que rechazó. Entonces caminé hacía el mar que estaba a escasos 100 metros del banco de madera. Allí, otra vez estiré mis brazos e hice algunos giros de cintura, doblé mis rodillas, y la conciencia regresó a mí. Sí, así somos de estúpidos los hombres, hacemos el amor de una manera gloriosa en la noche y al día siguiente nos olvidamos de nuestra pareja, solo me faltaba encender un cigarrillo e irme a pasear por la orilla del mar. Pero no, no hice eso, sino reaccioné. Giré en busca de Liola para reparar mi descuido, y la vi sentada en el banco de madera, doblada y con el rostro entre sus manos, entonces fui hacía ella.
“Liola… -le dije arrodillándome frente a ella, y añadí-… me has dado la noche más grande de mi vida!” y acaricié su cabello.
Ella levantó su rostro. Vi sus ojos oscuros enturbiados, por primera vez, por la tristeza y la huella del llanto aunque ya estaba serena. En silencio la acaricié mientras descubría más detalles de su rostro que a ella no le importaba esconder. Lo poco del maquillaje que usaba había desaparecido. Las arrugas alrededor de sus ojos y labios, y los de su frente estaban totalmente expuestos a mis ojos. Entonces sonrió levemente, y un surco se hizo en ambas mejillas.
“Dios mío… Qué bella eres!” le dije, y ella sollozó escondida en mi hombro. Entonces volví a darme cuenta de otro descuido. Ella me había dicho una y mil veces que me amaba, y yo ninguna. Entonces, acaricié su cabello y le susurré al oído lo que ella estuvo esperando toda la noche oír de mis labios.
“Liola… Te amo… Te amo más que a mi vida!”.
Ella levantó su rostro y con los ojos cerrados me ofreció sus labios. La besé, y nos besamos sin pasión, sino con ternura. Era verdad, la amaba, la amaba más que a mi vida.
Liola se reanimó, su sonrisa regresó a sus labios, me miró y empezó a susurrar una canción.
“De pronto me dices
Que poco te cuesta
buscar una casa muy linda que ha de ser nuestra
Que tiene jardines
Colgados del cielo
con miles de niños con tanta ternura en sus juegos
Entonces mis sueños
Se harán realidades
ahora sí, que es cierto que yo volaré junto a ti!”

Y levantándonos del banco corrimos a la orilla del mar, a la vez que gritábamos al viento la canción que llevábamos en el alma y que había estado presente, acompañándonos, toda la noche.
“A las puertas del cielo, al confín de los mares,
cuántas veces en mi sueños te he llevado junto a mi,
he sentido tu mano como suave caricia
y en el eco de tu risa una nueva primavera
A las puertas del cielo, al confín de los mares
cuantas veces en mi sueños te he llevado junto a mi
te he llevado junto a mí
te he llevado junto a mí
junto a mí...”

La dejé en la terraza de su hotel y quedamos en vernos en una hora, para desayunar juntos.
Yo regresé a mi hotel con el alma henchida de felicidad, me di un baño muy reconfortante de agua tibia mientras pensaba que la felicidad había renacido nuevamente en mi espíritu como nunca lo había imaginado, pero… Pero, estaba ante un gran problema. No quise pensar más acerca de eso, y bloqueé mis raciocinios o a la severa acusadora denuncia de mi conciencia.
Fui unos minutos antes de las 9 a.m. al restaurante de comida mexicana; allí me encontraría con Liola.
“Buenos días, Señor… En unos minutos estaremos listos para servirle el desayuno” me dijo el mismo joven que me había atendido la noche anterior, haciendo un alto a sus labores de arreglo.
Sentado en una mesa del Patio leí el menú y la boca se me hizo agua al imaginar el plato de quesadillas y enchiladas que iba a ordenar. “¿Qué comerá Liola?” me pregunté. Luego tomé el periódico local y leí los avisos e historias acerca de Carmél, hasta que terminé de leer lo que inclusive ni me interesaba. Miré mi reloj. “9:30 a.m. y no llega Liola” me dije, no molesto por la tardanza, sino preocupado.
“Gusta ordenar su desayuno, señor?” me dijo amablemente el mozo del restaurante.
“Estoy esperando a alguien más!” le dije a manera de negativa a su pregunta.
“Oh, a la señora de anoche… Su esposa es muy bonita, señor!”
“Sí, a ella!” le dije para no darle explicaciones.
Esperé media hora más, pero ella no llegó.
“Joven… -llamé al mozo y le pregunté-… ¿Conoces el teléfono del hotel ‘The Colonial Terrace’?”.
“Sí señor…-y acercándose a la mesa tomó el periódico local, buscó en unas páginas, y cuando lo encontró me lo enseñó-… Este es señor!”
Marqué en mi celular en número mostrado en el anuncio, y el rin de la llamada me anunció que alguien me iba a contestar.
“Aló… The Colonial Terrace para servirlo!” me contestó alguien al otro lado de la línea.
“Por favor comuníqueme con Liola!” le ordené.
“Un momento por favor… -me dijo, y demoró menos de un minuto en volver a hablar-… Señor… aquí no hay nadie registrado con ese nombre… O quizás es un diminutivo de su nombre real… ¿Lo conoce Ud.?”  La persona al teléfono había sido muy amable en su trato, y demostraba experiencia en su trabajo.
Yo no sabía el nombre completo de Liola, y me sentí muy avergonzado de eso.
“Voy para allá!” le dije como única respuesta al caos de ideas que tenía en mi mente.
Fui al hotel, al mismísimo lugar en donde dos veces la había visto entrar. Allí me atendieron amablemente, me enseñaron el libro de Registro, en donde había sólo seis parejas alojadas desde ayer o el día anterior. Y nadie correspondía a la descripción que di de Liola. No insistí más, y pidiendo disculpas por mi supuesta confusión me marché.
“No puede ser… -me dije al subir al Mustang-… no puede ser, anoche la traje aquí, se cambió de ropa, y ésta mañana vine caminando con ella hasta esta terraza!”
Encendí el motor y fui a recorrer el camino Scenic Road. Llegué al lugar en donde la había besado por primera vez. “Estuvimos aquí!” me dije.
Luego regresé por el mismo camino en busca del banco de madera en donde habíamos pasado la noche y amanecido.
“Dios mío… -exclamé al ver su suéter blanco que había olvidado en el banco, cuando salimos a correr por la playa emocionados por la canción- … ¿qué hice mal para que me hayas abandonado?” Y me dolió en lo más profundo de mi alma su abandono sin excusa alguna.
“Yo no te iba a obligar a nada… Si esto era el amor de una noche, no te lo iba a reprochar… Nooo… Pero no te has podido ir así!” y mis ojos se humedecieron.
Dejé Carmél con dolor, aunque siempre la recordaría asociada a la más extraordinaria experiencia amatoria de mi vida… “Sólo comparada con mi Luna de Miel hace ya más de 25 años!” me dije reconfortandome a mi mismo.
Aún me quedaban dos horas de viaje por aquella paradisíaca carretera para llegar a San Francisco. Tiempo que voló porque mi mente repetía una y mil veces los recientes recuerdos de mi aventura. “Sí, mi aventura, una simple pero extraordinaria aventura!”. Traté de confortarme.
Llegué a San Francisco, firmé el contrato, bebimos Whiskey Americano, ‘Jim Beam’, para celebrarlo y me marché.
De regreso, tenía la malsana idea de parar en Carmél y buscar a Liola nuevamente.
Llegué justo al atardecer y no tenía la intención de alojarme en ningún hotel. Fui directo al restaurante de comida mejicana porque una corazonada palpitaba en mi alma, además de la duda de que todo podría haber sido un sueño, que necesitaba despejar. Yo estaba seguro que allí, la noche anterior, el barman y el mozo nos habían visto.
En el trayecto, una idea me vino a la mente como un rayo “¿Y si es casada y ahora está acompañada de su marido?”
Estacioné mi mustang en el parqueadero del restaurante y cuando caminaba al local me dije “Entonces me despediré de ella con un adiós con los ojos… Pero, dios mío, quiero verla otra vez!” y entré al restaurante.
Sí, allí… allí estaba ella… Sola, sentada en la misma silla alta del bar, en donde la abordé anoche.
Ella me vio, y yo volví a ver en su rostro su angelical sonrisa. Sus ojos se encendieron de alegría, invitándome a acercarme.
“Hola… -le dije sonriendo porque no había reproches en mi alma, sino alegría de volverla a ver-… ¿quieres beber algo?”
“Sí… Lo mismo de anoche!”
El barman ya estaba a nuestro lado sonriendo amablemente.
“Una Margarita de fresa para mí… -se adelantó Liola, y añadió-… Y un Tequila Sunrise para mi marido!”.
El solo hecho de escuchar aquella palabra ‘Mi marido’ lavó como un bálsamo la herida que tenía en el corazón.
“¿En el patio?” dijo el solicito barman.
“Sí” contestamos ambos al unísono, y reímos.
En el patio, en un principio, conversamos de banalidades aunque como no había mucho de esto fuimos al tema de su inexplicable desaparición.
“Primero, debes de saber que esta noche te esperaba… -me dijo muy sería, y sonriendo añadió-… pero aun así, al verte, me sorprendí… ahora estoy más feliz que nunca porque regresaste a mí sin importarte nada!”
“¿Pero por qué te fuiste de esa manera? ¿Acaso eres casada? ¿O sólo querías estar conmigo un momento y nada más? Cualquier cosa que me hubieras dicho, inclusive una mentira, lo hubiera aceptado y me hubiese conformado… Pero no tu silencio, por dios… Te amo Liola. Te amo!”
“Y yo a ti… más de lo que te imaginas… Pero es muy difícil explicártelo…” me dijo bajando la cabeza como queriendo ocultarme sus ojos, y en ellos, un secreto.
“Pero no he regresado a reclamar ni a exigirte nada… -le dije con sinceridad, y con dolor añadí-… sólo vine por una explicación, si era posible, sin saber realmente si te encontraría… y también a decirte adiós!”
Liola no lloró ni estaba triste por mis palabras, aunque me resultaba incomprensible su actitud y sus declaraciones de amor. Me había dicho que me amaba más de lo que yo podía imaginar, sin embargo, al decirle que me iba para no verla nunca más se mostró casi indiferente, sino radiante de alegría. Sí, realmente no la comprendía, y estuve a punto de arruinar nuestra despedida marchándome abruptamente.
Ella comprendió el dolor que me causaba y levantando su rostro me dijo “Te lo explicaré amor mío… Mereces saber la verdad… Tienes que saberlo antes de marcharte para que nunca dudes de mi amor!”
“Bueno Liola… Dímelo!” y me dispuse a escuchar una excusa.
“Pero no puede ser aquí, debemos ir a un lugar, y allí entenderás la sinceridad de mis palabras!” me dijo con suavidad a la vez que tomaba mis manos, y comprendí que había adivinado el menosprecio de mi pensamiento, quizás por el tono de mis palabras.
Salimos y subimos a mi auto, entonces me dijo “¿Recuerdas dónde me viste por primera vez?”
“Sí, en la playa, cerca de aquí, a las afueras de Carmél!”
“Bien, entonces vamos allá!”
Manejé despacio, no tenía ningún apuro, el lugar estaba cerca y en quince minutos ya estábamos allí. Me estacioné en la playa, alejado de la carretera, apagué el motor y las luces del auto, y la miré como quien espera su respuesta. Mi actitud era un tanto fría, cruelmente fría, después de la pasión y el desengaño sentido.
Liola se dio perfectamente cuenta de mi estado emocional, entonces tomó mi mano y me sonrió. “Dios mío, su rostro es sincero!” me dije y acepté la caricia de sus manos.
Bajamos del auto, me recosté en el guardafango y ella se recostó sobre mí. Su cuerpo, su calor y la proximidad de sus labios disiparon mi mal humor. Nos besamos, y nuestras lenguas volvieron a acariciarse con ardor. Acaricié su cuerpo, desde su nuca hasta su torneado trasero, mientras ella vibraba. Luego vino la calma, y recostada sobre mi pecho me dijo.
“Todo, absolutamente todo lo que te dije ayer fue cierto, sé que algunas cosa eran incoherentes para ti, y tu silencio me ayudó, pero esta noche lo comprenderás todo. Además, quiero que sepas que hice el amor contigo de una manera verdadera, me entregué a ti sin reservas ni condiciones… de manera única y exclusiva porque no hay nadie más en mi vida… y no tienes porqué dudar de mi amor!”
Liola volvió a besarme y sentí en mis labios su sinceridad.
“Tu no me crees cuando te digo que te he amado desde siempre… -me dijo mirándome a los ojos, y añadió para sorpresa mía-… sin embargo dices creer que existen otras vidas… en un tiempo pasado…!”
Yo la miré asombrado, porque lo que me decía no era simple retórica, ni poesía, ya que lo que creía lo había guardado siempre conmigo, sin comentarlo con nadie.
“Existen otras vidas… Y en una de ellas te amé hasta la locura, pero una tragedia nos separó…-me confesó mirándome a los ojos, y con su imperturbable mirada siguió-… Como bien sabes, en ningún momento he pronunciado tu nombre, porque es absurdo decirlo si conocemos nuestras almas…”
Yo estaba absorto escuchando sus palabras mientras la tenía abrazada a mi cuerpo. Ella no era un espíritu, ni un espectro, sino una dulce criatura que juraba amarme.
“Hace muchos años, antes que nacieras, estuvimos aquí en Carmél en nuestra Luna de Miel… fueron días y noche de amor y pasión inolvidable y me amaste de tal manera que marcaste mi alma para la eternidad…”
Liola me abrazó fuertemente como queriendo hacerme recordar con su cuerpo lo que decían sus palabras. Entonces, tuve la extraña sensación de que su voz no llegaba a mis oídos sino directamente a mi alma. Y me sentí triste y culpable de haber dudado de ella, entonces mis ojos se llenaron de lágrimas.
“¿Recuerdas lo de anoche?” me susurró.
“Sí!” le respondí.
“Lo de anoche fue un hermoso ritual que repetí del recuerdo de nuestro último acto de amor que tuvimos antes de la tragedia… Y así, gracias a ti… Quedé liberada!”
Yo lloraba en silencio ante el relato de Liola porque ahora comprendía el porqué de los detalles que ella se afanó en seguir la noche pasada. En realidad, podía sentir su alma acariciando la mía más allá de sus palabras.
“Me liberaste con tu amor y entrega sincera, y con la felicidad que me diste. No sólo fue el sexo sino que a través de esa unión tan íntima rescataste mi alma de las tinieblas del limbo del dolor, y me liberaste de este maldito lugar… ¿Recuerdas la canción que cantamos?”
“Sííí” le dije entre sollozos.
“Alégrate… No llores… -me rogó dulcemente, y añadió-… Esa es nuestra canción… De principio a fin, cada palabra, cada frase… Escúchala y recuérdame cada vez que lo hagas!”.
Yo enjugué mis lágrimas, y sentí en mi alma que ella se iba a ir pronto. Entonces la besé con misma ternura como cuando se despide al ser amado en un viaje eterno, y mis lágrimas volvieron a inundar mi rostro, y mi llanto amenazó mí respiración.
“No llores mi amor… -me rogó-… Vuelvo a ser feliz, y así te parezca contradictorio estaré a tu lado para siempre… Abrázame fuerte y acompáñame!”
Yo la abracé, y caminamos con dirección al mar. En el trayecto me contó: “Aquí vinimos una noche como hoy, hace ya muchos años, tú te quedaste en la playa y yo entré a nadar… pero jamás salí. Tú te volviste loco, te lanzaste al mar, me buscaste y estuviste a punto de ahogarte, pero el mar te arrojó inconsciente… y tu vida continuó… Pero, yo me quedé atrapada, deambulando por estas playas por años hasta que volviste a llegar aquí… El resto ya lo sabes… ¿Ahora me comprendes?”
“Sí, sí, Liola… Sííí!!!” y no pude reprimir más mis lagrimas, y temblé llorando como un niño desconsolado.
Liola me miró y la luna iluminó su rostro. Ella estaba serena, hermosa como una diosa, con una tenue sonrisa en los labios. Yo sentía que ella estaba a punto de partir, a punto de dejarme, y yo ya no podía controlar más mis emociones.
Volvió a besarme, y a través de sus labios acarició mi espíritu trasmitiéndome serenidad. Mis lágrimas cesaron, mi respiración se calmó y pude ser consciente de lo que venía.
“Compréndeme… -me dijo con voz celestial-… La vida nunca termina y sólo morimos para renacer en un infinito de posibilidades que el universo nos ofrece… Y yo… Yo siempre estaré a tu lado… Ya lo verás”
Estábamos en la orilla de la playa, justo en donde la vi pasar a mi lado la tarde de ayer. Yo ya me había calmado completamente, aunque abrazaba a Liola y no estaba dispuesto a dejarla ir.
“Siempre estaré a tu lado… -volvió a decirme, y añadió para explicarme-… Siempre lo he estado, aunque no recuerdas tus sueños, y estás tan ocupado que no me ves… Y si aun lo dudas, ¿Quién crees que te trajo hasta aquí?” y empezó a susurrar lo que ella llamaba nuestra canción.
“A las puertas del cielo, al confín de los mares
cuantas veces en mi sueños te he llevado junto a mí
he sentido tu mano como suave caricia
y en el eco de tu risa una nueva primavera…”

No, no la iba a dejar ir por más promesas que me hiciera, pero ella se escurrió como un alma a través de mis brazos. La vi frente a mí, desnuda, sonriendo, prometiéndome:
”A las puertas del cielo, al confín de los mares
cuantas veces en mi sueños te he llevado junto a mí
te he llevado junto a mí
junto a mí....”

Liola entró al agua y, caminando sobre las olas, con los brazos extendidos como para alcanzar la luna se fue cantando “A las puertas del cielo… al confín de los mares…” y la melodía siguió sonando en mi alma mucho después que desapareció de mi vista.
Pasé un largo rato allí, arrodillado en la arena, con los brazos abiertos, en la más completa oscuridad de la soledad, meditando en algo que no alcanzaba a comprender. Y de pronto, mirando al cielo, vi cruzar una estrella fugaz en el oscuro firmamento. Entonces sucedió un milagro, no sé si en el universo o en la intimidad de mi espíritu, porque vi explotar una estrella nova, ante mis ojos, en millones de fragmentos luminosos que dibujaron el rostro de Liola, sonriéndome, mientras me cantaba “A las puertas de cielo… cuántas veces te he llevado junto a mí…!” y llegué a ver por un brevísimo instante la maravilla multicolor del cielo, y un haz de luz llegando a mí.
Claro que es imposible comprender lo que sólo está reservado para quienes dejan este mundo, esta realidad, de la que había sido un testigo de excepción, y sin comprenderlo sólo lo acepté como tal, y así regresé a mi auto, en donde pasé el resto de la noche, como quien vela al ser querido.
Al día siguiente no quise marcharme de Carmél, así que volví a recorrer los lugares en que había estado con mi amada. Mi tristeza había desaparecido, ahora me invadía una extraña alegría que colmaba mi espíritu.
Salí por la tarde de Carmél, sintiendo como si me despidiera del recuerdo de Liola.
El viento contra mi rostro me refrescó los pensamientos, pensé en mi casa, en mi esposa y mis hijos, entonces llamé por teléfono y anuncié mi llegada para la medianoche.
“Cuídate mi amor, maneja con cuidado!” Me dijo mi esposa.
El trayecto de regreso ya no fue tan espectacular como la primera vez, aunque pude apreciar un maravilloso ocaso al borde de la carretera y el mar.
Llegué a casa después de la medianoche. No guardé el Mustang en la cochera para evitar el odioso ruido que hacía la puerta eléctrica del garaje al abrir y cerrar. Y silenciosamente entré a casa, todos dormían.
Entré a mi recamara, y vi que una muy tenue lámpara estaba encendida en la mesa de noche y la silueta de mi mujer en la cama cubierta por las sabanas.
“Me estuvo esperando… pero el sueño la venció!” me dije, y evitando hacer ruidos fui al baño a darme una ducha tibia.
La suave caricia del agua refrescó no sólo mi cuerpo, sino también mi espíritu. Pero de pronto escuché la voz de mi esposa que me decía, entrando al baño, “Tardaste mi amor…!”.
Yo no podía verla nítidamente, ni ella a mí, debido a que el vapor había empañado las transparentes paredes de la ducha. Escuché que ella hacía algo en el botiquín y el lavadero, y el aroma de un perfume me alcanzó, entonces sonreí adivinando sus intenciones.
“Te tengo una sorpresa, cariño…!” me dijo musicalmente y la vi acercarse a través del empañado cristal.
Ella corrió la puerta de la ducha diciéndome alegremente “Me corté el cabello… Ojala te guste!”.
Lo que vi dio un vuelco a mi espíritu porque era Liola la que estaba allí, frente a mí. Sus ojos, sus cejas, el pequeño lunar cercano a sus labios, su cabello, desnuda y sonriente, con una mano en su cadera y la otra en lo alto, posando para mí.
No sé qué expresión de sorpresa se dibujó mi rostro, porque mi mujer me dijo “Hey, payaso, no exageres!” y dándome un palmazo en el hombro entró a la ducha, cerrando la puerta tras de sí.
Sin dejar de reír y hablar al mismo tiempo, como siempre lo hacía, me dijo que me había extrañado, mientras que con sus manos terminaba de enjuagar mi cuerpo. Entonces, se puso frente a mí, me dio un apasionado beso francés y luego, sin más aviso, se arrodilló, no para venerarme exactamente, sino para llevarme a las puertas del cielo.
Dios mío, qué estúpidos somos los maridos… Que ciegos somos los hombres para no ver la felicidad a nuestro lado.
Más tarde, poco antes de dormir, en la intimidad de nuestra cama mi esposa me contó con lujo de detalles el sueño que había tenido la noche anterior “Por eso me corté el cabello, cariño!” me dijo con gracia, acurrucada a mí.
Sí, la misma historia que ya les conté.
“Buenas noches, Anna”. Le dije. 
“Buenas noches, cariño”, me respondió… ¿Liola?
“Buenas noches, amigos”, les digo a Uds.

LOS VIAJES ASTRALES… ¿FICCIÓN O REALIDAD?

Autor... Michaelangelo Barnez Para empezar diré que los Viajes Astrales son experiencias extraordinarias en donde el espíritu, alma, ánima...